Capítulo 10
Muy sorprendido, George De Lancey leyó la invitación que había recibido para almorzar en la residencia oficial del juez general, aún ocupada por Jeffrey Hart Bent y su cuñada viuda.
La invitación iba acompañada de una nota, redactada con todo detalle, en la que le pedía que se adelantara una hora a la llegada prevista de los demás invitados.
El juez destituido le dejaba claro que ansiaba consultarlo sobre un asunto jurídico muy confidencial, en su calidad de miembro del Lincoln’s Inn. Solo por ese motivo, tras pensárselo mucho, George decidió aceptar la invitación.
El trato inicial y su primer encuentro con su colega Jeffrey Bent habían sido, por decir lo menos, poco provechosos.
Bent se había mostrado arrogante y descortés, conducta un tanto defendible dado lo precario de su propia posición.
El juez se sentía amenazado por la llegada de un hombre tan cualificado como George para administrar el tribunal supremo de la colonia.
Pero la Oficina Colonial ordenaría la destitución de Bent solo unas semanas más tarde.
Lord Bathurst había informado al gobierno de que se habían hecho dos nuevos nombramientos judiciales: el señor John Wylde, hermano del lord canciller y abogado de amplia experiencia, sucedería al difunto hermano de Jeffrey Bent como juez adjunto, en tanto que el señor Barron Field sustituiría al propio Bent como juez del tribunal supremo de la colonia.
Dado que se las había ingeniado para impedir que el tribunal supremo ejerciera sus funciones durante casi dos años, Jeffrey Bent no tenía cómo protestar por su destitución.
De hecho, esta habría ocurrido mucho antes si el gobernador Macquarie hubiera tenido la autoridad para poner fin a su nombramiento o si la Oficina Colonial en Inglaterra hubiera actuado con mayor celeridad.
Macquarie le había ofrecido a George el puesto con carácter temporal, pero este se había negado tanto a ello como a la sugerencia de relevar al actual juez general en funciones, Frederick Garling, del cargo que, al parecer, el hombre no deseaba.
Tal vez… George sonrió burlón al releer la críptica nota que acompañaba su invitación a almorzar.
Tal vez, si Katie no se hubiera casado con Rick Tempest, habría aceptado la segunda oferta del gobernador, como medio de establecerse.
Pero, como la chica a la que amaba era ahora la señora Tempest, aquello no tenía mucho sentido.
Y, de haberlo hecho, se habría granjeado la enemistad de Jeffrey Bent.
Era reacio a implicarse en las amargas disputas legales de la colonia, siempre que pudiera evitarlo.
El largo forcejeo de Bent con el gobernador, en el que tanto veneno había corrido, lo tenía muy conmocionado.
George dobló la nota y se la guardó en el bolsillo.
Era, por supuesto, difícil, si no imposible, permanecer neutral, y sus propias simpatías estaban con el duro gobernador, a quien había aprendido a estimar tanto como respetar.
Quizás Lachlan Macquarie no era el hombre con más tacto, pero era un gobernante honorable y de altos principios, un dirigente infatigable en su ambición por mejorar la suerte de aquellos sobre los que gobernaba.
En cambio, el joven juez Bent carecía por completo de principios: era un granuja malévolo e intrigante, dispuesto a no detenerse ante nada en sus esfuerzos por socavar la autoridad del gobernador y aumentar la suya propia.
George se levantó y empezó a pasear por la habitación.
Se había alojado en la calle Macquarie y utilizaba la planta baja de la casa como despacho profesional.
Las tres pequeñas habitaciones de arriba le servían de vivienda.
Su bufete estaba empezando a crecer; lo suficiente, al menos, para justificar la compra de un coche y un par de caballos y a emplear como secretario a Rodney Akeroyd, un joven con permiso para trabajar.
Quizás resultaba un poco irónico que Jeffrey Bent, una vez comprobado que George no era un rival, le refiriera clientes y se esforzara, aunque un poco tarde, por conseguir su apoyo para lo que él denominaba «los miembros respetables de nuestra sociedad».
George recordó que, al principio, había respondido a las propuestas de Bent.
El inesperado encuentro con Katie en la Casa de Gobierno le había dejado una profunda conmoción, por lo que acogía con agrado cualquier oportunidad de extraviarse en el trabajo.
Si bien no se oían casos en el tribunal supremo, que estaba cerrado, las cortes de los magistrados estaban ocupadas y no faltaban litigios entre los miembros respetables de la sociedad de la colonia.
Tanto en Parramatta como en Sídney, recibía peticiones de actuar como abogado defensor.
