Capítulo 10 #2
Y tal vez lo fuera, reflexionó George, aunque tenía sus dudas.
De cualquier modo, el gobernador Macquarie no parecía preocupado; la destitución de Bent ya había sido autorizada por lord Bathurst y, en opinión del cansado gobernador, ese era el final del asunto.
¿Qué atención prestaría el gobierno británico a las acusaciones tergiversadas de un antiguo funcionario descontento?
Para cuando esa petición llegara a Londres, Bent ya tendría un buen tiempo de haberse marchado de la colonia.
De hecho, todo el mundo esperaba que Bent y la viuda de su hermano no perdieran tiempo en abandonar Sídney; sin embargo, se quedaron. Alegaron que tenían negocios que aclarar, además de que aún estaba pendiente de acordar la pensión reclamada para Eliza Bent y sus hijos.
Para su mayor humillación, George había vuelto a ser el destinatario de los favores de Jeffrey Bent.
No solo se estaban encauzando más litigios hacia su bufete, sino que el mismísimo Bent había acudido a su despacho para consultarlo sobre el derecho de su cuñada a percibir una pensión.
También había llegado con reclamaciones propias, más complejas, contra los gobiernos nacional y colonial.
El exjuez se había comportado con cortés moderación y había elogiado los conocimientos jurídicos de su colega. Incluso parecía haber olvidado que alguna vez hubo diferencias entre los dos, reales o imaginarias.
Y ahora, aquello… George frunció el ceño ante la invitación que tenía sobre el escritorio.
Había sido invitado en casa de los Bent una sola vez, y recordaba bien la ocasión, pues ese mismo día había sido la boda de Katie.
Con tal de distraerse de aquello, habría cenado con el mismísimo diablo, pensó con pesar.
Pero… eso era otra cosa, y no tenía muchas ganas de volver a encontrarse con la viuda de Ellis Bent.
Cierto que era una mujer atractiva, pero no lo atraía en absoluto, con su negro atuendo de viuda del que alardeaba como vestigio de su pérdida y una lengua amarga de la que solo brotaban quejas.
Consultó su reloj de bolsillo. Era hora de salir, si quería caminar a la residencia del juez general y llegar, puntual, a la hora convenida. Llamó al joven Rodney Akeroyd y le dejó una gavilla de notas para que las copiara. Luego salió a la calle.
Hacía bueno. El día era cálido y una agradable brisa soplaba desde el puerto.
En la calle abarrotada, polvorienta por la falta de lluvia, George tenía ganas de demorarse.
Iba cabizbajo, caminando con brío por el lado sombreado de la calle.
En eso, un carruaje salió de las inmediaciones del hospital y una voz lo llamó por su nombre.
—Señor De Lancey, espere, déjenos llevarlo.
Era una voz femenina. Cuando el carruaje se detuvo justo delante de él, reconoció a Julia Dawson y a su madrastra, que iban en la cómoda parte trasera.
Al igual que Eliza Bent, la hija mayor de Timothy Dawson poseía más que un torvo atractivo, y él, en búsqueda de un pasatiempo, tal vez le había prestado demasiada atención cuando llegó a Sídney.
Con reticencia, aunque haciendo un esfuerzo por enmascararla, George se llevó el sombrero en la mano y fue hacia el carruaje.
Era consciente de que se había comportado como un tonto y un desconsiderado, pues nunca había tenido pretensiones de que la muchacha lo tomara en serio.
Julia Dawson era muy joven, poco más que una colegiala; no obstante, dada la escasez de jóvenes casaderas en la sociedad de Sídney, era invitada a la mayoría de las reuniones sociales.
La chica podía haber escogido entre los jóvenes subalternos del coronel Molle, que rivalizaban exaltados por captar su atención, pero ella no les hacía caso.
Para consternación de George, Julia derramaba sus favores sobre él.
En un baile organizado por el Cuadragésimo Sexto para celebrar el cumpleaños de su coronel, él le había pedido un baile.
Julia tachó entonces todos los demás nombres de su carné para convertirse en su única pareja durante el resto de la velada.
El joven que la acompañaba, un subalterno llamado Bullivant, enfureció al verse desairado.
De hecho, la encantadora Abigail Dawson, madrastra de la moza, estaba tan perpleja por ese comportamiento como el propio George.
Lo último que quería era un enredo serio, reflexionó George con pesar, pero Julia se estaba fijando en él, así que la pareja tenía a los cotillas de Sídney a la espera de que se desenvolviera un romance.
—Señora Dawson, señorita Julia, buenos días.
Fue, a propósito, un saludo formal. Se inclinó sobre la mano de Abigail Dawson, según las normas de urbanidad, pero hizo una distante reverencia hacia su sonriente y ansiosa compañera. Sin inmutarse, Julia palmeó el asiento a su lado y repitió la invitación.
—Vamos a almorzar a casa —añadió después de dirigir una rápida mirada interrogativa a su madrastra—. Si no tiene ningún otro compromiso, señor De Lancey, ¿le gustaría acompañarnos?
