Capítulo 12 #2
Con las fuerzas que le quedaban, Rick se lanzó tras él.
Siempre había sido un buen nadador. Impulsado por el agua, descubrió con infinito alivio que sus inútiles piernas obedecían de nuevo a sus exigencias.
Alcanzó al chico y lo giró para ponerlo boca arriba.
Luego lo sujetó por los hombros y nadó a un promontorio rocoso, a unas treinta yardas de ahí.
Como por milagro, las piernas no le fallaron.
Consiguió su objetivo y sacó a Dickon del agua hasta un saliente rocoso.
El chico se tumbó enseguida, jadeando y balbuciendo, pero, en apariencia, ileso.
Apenas capaz de creer en su buena estrella, Rick se apoyó en el saliente e intentó ponerse de pie.
Los músculos de sus piernas, debilitados por seis meses de inactividad, lo hacían tambalearse.
Aunque con dificultad, consiguió conservar el equilibrio y mantenerse erguido.
Incluso fue capaz de dar unos pasos vacilantes.
Dickon, que lo observaba con ojos grandes y asombrados, pegó un grito confuso y se levantó de un salto.
Se sacudió el agua como un cachorro y fue a ofrecer su hombro delgado y húmedo como muleta.
Rick aceptó el ofrecimiento con una sonrisa, y juntos, muy despacio, emprendieron el camino de vuelta al jardín. Ahí los recibió Jonas. La criada, Mary, le pisaba los talones.
—¡Está caminando, señor Tempest! Alabado sea Dios.
Mary, irlandesa y católica devota, se persignó y rompió a llorar.
Rick no dijo nada. Pasó la mano del hombro de Dickon al de Jonas y entró a trompicones en la casa.
Se mantenía erguido y rígido, a la espera de que, en uno de aquellos pasos, se le doblaran las piernas.
Pero eso no ocurrió. Elevó su propia oración silenciosa de agradecimiento y luego, en voz alta, dijo:
—Tráenos ropa seca, Mary, por favor. Y, Jonas…
—¿Señor? —Jonas lo miraba sin pestañar, aún no convencido de haber sido testigo de un milagro.— ¿Qué puedo hacer, señor?
—Ve al hospital, Jonas —le pidió Rick—, y pídele al doctor Redfern que traiga sus sondas para extraerme la bala de la espalda. Dile que debe de haberse desplazado, porque he vuelto a caminar. Y date prisa, chaval.
—Sí, señor. ¿Quiere que vaya a buscar a la señora Tempest, señor, después de que haya hablado con el doctor? ¿Se lo digo?
Rick vaciló y luego sacudió la cabeza.
—No —dijo convencido—, solo al doctor Redfern.
* * *
Elizabeth Macquarie miró a sus invitadas con cierta ansiedad.
Su almuerzo era solo para mujeres, de ahí que Lachlan llamara «gallineros» a estas reuniones de su esposa.
Al menos a primera vista, esta parecía la imagen de la armonía, ya que más de una veintena de damas bien vestidas se saludaban con aparente delectación.
Elizabeth era consciente de que, por desgracia, las apariencias engañaban. Allí estaba, por ejemplo, la pequeña Katie Tempest, que parecía la sombra apagada y triste de sí misma, sin importar sus esfuerzos valientes por conversar vivaz con la señora Wylde, la esposa del nuevo juez general.
Mientras observaba a la muchacha, Elizabeth suspiró.
Se habían encontrado por casualidad hacía una hora, cuando llegaban al mismo tiempo a casa de Jessica Broome, cuyo segundo hijo acababa de nacer esa misma madrugada.
Luego de admirar juntas al robusto y alegre bebé en brazos de una Kate Lamerton de orgullosa sonrisa, entraron al dormitorio de Jessica para expresarle su complacencia y alivio por el buen parto.
Sin embargo, Katie había estado en todo momento al borde de las lágrimas.
Sin duda, el disgusto de la chica tenía su origen en su propia falta de hijos.
La larga enfermedad de su pobre y joven marido, que lo había convertido en un tullido, debía de haber supuesto una gran tensión, tanto para ella como para la relación matrimonial; sobre todo, por haberse producido poco después de la boda y de una manera tan trágica.
Elizabeth la miró de nuevo y notó que acababa de alejarse de la señora Wylde.
En ese momento, la señora Molle y, como era de esperar, la esposa de David Allan, el comisario adjunto, le mostraron la espalda de sus vestidos de seda.
Katie se quedó de pie, inexpresiva y sola, con el rubor subiendo poco a poco por sus delgadas mejillas, pues se daba cuenta de que ambas damas la habían cortado con toda intención.
Indignada, Elizabeth fue hacia ella con la intención de charlar, pero, para su alivio, Abigail Dawson se adelantó, puso una amistosa mano en el brazo de Katie y la condujo hacia un grupo que conversaba alegre en el centro de la sala.