Le tocaba librar batallas verbales contra las sentencias, a menudo duras, que imponían magistrados como el reverendo Samuel Marsden y su colega Hannibal Macarthur.
Algunos oficiales del coronel Molle habían acudido a su despacho en busca de asesoramiento jurídico; y también seguían su estela algunos de los ricos comerciantes y colonos libres.
Le llevaban sus concesiones de tierras y arrendamientos navieros para que los estudiara y se pronunciara sobre ellos, así como deudas por las que pleitear o, más bien, acreedores que aplacar.
Había tenido mucho en lo que ocuparse, pero…
La desilusión llegó. Abrió los ojos al verdadero carácter y propósito de Jeffrey Bent cuando, de forma bastante inesperada, William Moore, el procurador de la Corona, a quien el Gobernador había privado de su cargo, se le acercó con una sugerencia.
Le dijo, de forma casual, que tal vez quisiera añadir su nombre a una petición.
—Se la enviaremos al señor Grey Bennet, diputado, y él la presentará al Parlamento en nuestro nombre —le había explicado Moore—.
Como verá, señor De Lancey, un número considerable de nuestros ciudadanos más destacados la han firmado con su nombre.
Al señor juez Bent se le ha ocurrido que usted podría querer hacer lo mismo.
Ah, no es necesario que se moleste en leerla en su totalidad —añadió, cuando George alargó la mano para coger el documento—.
Es una súplica de justicia. Expone de manera puntillosa numerosos ejemplos de la conducta injusta y opresiva del gobernador en relación con nosotros y con aquellos de nuestra posición social en esta colonia.
Le aseguro que todas las reclamaciones han sido examinadas en su más mínimo detalle.
La mayoría están tienen su respaldo en actas notariales juradas por los damnificados, como es debido.
Había dicho mucho más, recordó George, mientras él mismo, con el pretexto de escuchar, se enteraba de todo lo que podía alcanzar a leer de la petición.
Se trataba de un catálogo reivindicativo al que habían contribuido los descontentos, y estaba redactado con tal habilidad que tenía un leve matiz, si no de verdad, al menos de verosimilitud.
Incluso a su examen superficial del documento se había revelado una extraordinaria variedad de quejas y acusaciones; algunas mezquinas y sin pruebas, pero otras, como había dicho Moore, respaldadas por declaraciones juradas.
Todas estaban calculadas para demostrar que Macquarie gobernaba la colonia de forma autocrática, alzándose por encima de la ley y pisoteando a quienes se atrevían a cuestionar su autoridad.
Se afirmaba que había ordenado la flagelación de «personas libres, sin que mediara un juicio formal», que había interferido en los procedimientos judiciales y anulado sentencias.
El consejo de guerra del reverendo Benjamin Vale también era tratado con considerable extensión.
Sin embargo, la acusación más condenatoria de todas estaba contenida en unas pocas líneas.
Sin nada que corroborara su veracidad, se sugería que, en la investigación de la muerte de un niño, las instrucciones del gobernador al forense habían sido dadas con la intención de proteger de una acusación grave a su esposa, cuyo carruaje había atropellado al pequeño.
Esta última acusación era de una falsedad tan flagrante que, según recordaba George, había terminado por arrojar, con fría cólera, el infame documento sobre el escritorio.
Oído el relato del accidente de boca de la propia Elizabeth Macquarie en el primer encuentro que tuvo con ella, había sido testigo de la angustia de la mujer.
Y, a petición de ella misma, había asistido a la investigación en representación del cochero, Joseph Big.
El veredicto de muerte accidental había sido emitido con absoluta corrección y confirmado por testigos oculares de confianza. Ninguno había culpado a Big.
Al negarse a firmar el escrito, se topó con la indignación de William Moore. El que fuera abogado de la Corona se enfadó aún más, recordaba George, después de que él condenara el libelo como una burda distorsión de la verdad y aconsejara que, en consecuencia, no se enviara a Inglaterra.
Y Jeffrey Bent compartía el enfado de Moore.
Durante un tiempo, el ofendido joven juez había dejado de tener tratos con él.
El flujo de clientes «respetables» se había agotado y las invitaciones a cenar con los oficiales del regimiento del coronel Molle dejaron de llegar.
George tenía una razonable certeza de que la petición había sido enviada a Londres sin tener en cuenta su consejo.
Por su parte, el gobernador, consciente del asunto, no hizo ningún intento por impedirlo.
Se contentó con enviar un extenso informe a lord Bathurst, en la ingenua suposición de que eso era todo lo que se necesitaba para rebatirlo.