Abigail no revalidó la sugerencia. Un leve ceño fruncido en dirección a su hijastra fue su señal de reproche. George se apresuró a decir:
—Gracias, pero tengo un compromiso para almorzar, señorita Dawson, y voy para allá.
Se apartó, esperando que el carruaje siguiera su camino, pero Julia Dawson insistió.
—Tal vez —dijo ella con voz melosa— eso esté en nuestro camino y podamos, al menos, ahorrarle la caminata. ¿Dónde almorzará, señor De Lancey?
Desconcertado por la pregunta, George fue incapaz de disimular.
—En la residencia del juez general, señorita Dawson. Pero le aseguro que caminar no me resulta arduo.
—¿Con este calor? —contraatacó Julia—. ¡Oh, vamos, señor, no es ningún placer! Y la residencia del juez está en nuestro camino, ¿no es así, Abigail?
—Sí —concedió la madrastra—, por supuesto que sí. Allí podemos dejarlo, señor De Lancey. No será ninguna molestia.
Dado que negarse habría sido una incorrección, George dio las gracias, subió al carruaje y de inmediato, hizo todo lo posible por entablar una conversación cortés.
El cochero azuzó a los caballos y el vehículo echó a andar a paso lento por la polvorienta calle.
Al bordear la parte trasera del jardín de la Casa de Gobierno, se encontraron con que el camino estaba lleno de gente que se dirigía en tropel hacia la cala.
El cochero se vio obligado a aminorar la marcha.
—Lo siento, señora —le dijo a Abigail—, pero hay tanta gente por todo el camino que no puedo ir más rápido.
—¿Qué está pasando? —quiso saber ella—. Pregúntale a alguien, Thomas. Pregunta por qué corren.
El cochero obedeció y varios transeúntes le dieron respuestas al unísono, algo ininteligible para los pasajeros. Un tanto confundido, Thomas explicó:
—Por lo que he podido entender, señora, un barco se ha hundido en el amarradero de la cala. Creo que es el Elizabeth , señora.
—¿El Elizabeth ? Pero si fue botado hace solo dos días. —El rostro afligido de Abigail reflejaba angustia.— ¡Yo estuve allí cuando la señora Macquarie celebró la botadura ceremonial! Qué terrible… Espero que esta gente esté equivocada.
Cuando el carruaje llegó al final del camino y tuvieron la ensenada a la vista, George sintió una punzada: sus informadores no se habían equivocado.
El nuevo balandro del gobierno yacía de costado, casi sumergido.
A su alrededor, media docena de botes de remos iban de un lado a otro en una búsqueda frenética de supervivientes.
Era claro que el barco del rey Emu , de nuevo en el fondeadero después de que hubiera sido reparado, había actuado con una rapidez encomiable.
De eso se dio cuenta George en cuanto bajó del carruaje y vio dos de los botes del Emu sacar hombres del agua.
Reconoció, o creyó reconocer, en la popa de una lancha, la alta figura en uniforme de James Forster, el comandante.
—Dios mío —exclamó con voz ronca—, ¿qué ha pasado?
Un hombre de la multitud, marinero por su atuendo, le respondió.
—Zozobró, señor, sin ninguna razón que yo hubiera podido ver, a menos que el palo mayor no estuviera bien aparejado.
El nuevo capitán subió a bordo con su esposa, y estaban izando velas para llevar el barco a sus pruebas de mar, cuando…
¡rodó! Lo he visto todo desde aquí. El barco del rey no perdió tiempo, pero me temo que se perderán unos cuantos.
Se hundió, como ve, señor. Todo ocurrió tan de repente que, quien haya estado bajo cubierta, no habría tenido aviso.
George regresó al carruaje con la trágica noticia y Abigail comentó con tristeza:
—¡Tantos años para construirlo y acabar así!
La pobre señora Macquarie estará muy disgustada, pues el barco lleva su nombre.
Ya sabe: Elizabeth Henrietta. Hubo algunas dudas sobre a quién darle el mando: Justin Broome lo deseaba con fervor, pero el capitán Jeffrey desautorizó al gobernador y eligió al teniente Meredith.
Bueno… —Se encogió de hombros, abatida.— Me imagino que Justin tendrá motivos para sentirse aliviado de que el barco no se hubiera hundido con él al mando.
—Miró a Julia, que hacía ostentación de sus lloriqueos, y le pidió con cierta brusquedad que enjugara sus lágrimas.
— Iré a ver a la señora Macquarie para darle el pésame.
Usted puede ir a casa del señor Bent desde aquí, ¿verdad, señor De Lancey?
Está a un tiro de piedra y, con esta multitud, tal vez sea más rápido que ir a pie.
—Sí, por supuesto, señora Dawson. —George le dio las gracias y se marchó sin que la sollozante Julia intentara retenerlo.
Encontró a Jeffery Bent en la habitación que había sido construida para albergar el tribunal supremo y que este había tomado como despacho y anexo de recepción.
El juez también había estado observando el intento de rescate en la cala y expresó sus inquietudes con cierta extensión, entremezcladas con críticas a los constructores del Elizabeth.