Los guerreros (Los australianos 10) Epílogo
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Epílogo

Abajo, en la cala, lo esperaba anclado el transporte Surrey.

Lo rodeaba una gran multitud de pequeñas embarcaciones que se habían reunido para acompañarlo.

A popa del imponente transporte de cuatrocientas cincuenta toneladas se encontraba la balandra gubernamental Elizabeth Henrietta , en la que el gobernador acababa de regresar de sus visitas de despedida a Hobart, Newcastle y el puerto Macquarie.

En todas partes, la gente le había dado una calurosa bienvenida, recordó Macquarie mientras sentía un súbito nudo en la garganta.

En la Tierra de Van Diemen, había cruzado de Hobart a Launceston, un fatigoso viaje con mal tiempo que había merecido muchísimo la pena por la manera en que lo recibieron ricos y pobres por igual.

Cierto que, durante su estancia en Hobart, había tenido que confirmar las sentencias de muerte de varios bushrangers capturados por el enérgico teniente gobernador, el coronel Sorrell, pero…

Macquarie frunció el ceño. Esas decisiones legales las había dejado en manos de John Wylde y George De Lancey, sus compañeros en la gira, y había visto con sus propios ojos que toda la isla estaba siendo devuelta a una prosperidad respetuosa de la ley.

El corrupto gobierno de Davey estaba casi olvidado.

En Newcastle las cosas habían sido muy semejantes.

Aquella población, que alguna vez fuera un horrible lugar de detención y esclavitud para los peores malhechores de la colonia, mostraba signos muy alentadores de mejora.

El excelente trabajo del capitán Wallis, del Cuadragésimo Sexto, durante su mandato como comandante del asentamiento, estaba siendo continuado con eficacia por el sucesor de este, el mayor Morrisett, del Cuadragésimo Octavo.

Ahora, Newcastle era una ciudad bien trazada, con carreteras, una iglesia, un hospital, una cárcel de piedra y una buena escuela.

Las minas de carbón estaban bien organizadas y eran seguras.

Habían construido una calzada entre la isla Nobby y South Head, habían dragado la entrada del puerto y, para mayor seguridad de los navegantes, instalado un faro.

Al igual que en la Tierra de Van Diemen, los habitantes de la ciudad y las granjas y asentamientos circundantes se habían agolpado en las calles para aclamarlo y expresarle su pesar por su marcha.

La visita al puerto Macquarie se había visto estropeada por una fuerte tormenta, pero, gracias a la espléndida marinería del joven Justin Broome, el pequeño Elizabeth Henrietta había dado cuarenta y ocho horas de batalla contra mares tempestuosas.

La pericia había salvado al barco de quedar hecho pedazos en la rocosa orilla.

Macquarie se recordó a sí mismo que, por momentos, había deseado que el final de su gobernación quedara así marcado, con sus huesos blanqueándose a orillas de una tierra que había gobernado durante tanto tiempo y a la que había aprendido a amar tanto.

Eso habría sido mejor, sin duda, que la humillación a la que tendría que enfrentarse al llegar a Londres y tener que defenderse del informe parcial y vengativo del comisario Bigge.

Un informe que, por desgracia, lo precedía.

Pero no sería así. Por el bien de su esposa y su hijo, el gobernador sabía que desear un final distinto sería fallarles.

No había noticias de Lord Bathurst sobre su pensión; tampoco de la concesión de tierras que había pedido en Toongabbie.

La Oficina Colonial había concedido al despilfarrador y borracho Davey dos mil acres de pastos de primera en la zona de Illawarra y había accedido a la petición de John Macarthur de darle otros cinco mil en Camden; pero su propia solicitud, al parecer, no podía ser considerada.

Incluso sus leales amigos y funcionarios tenían que pagar un precio por su lealtad; entre ellos, el pobre Redfern y el excelente John Campbell.

Macquarie apoyó la cabeza contra el frío cristal de la ventana.

Volvían a él los amargos recuerdos. El día que el Elizabeth Henrietta entró dando traspiés en la ensenada, se encontró a su sucesor, sir Thomas Brisbane, paseando por el Dominio.

La pobre Elizabeth no sabía cómo ingeniárselas.

Ya tenía planes de trasladarse a Parramatta para acomodar a los recién llegados.

Pero sir Thomas había sido considerado y cortés.

No tomaría posesión de la gubernatura hasta el momento de la partida de su predecesor.

Él mismo, sin que nadie se lo pidiera, se había trasladado a Parramatta con su personal.

