Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 10 #3
63%

Capítulo 10 #3

—Son todos iguales, malditos mercaderes coloniales.

Solo les interesa el beneficio propio, sin importarles lo mal que se haga el trabajo.

Y creo que, en estos últimos tiempos, Campbell ha enfrentado dificultades financieras.

Tuvo algún disgusto con la Compañía de las Indias Orientales por los cargamentos.

Tal vez escatimó en el Elizabeth y por eso se hundió.

—Tengo entendido —replicó George— que el barco se construyó según las especificaciones del Almirantazgo y con materiales enviados a tal efecto.

Eso es lo que me dijo el gobernador. Él mismo achacó el retraso en su terminación al tiempo que tardaron en llegar los materiales de Inglaterra.

Todo esto habrá desanimado a los carpinteros de navíos de Campbell, ¡y no es de extrañar!

—Eso no es excusa para una mano de obra deficiente —replicó Bent con suficiencia—.

Me parece que han salvado a la mayor parte de la tripulación, pero hay un rumor, y un rumor muy fuerte, me temo, de que la pobrecita señora Meredith no ha aparecido.

Dios quiera que no tengamos que lamentar otra muerte trágica.

Todos los días veo en el rostro de mi pobre cuñada el efecto que le ha dejado la pérdida de mi hermano a tan temprana edad.

Al menos, los Meredith no llevaban casados el tiempo suficiente para tener hijos.

La señora Bent, mi querido De Lancey, tiene cinco, todos menores de ocho años, ¡y el quinto nació después del fallecimiento de mi pobre hermano!

Él se consumió en el servicio a esta colonia desamparada y, aun así, el gobernador posterga la concesión de una pensión de viudedad.

George estudió el rostro delgado y pálido y la boca presuntuosa del hombre que tenía delante.

Lo que veía le provocaba más que un poco de repulsión.

Jeffrey Bent era joven. Tenía treinta y uno o treinta y dos años, según había dicho alguien, pero sus modales eran de una inexplicable pedantería, más propios de alguien del doble de su edad.

Se arrogaba una agresiva autoridad que, en sí misma, era toda una provocación.

Y quizás lo hacía adrede. El depuesto magistrado carecía de dignidad, aunque se esforzaba por dar la impresión de poseerla.

Sus ojos oscuros se desviaban de un lado a otro sin parar, como si primero desafiaran a la confrontación y luego trataran de evitarla.

—Enterraron a mi hermano en el cementerio común —dijo Bent—, ¡en el mismo lugar donde yacen los restos mortales de delincuentes convictos y una multitud de malhechores!

Es imperdonable. Eso ha sido un último y cruel insulto a su viuda y a sus hijos.

Estoy ejerciendo toda la influencia que me queda con la esperanza de persuadir al general Macquarie para que sea exhumado y vuelto a enterrar en el coro de la iglesia de Saint Philip, como corresponde al inmenso servicio que prestó.

Le puedo decir, De Lancey, que en esto tengo el apoyo del reverendo Samuel Marsden, además del de la mayoría de los ciudadanos respetables de Sídney.

Y, señor, aunque sea lo último que haga antes de irme de aquí, me encargaré de que los pobres huesos de mi hermano descansen en una tumba digna. Él…

George lo interrumpió tranquilo.

—¿Me ha invitado aquí, señor, para discutir la inhumación de su difunto hermano?

La mirada de Jeffrey Bent se cruzó con la suya por un momento. Luego se desvió hacia los papeles de su escritorio.

—No. Lo he invitado aquí con otro propósito.

Es un asunto que, en las circunstancias actuales, no puedo tratar yo mismo, pero es un asunto serio, señor, se lo aseguro.

—De la pila que tenía delante, cogió un rollo de cartulina y prosiguió con gravedad—: Sin duda, habrá oído hablar de la infame práctica de hacer circular por aquí las llamadas pipes, esos insulsos versos satíricos con los que se ataca el honor y la integridad de las personas decentes.

Nadie es inmune a sus ataques; incluso los sucesivos gobernadores los han sufrido.

De hecho, la mayoría de los funcionarios prominentes han sido objeto de ellos en un momento u otro.

Yo mismo lo he sido. Escriben los versos ofensivos en un papel como este, que luego enrollan con cuidado para colocarlo en algún lugar público, donde es fácil de encontrar.

Por supuesto, los insultos pasan de ahí a todo el mundo.

—He oído hablar de esa práctica —respondió George en un nuevo intento por detener el flujo de pedantería de Bent—. Pero no habría supuesto…

—¿… que merecería llamarlo a una consulta, De Lancey?

—Con impaciencia, agitó el pesado rollo de papel ante los ojos del abogado—.

Por lo general, estos versos son obra de pícaros apenas alfabetizados; o bien, son escritos de modo que lo parezcan.

Pero este… Este malévolo ataque contra el honor y la lealtad del coronel Molle ha sido compuesto por una persona con una educación clásica y conocimientos de latín y griego.