La esposa del gobernador había oído las habladurías sobre Katie Tempest, por supuesto.
Volvió a suspirar. Las lenguas maliciosas habían estado traqueteando durante meses, saboreando cada pequeño escándalo que relacionaba a esa chica con George De Lancey.
No solo sabía de dónde emanaban esos cotilleos insidiosos, sino que se daba cuenta de que poco o nada de ellos resultaba convincente.
Por supuesto… —Moore, el mayordomo de la Casa de Gobierno, anunció a otras dos invitadas y ella se volvió para saludarlas—.
Por supuesto, ella no estaba convencida, como tampoco lo estaba Lachlan.
Cierto que tanto Katie como el señor De Lancey eran estadounidenses, pero eso no significaba nada en absoluto; salvo, quizá, para el coronel Molle, que persistía en su actitud hostil hacia quienes se complacía en describir como «coloniales rebeldes».
En todo caso, el historial de George De Lancey en la última guerra debería haber desmentido cualquier sugerencia de ese tipo; pero, por lo visto, no a los ojos del coronel Molle.
Y, verdad o no, algunos de sus arrogantes jóvenes oficiales seguían su ejemplo.
¿Sería por eso que Katie se había sentido tentada de buscar consuelo en su compatriota?
Hacía un rato, cuando ella y la chica iban juntas desde casa de Jessica Broome hasta la Casa de Gobierno, pudo haber sido oportuno prevenirla sobre lo que decían los cotilleos.
Pero eso habría sido tanto como incriminar a la muchacha, dar a entender que ella misma creía esas maliciosas habladurías.
—La esposa del señor Robert Campbell, Su Excelencia —declamó Moore—, la esposa del señor Thomas Reiby.
Elizabeth sonrió y estrechó afectuosa la mano de las recién llegadas.
Sophia Campbell era una mujer encantadora, hermana del comisario John Palmer, en tanto que Mary Reiby era una bonita emancipada, esposa del nuevo socio comercial de Robert Campbell, quien fuera capitán de navío y se había convertido en un importante comerciante y constructor naval.
Los maridos de estas dos mujeres se contaban entre los más firmes partidarios del gobernador.
A su pesar, le bastó un vistazo alrededor para ver el efecto que el anuncio de estos dos últimos nombres había tenido en el grupo de la señora Molle, junto a la ventana.
Bien sabía Elizabeth que se volverían de espaldas, un agravio que, por resultarles familiar, no era menos doloroso para sus destinatarias que si lo estuvieran presenciando por primera vez.
Se sentía del todo impotente para impedirlo, a pesar de que estaban en su propia casa y de que era la esposa del gobernador.
Pensó en la carga que ella y Lachlan se quitarían de encima cuando el regimiento del coronel Molle fuera reemplazado por el Cuadragésimo Octavo.
Bajo el mando del coronel Erskine, el Cuadragésimo Octavo estaba en la mar y se esperaba su llegada a Sídney en un mes, más o menos.
Para su gusto, estaban tardando demasiado.
¿Y por qué, sí, por qué, si ofrecía un almuerzo o una cena, aunque se tratara de un «gallinero», el protocolo exigía que debía invitar a las dos facciones enfrentadas, no fuera que alguna se sintiera menospreciada por la omisión y provocara nuevos problemas?
Por Dios. Los partidarios de Molle y Bent causarían problemas tanto si se los invitaba a la Casa de Gobierno como si no. Aparte, los recientes actos del depuesto juez Bent habían estado a punto de hacer que su pobre y acosado Lachlan sufriera un grave declive.
Las cosas habían llegado a un punto crítico justo antes de Navidad.
Jeffrey Bent emitió una orden judicial contra William Gore, el mariscal preboste, e intentó reabrir el tribunal supremo llevando al banquillo a los magistrados Alexander Riley y William Broughton.
En una disputa anterior por un sirviente asignado, el pobre señor Broughton había sido muy maltratado por el juez depuesto, así que se negó a obedecer la citación; y lo mismo hizo el señor Riley.
En consecuencia, Jeffrey Bent los amenazó con arrestarlos.
El Gobernador, que estaba en cama, fastidiado por un ataque de su viejo problema intestinal, tuvo que levantarse e ir a ocuparse del asunto.
Y había actuado con firme autoridad, recordó Elizabeth, orgullosa.
Aconsejado por el señor Wylde y George De Lancey, había eximido a los dos magistrados del servicio judicial, ordenado la expulsión de Jeffrey Bent de las cámaras de los jueces en la calle Macquarie y publicado una orden gubernamental.
En ella se declaraba que el nombramiento de Bent había terminado y que le quedaba prohibido, bajo su propia responsabilidad, asumir las funciones de juez del tribunal supremo dentro de la colonia.