Capítulo 11 #2
—Muy bien, señor. Tenga la seguridad de que haré todo lo posible por tratar esto con tacto, pero… —John Campbell extendió las manos con impotencia.— No es una situación fácil de explicar a un recién llegado, ¿verdad, señor?
—No —asintió un sombrío Macquarie. Entonces, tocado por una idea, pudo relajar su expresión—.
Llévate al señor De Lancey contigo, John.
Envía a alguien ahora para asegurarte de que pueda ir.
Deja que él dé las explicaciones. Es abogado y lleva aquí el tiempo suficiente para conocer nuestra situación con respecto a los Bent. Y, Justin…
—¿Señor?
—Toma el mando de mi chalupa y lleva a los dos caballeros al Lady Elizabeth, si eres tan amable. El señor Wylde debe ser recibido con estilo.
Menos de una hora después, la barcaza del gobierno, con una tripulación de elegantes uniformados a los remos y Justin sentado en la bancada de popa, esperaba junto a los escalones del muelle. Primero hizo su aparición Campbell, y, unos minutos más tarde, George De Lancey.
La barcaza zarpó mientras John Campbell seguía explicando el motivo de la inesperada cita. Justin detectó un brillo de sardónica diversión en los ojos de De Lancey.
—Ya veo —reconoció el abogado en voz baja—. Bueno, haré lo que pueda, señor Campbell. ¿Sabe si el nuevo juez tiene familia?
—Esposa y un hijo, creo —respondió el secretario—. También viene su padre, el señor Thomas Wylde, quien, según nos han informado, actuará como secretario de paz.
—¿Y no hay perspectivas inmediatas de que el señor Bent desocupe su residencia oficial?
Campbell suspiró con abatimiento.
—Eso tiene cierto precio, señor, cierto precio.
He recibido una lista de los artículos por los que la señora Bent exige una indemnización antes de desalojar el lugar.
Van desde sus persianas venecianas, valoradas en sesenta libras, hasta los hierros de la chimenea y los accesorios de la despensa.
En total, doscientas treinta y ocho libras.
Aún no me he atrevido a presentar tales demandas a Su Excelencia.
—Eso equivale a extorsión —dijo De Lancey, con las cejas levantadas de pura sorpresa.
—En efecto, señor, eso es —convino Campbell—; sobre todo, si se tienen en cuenta las dos mil novecientas cincuenta libras de dinero del gobierno que se adelantaron al difunto Ellis Bent para la construcción de su residencia oficial.
—Añadió con voz pesarosa—: Tenía que haber incluido una sala de vistas.
No sé si ha visto alguna vez la sala que tenía destinada para tal fin, pero…
¡tenía apenas cuatrocientos pies cuadrados!
—Estuve en esa casa hace unos días —respondió De Lancey. Cruzó miradas con Justin y se encogió de hombros—. Apenas habrían cabido el banquillo y los funcionarios del tribunal.
El secretario del gobernador frunció los labios en un gesto de desaprobación.
—Exacto —dijo—, y todo el alboroto que está armando la señora Bent sobre su pensión y los subsidios para sus hijos está distrayendo mucho al pobre gobernador.
A su difunto marido se le concedieron mil doscientos acres de tierra de primera calidad en el río Nepean, en beneficio de dos de sus hijos.
El pacto era que mantuviera la tierra durante cinco años, pero la vendió a los seis meses.
—Creo, señor Campbell —suplicó De Lancey—, que es mejor que no me diga nada más.
Si yo divulgara la mitad de estos asuntos a nuestro recién llegado juez, ¡nos expondríamos a que cogiera un pasaje en el próximo barco con destino a Inglaterra!
—Se volvió hacia Justin.— ¿Cómo está su amigo Richard Tempest, señor Broome?
¿Han conseguido los cirujanos extraerle los perdigones de la columna o han abandonado el intento?
—Tengo entendido que, por el momento, lo han abandonado —le dijo Justin—.
Van a enviarlo a casa, con la esperanza de que el reposo y una cuidadosa atención puedan mejorar su estado, o bien de que el perdigón se desplace por sí mismo a un lugar más accesible.
—Vaciló. Recordaba la presencia de George De Lancey en el hospital la tarde en que internaron a Rick.
Julia Dawson había expresado su molestia por la familiaridad que De Lancey mostraba con la esposa de Rick, pero…
Apenas había prestado oídos. Por su parte, Jessica había descartado esa molestia como puros celos.
— El pobre Rick está muy abatido, como era de esperar.
Tengo entendido que el doctor Redfern le ha dicho que su parálisis es temporal, consecuencia de un nervio dañado. Pero el pobre no puede caminar.
Campbell se unió a la conversación y preguntó por los detalles del ataque de los bushrangers, a lo que Justin respondió con nítida brevedad.