Y ha sido copiado y muy difundido, pero…

Eche un vistazo a las calumnias difamatorias que lanza el autor.

Vea usted mismo, De Lancey, el daño que esto puede hacer.

George desenrolló el papel. Vio que el pipe ocupaba varias páginas y estaba encabezado con el título en latín «In foro conscienti æ », que tradujo como ‘ante el tribunal de la conciencia’.

El poeta anónimo, quien se confesaba «incapaz de elegir entre los numerosos devotos de Caquía», continuaba así:

Hasta que tú, G***ge M*ll*,

seas visto por encima del resto,

sí, tú, majestuoso varón de porte enhiesto.

¿Quién no habría dicho que una figura tan airosa

desvelaba una mente grande, noble y ambiciosa?

¿Quién habría dicho que esa sonrisa altiva,

tan aguda en la injuria y despectiva,

escondía un alma al mal dinero aficionada,

mercenaria, indivisible y a sí misma atada?

Asombrado, George pasó las páginas escritas con letra estrecha.

Verso tras verso, todo corría en similares líneas, ahora despreciando a los amigos y socios del coronel Molle (entre los que se encontraban el propio Bent y el reverendo Samuel Marsden), ahora ridiculizando las proezas militares del coronel con burlas mordaces y despectivas.

Una estrofa en particular captó la atención de George y la retuvo, al punto en que pudo leerla dos veces.

Se sintió asombrado por el íntimo conocimiento que el poeta tenía de la aparente traición de Molle a la amistad del gobernador Macquarie.

En días señalados, vedlo correr, de gozo anhelante,

para no perderse la fiesta del gobernante.

Tres veces tres oídlo brindar con rostro luminoso,

«a l a salud de nuestro anfitrión glorioso»;

Y luego, con discurso bien elaborado,

desearle para siempre el timón del Estado.

Y, puesto que esto dice con asaz procacidad,

¿será que no conoce la sinceridad?

¡Sí!, mientras finge ofrecer un cálido afecto,

es el contendiente más feroz, amargo y abyecto.

Todo lo frustran su poder y su influencia belicosa,

sin importar la forma: sucia, astuta o insidiosa.

George volvió a dejar las hojas de cartulina sobre el escritorio.

—¿Y bien? —lo desafió Jeffrey Bent—. Es una obra bastante perversa, ¿no es así? Y, como puede imaginarse, ha enfurecido al coronel Molle a tal grado, que está decidido a localizar al autor.

—¿Tiene alguna idea de quién podría ser?

—El coronel tiene sus sospechas, claro. —Bent apartó los papeles ofensivos y los metió con prisa en un cajón, como si el mero contacto pudiera contaminarlo.

— Supuso, al principio, que el responsable podía haber sido uno de sus oficiales subalternos, quizás debido a un exceso de euforia o a un retorcido sentido del humor.

Pero todos lo han negado. Incluso han accedido a que sus aposentos sean registrados en busca de cualquier indicio incriminatorio.

Y así se hizo, pero nadie encontró nada.

Todos los oficiales del regimiento del coronel Molle han quedado libres de sospecha; su lealtad está fuera de toda duda.

Como prueba, han ofrecido reunir entre todos una recompensa de doscientas libras, una suma nada desdeñable, De Lancey, a quien dé información que permita desenmascarar al autor de este poema difamatorio.

Los ojos oscuros y brillantes de Bent se fijaron por un momento en el rostro de George.

El exjuez seguía esperando una reacción, atento.

Pero George, reacio a comprometerse, vacilaba.

En un sentido estricto, el poema era difamatorio, ya que su contenido no podía probarse con facilidad; pero, por lo que él sabía del desagradable oficial al mando del Cuadragésimo Sexto, no se podía culpar al poeta anónimo de ninguna exageración flagrante, y a Molle le costaría mucho trabajo convencer a cualquier tribunal de lo contrario.

—¿En qué cree que puedo ayudarlo? —preguntó—. Como sabe, acabo de llegar y mis conocimientos son limitados. No puedo ofrecerle ninguna sugerencia sobre la identidad del autor, pero, en caso de que lo descubran, ¿el coronel Molle se ha propuesto demandarlo?

—¡Claro que sí! —Bent estaba indignado—. Maldita sea, señor, esa es razón por la que lo he invitado aquí. En las desgraciadas circunstancias en que me ha colocado el gobernador Macquarie, no puedo actuar en nombre del coronel. Él quiere que usted actúe por él.

George fijó la mirada en los ojos de su interlocutor.

—Mi consejo profesional, señor, es que el coronel Molle no lo demande.

En cualquier tribunal tendría dificultades para demostrar que ha sido difamado.

E, incluso si pudiera hacerlo, la publicidad resultante sería perjudicial para él, ¿no es así?

En mi opinión, lo mejor que puede hacer es tratar este poema como algo irrisorio.

Si así lo hiciera, pronto se olvidaría, ¿no? Una broma de mal gusto, una parodia…