Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 12
73%

Capítulo 12

—¡Por el amor de Dios, Katie, vete y déjame en paz! —exclamó Rick con impaciencia—. Tengo todo lo que necesito: a Jonas y Mary para atenderme, a Dickon como compañía y este maldito sillón donde quedarme sentado a ver pasar el mundo. Así que no tengas reparos: ve y diviértete.

—Ay, Rick —suplicó Kati con voz ahogada—, sabes que no quiero dejarte, y…

—¿Qué podrías hacer por mí si te quedaras? —Rick replicó—. ¿Remover mis almohadas?, ¿traer más mantas para cubrirme?

Sabía que estaba siendo ingrato e injusto.

Katie tenía buenas intenciones y estaba haciendo todo lo que cualquier mujer haría para ayudarlo a transitar por sus interminables días de desamparo.

Sin embargo, la mera presencia de su esposa era una fuente de exasperación, un recordatorio de lo que ella había sido para él y había dejado de ser.

—Sin ti —empezó Katie—, no lo disfrutaré. De verdad, Rick, tú…

Rick la interrumpió, y el tono de su voz se volvió áspero:

—¡Tonterías, claro que lo disfrutarás! Oirás los últimos cotilleos y podrás repetirlos esta noche para mi solaz.

Te enterarás de quién más sospecha el galante coronel Molle que escribe versos satíricos y escabrosos, aparte de mí.

Y de cómo el igualmente galante capitán Sanderson ha reaccionado a la multa de cinco libras que le impuso un tribunal de sus compañeros oficiales por haber agredido al delincuente Francis Greenway.

Ah, y por supuesto, lo que Su Excelencia tenga que decir sobre la vulgar parodia que han hecho de él en la sala de guardia del Cuadragésimo Sexto.

Es de lo único que se habla en estos almuerzos de la Casa de Gobierno, ¿no es así?

Katie enrojeció.

—Sabes que no —protestó—. ¿Cómo puedes ser tan poco amable, Rick?

¿Cómo podía?, se preguntó Rick con pesar.

¿Cómo podía dejar de acosar a Katie, de atormentar a su infiel esposa, cuando ella se negaba a confesar su deslealtad y, en lugar de eso, insistía en desempeñar el papel de enfermera, de alguien que se preocupaba por su comodidad y bienestar, como si él, y no su amante, gobernara sobre su devoción?

Varias veces había intentado ponerle trampas para que confesara, pero ella siempre evadía sus preguntas con tanto cuidado formuladas.

Se negaba a perder los estribos o a responder sin la suficiente previsión.

Pero lo más mortificante de todo ese miserable asunto era saber que ella, su adorada y flamante esposa, había aprovechado su breve ausencia en Pengallon para traicionarlo.

Katie no podía saber que lo herirían y quedaría paralizado.

Si ella lo hubiera sabido, habría podido perdonarla, tal vez.

Entendería que le fuera infiel ahora, con él cautivo en la cama o en esa misma silla, en la veranda, incapaz de ser un marido.

Incapaz incluso de dar más de dos o tres pasos sin ayuda.

Mientras veía a Katie apartarse con el rostro oculto para que él no la viera llorar, maldijo en voz baja.

«Y que el tal George De Lancey se vaya al demonio», pensó arisco.

¿Por qué ese tipo infernal había llegado a la colonia y de nuevo a la vida de Katie?

¿Y por qué, maldita sea, Katie se había casado con él, si todavía estaba enamorada de su antiguo prometido?

—¿Quieres algo? —preguntó ella—. ¿Un libro, tal vez, o una copa? —Tras el brusco movimiento de cabeza de Rick, añadió con voz apagada—: Muy bien. Me marcho, entonces. Llegaré pronto, pero quiero visitar a Jessica por el camino. Se siente sola sin Justin y el bebé nacerá pronto.

Rick, con retintín, volvió a instarla a que se divirtiera.

Desde su posición ventajosa en la veranda, había contemplado la partida de Justin, diez días atrás.

El Elizabeth corría a toda vela, con el aspecto de una grácil ave marina.

Llevaba a bordo al coronel Sorrell, el nuevo teniente gobernador de la Tierra de Van Diemen.

Por fin, el incompetente borracho, el mayor Thomas Davey, había sido sustituido, pero la Oficina Colonial, por suavizar el golpe, había dado órdenes al gobernador Macquarie para que le concediera dos mil acres de tierras de pastoreo de primera en la zona de Illawarra.

Y Macquarie había obedecido sin chistar siquiera, reflexionó Rick con rebeldía. Al mismo tiempo, el gobernador privaba a Justin y a sí mismo durante veinte años de los yacimientos minerales de su concesión. Si al menos pudiera volver allí, si al menos…

Irrumpieron en sus pensamientos una leve voz y una petición ininteligible.

Desvanecido su breve momento de inquina, tendió la mano a su sobrino en señal de bienvenida.

Dickon era su compañero más cercano en estos días.

El pequeño iba a diario, lloviera o hiciera sol, para estar con él.

