Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

—Llegan a tiempo —respondió Justin—. Pero me temo que los bandidos los han oído.

Están huyendo, como si el mismo diablo los persiguiera.

Sin embargo, han abandonado a sus heridos, así que solo nos quedarán tres por acorralar.

Eso no debería ser nada difícil para los casacas rojas de Molle, ¿verdad?

—Apoyó su mosquete humeante contra la ventana desde la que había estado disparando y cruzó hasta donde estaba Rick.

Muy preocupado, le preguntó—: ¿Cómo estás, Rick, viejo? ¿Te duele mucho?

—No, no me duele nada, mira… —Rick lo miró sin pestañear, lleno de un miedo indecible—. No sé dónde me dieron. En la espalda, creo, pero yo… ¡Justin, no siento las malditas piernas y no puedo ponerme de pie!

Justin se arrodilló a su lado. Tenía herida la frente y por su mejilla izquierda corría un hilillo de sangre, pero no estaba haciendo nada por sus propias lesiones.

En lugar de eso, pasó el brazo por debajo de los hombros de Rick, levantó a su amigo con gentileza hasta dejarlo sentado y sacó la cola de la camisa de sus calzones.

Luego lo acercó a la tenue luz de la ventana.

—No puedo ver mucho aquí —se disculpó—, y no creo que haya velas, pero te han dado bien por la espalda. Esos cerdos estaban usando perdigones, ¡malditos sean! El señor Evans ha llegado. Te dejaré aquí un minuto o dos mientras hablo con él.

Rick, abatido, pensó que no tenía elección. Se palpó con ansia la rodilla derecha; luego la pantorrilla, e incluso se clavó las uñas hondo. No sintió nada. Y lo mismo ocurrió cuando se palpó la otra pierna: no notaba presión ni punzadas de dolor.

Dios del cielo, pensó, presa de un pánico repentino.

¿Y si se hubiera quedado paralítico? ¿Y si no pudiera volver a caminar?

¿Y si no pudiera volver a hacer el amor con Katie?

Sus dedos, en el camino al muslo, se encontraron con el bolsillo de los calzones y el duro bulto de la pepita.

Desesperado y con toda la fuerza que pudo reunir, presionó las piedras redondeadas contra los músculos.

No sintió nada. Se echó hacia atrás, húmedo de sudor, y se puso a rezar en silencio.

—¡Esto no…, no, por favor, Dios, esto no! Ten piedad de mí, te lo suplico, padre celestial…

En la entrada, George Evans y Justin hablaban en voz baja. Rick dejó de rezar y se esforzó por escucharlos. Solo podía captar unas cuantas palabras del intercambio.

—… asegurado que los tres que has herido… No habrán ido muy lejos. El chico aborigen puede… —Evans estaba hablando. Rick perdió las siguientes palabras, pero luego lo oyó preguntar—: ¿Malherido, eso crees?

La respuesta de Justin fue apenas audible.

—Me temo que sí… una carga de perdigones en la columna vertebral… llevarlo a Bathurst… al amanecer. Uno de tus caballos si… Creo que los militares tienen un carretón.

La respuesta de Evans sonó en un tono más alto.

—El camino es muy duro, Justin, y llevará días. ¿Está en condiciones de soportarlo?

Rick contuvo la respiración a la espera del veredicto de Justin. El alivio lo inundó cuando oyó decir a su amigo y compañero:

—Es fuerte y resistente, George. Pero tenemos que llevarlo a un médico lo antes posible. En cuanto le quiten esos malditos perdigones, se acabarán sus problemas; eso creo. Tal vez un par de días de retraso para que descanse… Cuando estemos en Bathurst, podremos ver cómo se encuentra.

—¿Habrá que informar a su gente? —preguntó George Evans—. Volveré a Sídney de inmediato para dar mi informe al gobernador. Tal vez…

Justin lo cortó en seco antes de que el propio Rick pudiera intervenir.

—No —dijo con rotundidad—. Está recién casado. Lo mejor será esperar a ver cómo aguanta el viaje. Díselo a Su Excelencia, por supuesto, pero no a la familia ni a su esposa. Cuando llegue el momento, enviaré a alguien por delante para que se lo diga.

Rick se reclinó, satisfecho. Katie no sufriría de ansiedad, pensó.

Una vez que los médicos se pusieran a trabajar en él, se pondría bien.

Sus dedos se cerraron sobre el oro en el bolsillo.

Justin no le había dicho nada a George Evans de la búsqueda y el topógrafo estaba por marcharse a Sídney.

Con toda probabilidad, se iría de inmediato.

El secreto estaba a salvo. Tan pronto como se hubiera recuperado, podría idear un medio de vender el oro fuera de la colonia. El viejo Silas Crabbe volvería a casa con el Emu . Era un hombre de toda su confianza…

Oyó decir a Evans:

—Me pregunto qué indujo a esos granujas a atacarte. ¿El hambre, supones?

—Creo que ha sido eso —convino Justin—. Habíamos matado a un canguro y lo estábamos cocinando. No hay mucha comida por aquí para los fugitivos, ¿verdad?

Rick cerró los ojos. Esa vez, su oración fue de agradecimiento.

Poco después, tras haberlo acomodado sobre un montón de mantas, Justin le llevó té y unas lonchas de carne recién asada. Para su propia sorpresa, Rick notó que su apetito era tan vivo como siempre. Comió cada bocado con fruición.

Poco después del amanecer, atado a uno de los caballos de carga de George Evans y con Justin por delante, iba de camino a Bathurst. Y Evans ya se había marchado.