Capítulo 11 #3
El pequeño Red lo saludó radiante y, feliz, aceptó sentarse en sus rodillas.
Blandía la cuchara con más entusiasmo que destreza dentro de cualquier plato, menos el suyo.
Cada vez que su madre lo reprendía por su avaricia, sonreía como un ángel.
Cuando por fin se lo llevaron a la cama entre protestas y lágrimas, Justin encendió su pipa y se sentó en su sillón favorito.
Jessica se sentó frente a él, con su costurero y una pila de remiendos.
Lo mismo hacía su madre, pensó con nostalgia, en los viejos tiempos, cuando él también era un niño. Colmado por una repentina oleada de ternura, se inclinó hacia delante, cogió a su esposa por las manos y la estrechó entre sus brazos. Con los labios pegados a los suyos, susurró:
—Te quiero, Jessica India, y te doy las gracias por haberme dado un hijo tan bueno.
—Un pícaro donde los haya —respondió ella, complaciente, y tomó un poco de distancia. El rubor resaltaba sus mejillas mientras añadía con voz suave—: Red va a tener un hermano o una hermana, Justin. No te lo he dicho antes porque no estaba segura. Pero…
—¿Y lo estás ahora, mi amor? —preguntó él, complacido—. ¿Y sabes cuándo ocurrirá este suceso tan venturoso?
Ella asintió, sonriendo.
—Sí, ahora estoy segura: en marzo o a principios de abril, según Kate Lamerton. ¿Te alegras?
—Sabes que sí, cariño, mucho, muchísimo. —Dejó la pipa a un lado y añadió burlón—: Le vendrá bien a Red, porque tendrás menos tiempo para malcriarlo.
—No está mimado —se defendió Jessica. Buscó aguja e hilo en su costurero y frunció el ceño—.
Ojalá Katie Tempest también estuviera embarazada, Justin.
La he ayudado a preparar la vuelta a casa de Rick.
Se esforzó mucho para tenerlo todo preparado: una comida espléndida, una silla y un taburete en la veranda para que él pudiera ver el puerto y los barcos que llegan…
Pero él apenas se da cuenta de nada. Está tan amargado y enfadado…
—Es comprensible —empezó Justin—, el pobre ha quedado paralítico y…
—Hay más que eso —afirmó Jessica con pena, la cabeza inclinada sobre su costura y la aguja volando.
Prosiguió en voz baja—: Me temo que Julia Dawson está dando problemas.
Sí, sé que te he dicho que se deshace en rabietas de celos por el señor De Lancey, y sin motivo, pero creo que le ha estado soltando indirectas a Rick.
Y él está disgustado, como es de imaginar.
—¿Qué demonios podría insinuar? —objetó Justin—.
De Lancey me parece un caballero de elevados principios.
Es cierto que no lo conozco bien, pero esta tarde lo he llevado al Lady Elizabeth.
El nuevo juez general está a bordo y él y el señor Campbell han ido a recibirlo con la debida ceremonia. De Lancey estaba…
—¿El nuevo juez general? —Jessica levantó la vista, distraída por un momento de sus ansiedades por los Tempest. —Oh, Justin, ¿su llegada significa que los Bent se van?
Cuando se marchen, la pobre señora Macquarie se sentirá muy aliviada.
Ella y el gobernador lo han pasado muy mal por culpa de ellos y, sin embargo, nadie les ha mostrado a los Bent más amabilidad desde el día en que llegaron. ¿Se van?
Justin se encogió de hombros.
—Campbell dice que se están aferrando como lapas, mi amor, a la residencia oficial del juez y sus despachos.
Su Excelencia envió a De Lancey a reunirse con el nuevo juez general por ese motivo, para explicarle la situación antes de que desembarque y se encuentre sin un techo bajo el que cobijarse.
Pero, en cuanto a De Lancey y Katie Tempest, no veo de qué podría acusarlos Julia.
—Se conocían en Los Estados Unidos —dijo Jessica—.
Julia insiste en que estaban prometidos.
—Le dio a Justin los detalles que había averiguado.
— Puede que sea cierto; no lo sé, y no tengo ni idea de quién o de dónde obtuvo Julia esa información.
Pero quiere crear problemas, Justin. Creo que deberías intentar hablar con Rick. Él es tu amigo, y…
Justin pensó con tristeza que tenía noticias menos agradables que darle a Rick Tempest. Tendría que comunicarle la decisión del gobernador de modificar su contrato de arrendamiento.
Se palpó las pepitas que llevaba en el bolsillo.
Tendría que devolverle el oro, y ese era todo el mineral que se le permitiría poseer por…
, ¡madre santa!, veinte años, en caso de que el gobernador se saliera con la suya.