En tan cándida y poco exigente compañía, Rick se encontraba no solo a gusto, sino, para su propia sorpresa, lleno de una extraña dicha.

Se divertían con juegos infantiles, ya fuera lanzándose la pelota, apuntando a los pájaros con tirachinas o haciendo adornos con conchas marinas.

Dickon recogía las conchas en la estrecha extensión de playa arenosa, a media milla de distancia, en la cala Palmer.

A veces, Rick construía pequeñas maquetas de barcos con la madera de deriva.

Usaba ramitas para hacer los mástiles y trozos de papel para las velas.

Luego, el niño correteaba hasta el final del jardín y dejaba los barquitos para que el agua se los llevara.

Era extraño, pero lo asustaba el chapoteo del agua contra las rocas. Como era incapaz de nadar, según su madre, arrojaba las pequeñas embarcaciones desde cierta distancia. Luego volvía corriendo a la silla de Rick con agudos chillidos, mezcla de miedo y orgullo por su hazaña.

La veranda, a pesar de que Rick la detestaba como si fuera una prisión, era un buen punto para observar.

Desde ella podía contemplar todo el puerto hasta la estación de señales y la extensa masa rocosa de South Head.

Allí estaba tomando forma el faro que Francis Greenway había diseñado antes de su desafortunado roce con el venerable maestro de la logia masónica, el capitán Sanderson.

En los seis meses que llevaba en su prisión, Dickon y él habían contemplado los barcos que entraban y salían del puerto Jackson y de la ensenada de Sídney.

Rick mantenía a raya el aburrimiento observándolos a través de su catalejo naval e intentando identificarlos para Dickon.

En los últimos días, a instancias del chico, había empezado a hacer modelos más elaborados para conservarlos.

Se basaba en cada nuevo navío que llegaba a la ensenada y fondeaba para soltar su cargamento de convictos, mercancías, correo y periódicos procedentes de la lejana Inglaterra.

Ya tenían cinco en su colección. Tenía el transporte Mariner, de cuatrocientas cincuenta toneladas de carga, construido en Whitby.

El barco había llegado a principios de octubre con un cargamento de convictos varones.

También el Surrey, que había llegado cinco días antes de Navidad.

En febrero de 1817, al término de una travesía de ciento sesenta días, había aparecido el Lord Melville , de cuatrocientas toneladas , con cien mujeres convictas y el nuevo juez del tribunal supremo, el señor Barron Field.

Otros dos habían llegado a puerto en tiempos más recientes, con pocos días de diferencia: el Fame, construido en Quebec, y un buen indianés, el Sir William Bensley, hacía una semana.

Dickon, para sorpresa y deleite de Rick, había empezado a dibujar los barcos con carboncillo.

Estaba demostrando una aptitud tan notable como artista que sus propios toscos modelos tallados le provocaban vergüenza.

El muchacho tenía un boceto en sus manazas delgadas y mugrientas y lo señalaba con una expresión de entusiasmo.

—¿Qué pasa, chico? —preguntó Rick.

Hablaba despacio para que Dickon lo entendiera. El dibujo era reconocible como el Sir William Bensley, pero solo con velas delanteras y gavias, ya que iba viento en popa antes de entrar en el fondeadero. Dickon, al parecer, no estaba satisfecho con su dibujo.

—Quieres mostrarlo a toda vela, ¿no es así? —Dickon asintió con movimientos enérgicos de la cabeza y Rick le quitó el dibujo.— Bien, esto es lo que tienes que hacer, entonces: Mira, está amurado a babor, así que las velas bajas estarían en este ángulo, ¿ves? Los juantes, así, y… ¡Ay, demonios!

Una ráfaga de viento le arrancó de la mano el endeble folio y lo echó a volar, como si fuera una indómita hoja de árbol.

Dickon corrió tras él y pegó un salto, pero sus dedos no lograron agarrarlo.

El folio se alejó flotando; descendía y se elevaba de nuevo, como si tuviera vida propia.

El viento lo llevaba hacia el agua, y Rick, que atisbaba el peligro, le gritó al chico que tuviera cuidado.

Dickon no pudo oír la advertencia. Se deslizó por la pendiente cubierta de hierba y, al llegar al borde del agua, perdió el equilibrio.

Mientras Rick lo observaba horrorizado, el trozo de papel revoloteaba sobre el borde del mar.

Dickon trató de cogerlo y cayó de cabeza.

Un estridente grito de alarma, seguido de un débil chapoteo, confirmó los temores de Rick.

Sin pensarlo siquiera, tomó impulso desde su silla, alcanzó a dar dos pasos inseguros y se precipitó hacia abajo.

Fue arrastrándose con las manos, demasiado falto de aliento incluso para pedir a los criados que acudieran en su ayuda.

De algún modo, llegó al final de la pendiente y pudo ver a Dickon que, abajo, se agitaba desesperado en el agua.

Tenía la boca abierta en un grito insonoro, los ojos cerrados con fuerza, como en un vano intento de borrar el terror. Una ola se le echó encima y lo hundió.