Capítulo 10 #4
—¡Es más que eso! —dijo Bent, furioso—, y mucha gente ya lo conoce. Demonios, De Lancey, ¡ha leído lo suficiente de esa miserable efusión para darse cuenta de que ofende el honor de George Molle! Lo acusa de hipocresía y de perfidia en sus relaciones con el gobernador.
—No es amigo del gobernador, Bent —señaló en seco George.
—Ese infernal gobernador tiene pocos amigos entre los habitantes respetables de esta colonia.
Pero… —Jeffrey Bent hizo una pausa y, a pesar de que estaban solos en la espaciosa habitación, bajó la voz.
— Tiene sus partidarios, por supuesto, sobre todo entre las clases más bajas.
La creencia popular es que ha sido su advenedizo secretario, Campbell, quien escribió el poema.
Y, en efecto, es muy capaz de haberlo hecho.
Ya nos ha atacado a Marsden y a mí en ese diabólico Gazette , aunque hay que reconocer que ha evitado la difamación y ha hecho sus comentarios de forma anónima, como la criatura cobarde que es.
El propio Molle sospecha de un tipo llamado Murray, no sé si usted lo conoce.
Tuvo un cargo en el Primero de Dragones, pero creo que fue retirado.
En todo caso, llegó aquí con cierto descrédito.
—¿No se referirá a Robert Murray, que actúa como secretario del tribunal de Sídney? —George dijo sobresaltado.
—Ese es, un adulador de Wentworth. Se hace llamar «capitán » Murray.
No creo que tenga la educación suficiente, pero…
—Una vez más, el exjuez hizo una pausa y su mirada extraviada se centró por un instante en el rostro de George.
— Tengo un sospechoso mucho más probable, De Lancey.
Un joven oficial que traiciona su casta asociándose muy liberalmente con delincuentes indultados y similares.
Incluso se ha asociado con uno de esos en una concesión de tierras, en los nuevos terrenos más allá de Bathurst. —Hubo otra pausa cautelosa, pero esa vez Bent mantuvo la mirada perdida.
— Este pipe fue dejado en la entrada del comedor de oficiales del Cuadragésimo Sexto, hace tres semanas.
Tres semanas. Mi sospechoso se marchó al día siguiente a esa concesión de tierras y no se lo ha visto por aquí desde entonces.
Estoy seguro de que sabe a quién me refiero.
George sacudió la cabeza, con el temperamento cada vez más acalorado. Anticipaba la sugerencia que el exjuez estaba a punto de hacerle.
—No —dijo con dificultad—, creo que no, señor.
—¡Oh, vamos, señor! —lo instó Bent—. No creo que usted tenga muchos motivos para respetar a este hombre.
Se casó hace poco y ha dejado a su pobre esposa languidecer sola mientras está desaparecido en las montañas.
¡El tipo ha dejado ese inicuo poema para que alguien lo encuentre y que las sospechas apunten a otros! Me refiero, señor, a Richard Tempest.
El cerebro de George se aceleró. ¿Por qué, se preguntó, atónito, Bent infería que tenía motivos para detestar a Rick Tempest?
Y, para el caso, ¿por qué atribuir la autoría del poema al marido de Katie?
¿Tan solo porque Rick se había ido de Sídney al día siguiente de que el documento infernal hubiera sido depositado fuera del comedor del Cuadragésimo Sexto?
Era ridículo. Con su indignación bajo control, empezó a hablar, pero Bent le hizo un gesto imperioso para que guardara silencio.
—Sídney no es un lugar donde los secretos puedan guardarse con facilidad, De Lancey.
La relación que usted ha tenido con la bella esposa de Richard Tempest es bien conocida y ha suscitado algunas especulaciones, a pesar de los intentos que ha hecho usted miso de poner un velo a través de prestarle atención a…
, ¿cómo se llama?, la joven Dawson. No, espere…
—protestó cuando vio que George, airado, se ponía en pie—, no he terminado, amigo mío. Verá…
—Creo que ha dicho más que suficiente, señor —dijo George con frialdad, con el temperamento aún bajo control.
Pero recordó, consternado, a la fisgona que unos días antes había escuchado su breve y apasionada súplica a Katie; la mujer del vestido blanco, a la que ni él ni Katie habían podido identificar.
Aquella tarde, la señora Jeffrey había estado en la Casa de Gobierno, y era amiga íntima del coronel Molle y su esposa, como también de los Bent, supuso.
Sin duda, una mujer había estado al tanto de ese encuentro clandestino con la novia de Rick Tempest. Quienquiera que fuera, habría hablado de lo que había visto y oído y habría echado a correr las lenguas.
Jeffrey Bent sonrió. Como si no hubiera habido interrupción, continuó:
—Se me ha ocurrido que usted está en una posición única para probar o refutar las sospechas que tengo con respecto a este caso concreto.
Y puedo garantizarle que, si usted consiguiera proporcionarle pruebas al coronel Molle, él se encargaría de hacerle llegar las doscientas libras de la recompensa.
Esto, por supuesto, estaría condicionado a que el culpable sea procesado con éxito, y por usted mismo, en nombre del coronel.
Bueno, ¿qué me dice, De Lancey? Es una propuesta justa, dadas las circunstancias, ¿no?
Asqueado, George se llevó la mano al sombrero. Bent, pensó, estaba intentando sobornarlo y chantajearlo, pero… Decidido a no dejarse provocar por un arrebato del que luego pudiera arrepentirse, le hizo una rígida reverencia.
—Su propuesta es abominable, señor, y la rechazo con el desprecio que merece.
—Tuvo que echar mano de todo su control para hablar con calma, y lo consiguió, de algún modo.
— No puedo aceptar su hospitalidad, Juez Bent.
Tal vez quiera transmitir mis disculpas a su cuñada por mi ausencia en el almuerzo.
Aun temblaba de rabia cuando salió a la calle.
Se puso el sombrero y empezó a caminar a ciegas, con la única intención de aumentar la distancia lo más posible entre él y el hombre al que acababa de dejar.
Aún vio gente reunida en los miradores que dominaban el fondeadero.
Se dejó llevar por la multitud, apenas consciente de hacia dónde iba.
El balandro Elizabeth Henrietta ya había sido adrizado.
Vio hombres a bordo sacando armas y, a medida que se acercaba a la cala, su ira comenzaba a enfriarse.
No valía la pena preocuparse por el exjuez Bent, se dijo a sí mismo; tanto él como su maldita propuesta eran despreciables.
Una brillante cabeza dorada, que se movía con dificultad entre la multitud, llamó su atención. Inhaló con fuerza al reconocer a Katie.
Estaba sola, o eso parecía, y daba la impresión de tener bastante prisa.
Sin embargo, la multitud de curiosos cuyas filas ella intentaba atravesar obstaculizaba su avance.
No la había visto desde la boda con Richard Tempest, y la prudencia dictaba que la evitara, en vista del insidioso comentario de Jeffrey Bent sobre su vieja relación, pero…
La vio tropezar, casi caer, y, en un instante, toda la prudencia se había borrado de su mente.
Intranquilo, en unas pocas zancadas ya estaba a su lado.
Tuvo que apartar a codazos a un par de convictas borrachas que le cerraban el paso.
—Cógeme del brazo, Katie —le pidió—, y alejémonos de esta chusma.
Ella lo hizo. George la condujo a la calle Bridge, que, en comparación, estaba despejada. Entonces, cuando se detuvieron sin aliento, George se dio cuenta de que ella estaba llorando. Tuvo que resistir el impulso de estrecharla entre los brazos.