Thomas Brisbane era un soldado, reflexionó Macquarie, un oficial y un caballero con unos antecedentes muy parecidos a los suyos.

Se separarían, gracias a Dios, como amigos, no como enemigos.

Una muestra de la buena voluntad del futuro gobernador había sido su decisión de incorporar a George De Lancey a su gabinete, como magistrado jefe de Sídney y juez adjunto, así como de confirmar a John Campbell como mariscal preboste.

También había recibido con cordialidad al ya jubilado doctor Wentworth y aprobado una pensión para la viuda de William Gore, que había ocupado el cargo de preboste mariscal bajo tres gobernadores.

—Lachlan, querido. —Era la voz de Elizabeth.

Lachlan Macquarie se giró de inmediato, envalentonado, para no traicionar sus sentimientos ni siquiera delante de su esposa.

— Todos te esperan en el salón de baile para despedirse de ti: sir Thomas Brisbane, Lady Brisbane y todos tus amigos.

—El gobernador vio que ella llevaba de la mano al joven Lachie.

El niño, una orgullosa figurita vestida de tartán y terciopelo, lo miraba expectante.

—Son muchísimos, papá —afirmó él emocionado—. Y Billy Sorrell y una docena de niños de la casa del señor Reddall han venido a despedirse de mí. Los del señor Halloran también están formando una guardia de honor fuera… ¡Ah, por favor, vamos!

El gobernador se arregló, enderezó sus hombros delgados y encorvados y sintió la espada de gala que llevaba prendida al talabarte.

Le ofreció el brazo a Elizabeth y juntos descendieron por una elegante escalera en curva.

El suelo crujía bajo su peso debido a los estragos de las termitas, que no dejaban de devorar la ruinosa residencia oficial que la Oficina Colonial se había negado a reparar durante doce años.

El salón de baile estaba abarrotado. Mientras Elizabeth y él avanzaban a paso lento por la sala, estrechando una mano aquí o dando un beso allá, Macquarie, a pesar de su firme resolución, sintió que el control empezaba a abandonarlo.

Como había dicho el joven Lachlan, tenía muchos amigos y simpatizantes.

Más, muchos más de los que esperaba. Por una vez, aunque quizás porque no eran conscientes de ello, los exclusivos se codeaban con los que Bigge había llamado despectivamente sus «amigos convictos».

Reconoció a De Lancey, acompañado de los Wylde y los Field.

Vio que el nuevo ayudante del juez general llevaba del brazo a una bonita moza pelirroja, cuyo parecido con Justin Broome lo hizo suponer que era su hermana.

Henry Antill y su esposa estaban de pie junto al trío de juristas, y, un poco más allá, el joven Phillip Parker King, hijo del exgobernador King y comandante del Mermaid , el barco de reconocimiento de Su Majestad.

Lo acompañaba la atractiva chica de Lethbridge con la que se había casado… ¿hacía más de dos años?

Allí estaban los Riley, la señora Reiby y su hijo, el coronel Erskine y su esposa y varios oficiales del Cuadragésimo Octavo; Simeon Lord, los Palmer, el doctor D’Arcy Wentworth y Catherine, junto a William Redfern.

Y…, sí, incluso el anciano y enfermo George Johnston con su esposa y su hijo menor, David. Macquarie se retorcía las manos.

Aunque el joven Lachlan lo abandonó para ir a dar saltitos entre la multitud, acompañado de sus amigos del colegio del señor Reddall, Elizabeth siguió caminando a su lado, con una valiente sonrisa en los labios y una sospechosa humedad en los ojos.

Al llegar al grupo formado por los Tempest y los Dawson, se separó de su marido un momento para estrechar en sus brazos a la pequeña Jessica Broome.

Las lágrimas llegaron, a la vista de todos, cuando volvieron a estar juntas.

—Sir Thomas y lady Brisbane aguardan en la puerta, Lachlan —susurró—. No deberíamos hacerlos esperar más.

—No —asintió Macquarie. Se puso rígido en cuanto vislumbró a quienes rodeaban al nuevo Gobernador en un estrecho círculo: Macarthur, con su esposa y sus dos hijos, su sobrino Hannibal y varias mujeres a las que no pudo reconocer.

También, como era de esperar, el nuevo médico principal de Sídney, William Bowman, con el también nuevo archidiácono, Thomas Scott.