—Está bien, cariño —prometió—. Haré lo que pueda.
Después de hablar de las heridas de Rick, Jessica dijo:
—¿Conoces ese pipe que tanto ha enfurecido al coronel Molle? Se están imprimiendo copias y ya circulan por toda la ciudad. Compré una para ti; pensé que querrías leerla. —Se puso en pie y sacó de un cajón de la cómoda las hojas impresas.— Aquí está… Y se especula mucho sobre quién es el autor.
Justin leyó los versos, primero sonriendo, y luego riendo a carcajadas. Citó algunos en voz alta.
—Por el amor de Dios, cariño, escucha esto: «Con sonrisa triunfante y gesto malicioso, / al oído del adepto masculla su alborozo».
¡Es el mismísimo Molle! Y, cielos, ¡incluso les ha dado una buena repasada a Samuel Marsden y sus congéneres!
Se refiere a ellos como «esos chicos de negro, tu tribu predilecta, / los predicadores, la santurrona secta».
Vaya, esto es una obra maestra, mi dulce Jessie, gracias por comprármelo.
Había oído que era bueno, ¡pero no sabía cuán bueno era!
—¿Y puedes adivinar quién lo escribió? —preguntó Jessica.
Justin le dirigió una mirada divertida.
—No necesito adivinarlo, mi amor, porque lo sé. Esto solo pudo haberlo escrito una persona: mi ausente amigo William Charles Wentworth. Y como él sabía que estaría ausente y bien encaminado hacia Inglaterra cuando se plantaran estos versos, ¡le ha dado una buena paliza a ese pérfido coronel!
—Mucha gente dice que el autor es el señor Campbell —le dijo Jessica—, o… Rick. Pero…
—No —negó Justin con rotundidad—. Campbell no tiene sentido del humor, y, en cuanto a Rick…
¡Dios santo, Rick no haría una rima ni para salvar su vida!
Y, si se las hubiera ingeniado para escribir esto, me lo habría dicho.
Además, esto tiene el sello de Willie. Mira cómo abre: «Reinan por doquier el vicio y la insensatez ».
Esto está inspirado en una de sus coplas favoritas: «Brindemos por el dueño y el local / de vicio e insensatez: Greville y Argyle».
Campbell es un escocés muy adusto, nunca habría dicho algo así.
—Se levantó, apagó la pipa y ahogó un bostezo.
— Debemos asegurarnos de que tu hermano, es decir, tu primo, Michael Dean, reciba una copia de esto, Jess.
Tiene pocos motivos para querer al viejo Molle o, para el caso, al odioso capitán Sanderson, ¿verdad?
Ven. —Le ofreció la mano.— Vamos a la cama, amor.
Estamos montando las armas y tengo que madrugar.
Obediente, Jessica empezó a guardar sus remiendos.
—Se está gestando otro escándalo sobre el capitán Sanderson, Justin. ¿Te has enterado?
—No —Justin le pasó un brazo por la cintura—, y no estoy seguro de querer saberlo, pero…, ¿en qué pobre desgraciado ha clavado ahora su cuchillo el galante capitán?
—En el pobre señor Greenway, el arquitecto.
Parece que se ha demorado más de la cuenta en un trabajo para la logia masónica y, en consecuencia, el capitán Sanderson lo azotó con su fusta.
Eso dicen los rumores. El arquitecto ni siquiera pudo levantar una mano para defenderse, porque todavía está con permiso para deambular.
El caso es que él, es decir, el señor Greenway, tiene la intención de montar un caso penal y demandar.
—Será un buen comienzo para nuestro nuevo juez general —observó en seco Justin—.
¡Malditos sean el coronel Molle y su gente!
Al igual que Willie Wentworth, confío en que su tocayo y el coronel terminarán en su madriguera.
Tengo mejores cosas que hacer que preocuparme de ellos.
Ni siquiera de Rick. —Atrajo a Jessica y la abrazó.
— Dulce Jess, quiero hacer el amor con la madre de mis hijos.
¿Crees que se doblegará ante mis insinuaciones?
Jessica le pasó los brazos por el cuello y levantó su rostro sonriente.
—Supongo que sí, Justin. Es más, estoy segura.
Mientras él se desnudaba, las pepitas se salieron del bolsillo de sus calzones. Cayeron en el suelo de madera con un suave ruido sordo. Justin ni siquiera se molestó en recogerlas. A la pregunta de Jessica, expresada en susurros, respondió sin vacilar:
—Son unos guijarros que Rick encontró en el río. Oro de tontos, cariño; escoria que no vale nada.
Se sacó la camisa por encima de la cabeza, se metió en la cama junto a ella y, con manos delicadas, se puso a palpar los pechos turgentes de su esposa.