Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 10 #5
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Capítulo 10 #5

—¿Qué pasa, Katie? —preguntó—, ¿te ha espantado la multitud?

Katie negó con la cabeza.

—No, no ha sido eso. —Con manos temblorosas, se puso el bonete.— No esperaba que hubiera tanta gente. De haberlo sabido, no habría venido.

—El nuevo balandro del gobierno ha zozobrado —le dijo George—. Eso es lo que los atrae. Solo Dios sabe de dónde han salido tantos.

Katie se secó la cara empapada y él la sintió estremecerse.

—No lo he visto hundirse, pero… Traían dos cadáveres: uno era el de la señora Meredith, George. Ella… Pobre joven, no llevaba casada tanto tiempo como yo, y se ha ahogado. Alguien entre la multitud dijo que ella estaba bajo cubierta cuando el barco rodó.

George le cogió las manos y las presionó con suavidad entre las suyas.

—Sí —confirmó—, yo también lo he oído. Pero ¿a dónde ibas con tanta prisa, Katie? ¿Y por qué a pie y sola?

—¡Ay! —Como si de repente hubiera recordado su misión, las lágrimas volvieron a correr incontrolables por sus mejillas.

— Al hospital. Un soldado vino hace más de una hora.

Me ha dicho que Rick, mi marido, había resultado herido y que lo traían desde Bathurst en una carreta.

Él no sabía más que eso. No ha podido decirme qué tan mal herido está.

—¿Ni siquiera te ha dicho cuándo llegará? —preguntó George.

—No. Me ha dicho que me quedara donde estaba, en casa, que me llamarán.

Pero no puedo… esperar, George. Tenía que venir.

Aunque él aún no esté en el hospital, puedo esperarlo, estar allí cuando llegue.

—Katie contuvo un sollozo, miró a su amigo e intentó ofrecerle una sonrisa valiente—.

He venido sola porque solo tenemos una criada y yo acababa de enviarla al mercado.

Yo… Como una estúpida, ni siquiera me cambié los zapatos.

Salí corriendo y me metí de lleno entre la multitud.

Y es que no quise atravesar el Dominio, ya ves…

—Te llevaré al hospital, Katie —se ofreció George— y esperaremos allí juntos hasta que traigan a Rick.

Pero Rick ya estaba allí cuando llegaron al hospital. En sus indagaciones, lograron averiguar que los cirujanos estaban a punto de operarlo para extraerle de la espalda un perdigón.

—Parece que fue atacado por unos malditos bushrangers —les dijo un joven médico—. El doctor Redfern está cuidándolo. Creo que podrá verlo, señora Tempest, si quisiera acompañarme.

Katie desapareció solo unos minutos. Cuando regresó, estaba blanca por la conmoción.

—Justin estaba allí —susurró con tristeza—. Su compañero, Justin Broome. Ha estado acompañando a Rick mientras le quitan los perdigones, dijo. Mi esposo no puede caminar, George. No siente las piernas, él…

Se estaba ahogando en sollozos y George la abrazó.

—Se pondrá bien cuando le quiten los perdigones, Katie —le aseguró con una confianza que, en verdad, no sentía—. Deja que te lleve a casa. Yo volveré aquí, averiguaré cómo está y…

—No —dijo Katie obstinada—. Me quedaré hasta que los médicos hayan terminado con él. Tengo… Tengo que enterarme y estar con él cuando terminen. Justin prometió que me lo diría.

George se quedó acompañándola en la pequeña y sombría habitación que les ofrecieron. Hacía todo lo posible por consolarla y tranquilizarla. El tiempo pasaba con agonizante lentitud. Katie sollozaba casi en silencio y las sombras empezaban a alargarse.

Por fin, el alto Justin Broome acudió para llevarla junto a la cama de su marido.

—Está bien, Katie, y quiere verte —dijo, pero los ojos de Justin, al encontrarse con los de George por encima de la rubia cabeza inclinada, no expresaban la misma promesa.

Luego, cuando ella estuvo fuera del alcance de sus oídos, apoyada en el amable doctor Redfern, Justin añadió con lacónica amargura—: ¡Malditos fugitivos, malditos cerdos!

Algunos de los perdigones no se pueden extraer; están demasiado cerca de la médula espinal.

Redfern teme que no volverá a caminar. —Dejó escapar el aliento en un largo suspiro.

— Usted… Usted es el señor George De Lancey, ¿verdad?

Soy Justin Broome. No necesita quedarse más tiempo, señor.

Puedo cuidar de esta pobre chica. Me la llevaré a casa.

Mi esposa y ella son buenas amigas. Jessie sabrá cómo hablar con ella cuando llegue el momento.

George le dio las gracias y, con todo el aplomo que pudo reunir, accedió a marcharse.

Al salir a la calle oscura y desierta, maldijo a los hados que habían dispuesto que llegara a Sídney en circunstancias de tal modo tiránicas que el honor le exigía alejarse de la mujer que amaba.

Tenía que dejar que unos extraños se ocuparan de ella, porque él no podía.

A pocos metros se detuvo un carruaje y, en la penumbra, reconoció a Abigail Dawson y a Julia.

Las dos se apearon con rapidez. Mientras las mujeres se apresuraban a entrar en el hospital, quizás sin haberlo visto, él se hizo a un lado.

Las vio desaparecer. Le pesaba mucho el corazón, pues, de pronto, su propio aislamiento le resultaba insoportable.