«El rey ha muerto, ¡viva el rey!», ironizó. Siguió avanzando a paso lento, con el brazo de Elizabeth entre los suyos. Aunque sus reverencias eran rígidas y su sonrisa un poco fingida, ni Brisbane ni Macarthur parecieron notar nada raro.

A las puertas de la Casa de Gobierno, detrás de las tropas que se alineaban en la ruta hacia el muelle real, los habitantes ordinarios de Sídney y muchos de los asentamientos de alrededor, libres y esclavos por igual, se habían reunido por centenares.

Ocupaban todos los puntos de observación en las inmediaciones, e incluso más allá, en las playas.

En cuanto aparecieron el viejo gobernador y su esposa —y, unos pasos detrás, sus sucesores— estallaron en vítores.

Pero los gritos fueron menguando y, en su lugar, la gente empezó a desearles buena fortuna y un tranquilo viaje a casa.

Las expresiones de sincero desconsuelo hicieron llorar incluso al gobernador.

En el muelle, el oficial naval del puerto, el capitán Piper, que había pertenecido al Cuerpo del Ron, pronunció un discurso de despedida en nombre de los caballeros y funcionarios de la ciudad.

Como regalo de despedida, le entregó una magnífica placa grabada con su nombre y los de quienes la habían suscrito.

El gobernador, muy emocionado, les dio las gracias.

La banda del Cuadragésimo Octavo tocó el himno nacional y la guardia de honor presentó armas.

Los Brisbane fueron a despedirse con un solemne apretón de manos mientras la barcaza del gobernador, con Justin Broome al mando, ya esperaba al pie de la escalinata.

El viejo sargento Whalan subió al joven Lachlan a bordo y, enseguida, con la cabeza destocada, se volvió para ofrecer el brazo a Elizabeth.

Ya sentado en la bancada de popa, el gobernador Macquarie permaneció un minuto mirando hacia atrás.

Luego, mientras la pistola de señales disparaba su tradicional saludo, hizo un gesto con la cabeza hacia Justin.

La barcaza zarpó para llevarlos a remo al Surrey.

En el fondeadero, todos los barcos habían puesto a sus tripulantes de pie en las vergas.

Había sido una despedida apropiada, pensó el viejo gobernador; apropiada y muy conmovedora.

Luego, la melancolía lo hizo presa cuando, por fin, desde la cubierta de popa del Surrey, observó la ciudad de Sídney y la multitud de pequeñas embarcaciones que lo habían escoltado alejarse poco a poco por el lado de popa.

La brisa se apagó y el Surrey ancló a la sombra de la colina Bellevue. Un bote de remos, en el que viajaban Henry Antill y el sargento Whalan, acompañado este de su hijo Charley, llegó para dar a los hombres la oportunidad de pasar unas horas más en compañía de los Macquarie.

Al día siguiente, el viento volvió a soplar.

El barco se puso en marcha otra vez y pronto perdió de vista los Heads del puerto Jackson.

El general Lachlan Macquarie, acompañado de su mujer y su hijo, pegados los tres a la barandilla de la embarcación, contempló cómo se ponía el sol sobre una mar desierta.

Sensible como siempre a los estados de ánimo de su marido, Elizabeth dijo con tono amoroso:

—No te lo tomes tan a pecho, Lachlan querido.

Macquarie se volvió hacia ella, con los ojos oscuros por la desesperación.

—Pero aún quedaba mucho por hacer, Elizabeth.

Habría hecho tanto si me hubieran permitido un poco más de tiempo…

Has visto las instrucciones de sir Thomas Brisbane: Las nuevas tierras más allá de las montañas Azules no serán para los nativos ni los emancipados que las merezcan.

Se concederán a caballeros ricos de Inglaterra que vendrán a invertir su dinero en ganado; y a hombres como John Macarthur, quienes, maldita sea, han hecho su fortuna en el comercio del ron.

—Pero también los hay como el capitán Lawson y William Cox y Timothy Dawson —le recordó Elizabeth—; y Justin Broome, Richard Tempest y el joven David Johnston: los viejos australianos y los nativos.

Querido Lachlan, con toda franqueza, creo que puedes dejar el asunto en sus manos.

Defenderán su derecho de nacimiento y el de sus hijos e hijas contra cualquiera que venga aquí en busca de ganancias fáciles. Y son más numerosos que los Macarthur.

Lachlan Macquarie, rendido, le dedicó una sonrisa.

—Ruego por que tengas razón —dijo, y a Elizabeth le pareció evidente que su esposo había encontrado consuelo en sus palabras.