—Herimos a tres de ellos. Al día siguiente, los demás se entregaron a la partida militar de búsqueda. Todos se habían escapado de la granja del gobierno en el vado de Emu. Al alférez Dean le dijeron que…
—¿Se refiere al joven Michael Dean? —preguntó De Lancey—. ¿Estaba allí?
—Sí —confirmó Justin con cierta cautela.
Desde que Jessica le había confiado la verdadera historia, se cuidaba de hablar lo menos posible de su recién descubierto cuñado, y lamentaba haber dicho su nombre sin querer. Pero De Lancey, por lo visto, tenía en alta estima a Michael Dean.
—Viajamos juntos en aquel barco infernal, el Conway.
Dean tuvo un comportamiento estupendo y en circunstancias muy difíciles.
De hecho, fue en gran parte gracias a su testimonio en el tribunal de investigación que el cerdo del capitán recibió su merecido.
Dean es un joven oficial muy prometedor, en mi opinión; pero ¿por qué demonios ha sido desterrado a Bathurst? ¿A quién le ha pisado los callos?
Justin sonrió. Recordaba cuán indignado estaba el muchacho por su inesperado destino.
—Parece que el coronel Molle no tiene una opinión tan buena como la suya sobre la conducta de Dean ante el tribunal, señor De Lancey, como tampoco de su comportamiento durante la travesía del Conway .
—Dios santo, ¿por qué no?
—Por lo que he deducido, el coronel alega que la actuación del alférez no ha redundado en el crédito del regimiento.
Sin embargo, ahora que está en aquel lejano lugar, no creo que Dean considere Bathurst como un destierro.
Está disfrutando de un mando independiente y parece estar en su elemento.
El comandante del lugar, el capitán Lawson, rara vez está allí.
Es propietario de una finca en Prospect y tiene una concesión de mil acres cerca de la mía y la de Rick, en el río Macquarie. La tiene ocupada con ganado.
—¿No formó parte del grupo que realizó con éxito la primera travesía de las montañas Azules? —preguntó George De Lancey con interés—. Me refiero a Lawson.
—Así fue —respondió John Campbell—, y también estuvo ahí el propio Justin.
En contraste con la impresión que podría haberse formado tras sus primeros meses en Sídney, señor De Lancey, no nos dedicamos tan solo a discutir entre nosotros ni nos consagramos a las disputas legales y cosas por el estilo.
El capitán Lawson, el señor Gregory Blaxland y el hijo menor del doctor Wentworth, William Charles Wentworth, fueron quienes encabezaron la expedición…
—Se lanzó a soltar un largo relato de la travesía, de las posteriores exploraciones de George Evans y de la construcción de la carretera a Bathurst.
Justin, avergonzado por los abundantes elogios que estaba recibiendo por su participación en la empresa, interrumpió al fin. Señaló hacia delante, a un alto barco de tres cubiertas anclado frente a South Head.
—Ahí está su barco, caballeros —anunció—. El cúter del piloto acaba de ponerse en marcha. Los subiré a bordo antes de que zarpe.
Con singular destreza, llevó la chalupa del gobernador a la sombra del Lady Elizabeth.
Luego, mientras los pasajeros subían a la plancha de embarque, vislumbró en la cubierta superior a un hombre alto que observaba todo con interés.
Fue solo un atisbo, pero se sintió animado por lo que acababa de ver: el nuevo juez general parecía joven y vigoroso.
Era un hombre moreno, con un inconfundible aire de dignidad que Jeffrey Bent, a pesar de todas sus poses e ínfulas, no podría igualar; claro, en caso de que el gobernador le diera la libertad de intentarlo. Justin sonrió para sus adentros.
—Muy bien, timonel —dijo, cuando el proal soltó su bichero de las cadenas de sotavento del Lady Elizabeth— . Despleguemos la mayor y volvamos a casa.
Bajo la brisa del sudoeste, la barcaza avanzó ligera, y los remeros, cansados, agradecieron poder relajarse después de un esfuerzo de seis millas.
Faltaba una hora para la puesta de sol cuando entraron en la ensenada.
Antes de regresar a casa, Justin hizo una breve visita al astillero.
Al día siguiente debía montar el cañón largo de nueve libras en su nuevo barco y estaba ansioso por asegurarse de que los preparativos en el astillero estuvieran completos.
A toda costa, había que evitar otro desastre como el que había ocurrido tras la botadura ceremonial del balandro.
Meredith había insistido en montar un largo dieciocho sobre un pesado carro transversal, lo que había contribuido a la inestabilidad del barco.
Justin, en cambio, estaba decidido a no correr riesgos cuando estuviera montado su propio cañón.
Seguro de que todo estaba listo para el trabajo de la mañana siguiente, recorrió la corta distancia que lo separaba de su casita pintada de blanco en la orilla, donde Jessica lo esperaba con la comida lista.