Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Estos hombres no tienen caballos —afirmó Justin—, y Winyara ha dicho que se mueven en silencio, como si no quisieran ser oídos.

—Se dirigió al aborigen en su propia lengua y Winyara asintió en confirmación de lo que acababa de escuchar.

— También ha visto al grupo de Evans, Rick.

Ellos no habrían tenido tiempo de acercarse a nosotros y, además, habrían estado hablando hasta por los codos.

No tendrían ninguna razón para moverse con sigilo. ¿Tu arma está en la casa?

Contagiado por la urgencia, Rick se levantó de un salto.

—Sí —dijo—, iré a buscarla. Pero ¿de verdad crees que significan problemas?

—En estos días, estamos en territorio de fugitivos —respondió Justin con crudeza—.

Y, si tu hallazgo de oro le ha soltado la lengua a alguien, digamos que al tipo que hizo la prueba, entonces sí, estamos en problemas.

También podrían estar buscando comida. El olor de este canguro podría haberlos tentado.

—Cogió el animal empalado y sonrió.— Si es así, no lo van a conseguir.

Vamos a la casa, Rick, a esperar y ver, ¿de acuerdo?

Encabezó la marcha. En una mano llevaba la carne y, en la otra, su mosquete cargado.

Una palabra susurrada a Winyara hizo que el muchacho nativo se deslizara en la oscuridad.

Sin haber apagado el fuego, Rick lo siguió hasta la pequeña cabaña sin techo.

Ahí encontró su mosquete, lo cargó y lo cebó.

Luego se unió a Justin en las ventanas traseras no acristaladas.

Esperaron en tensión, mirando hacia la negrura, solo que ningún sonido perturbó la quietud.

La luna empezó a alzarse y a proyectar su luz tenue y plateada sobre el corral y los edificios de la granja a la derecha, así como sobre el terreno ondulado y arbolado que se extendía frente a ellos.

Ninguno de los dos pudo detectar el menor movimiento.

Justin se acercó dos veces a la puerta de la parte delantera de la cabaña para escuchar. A las preguntas de Rick, negó con la cabeza.

—Nada. El fuego sigue encendido. Si hay hombres ahí fuera buscando problemas, vendrán por aquí —señaló la ventana trasera—, donde contarían con cobertura, justo hasta los edificios.

—«Si hay alguien allí» —replicó Rick muy nervioso. Estaba mojado y cansado. Sentía el frío de la noche y un hambre que la carne de canguro enfriándose en el suelo hacía más aguda—. Por el amor de Dios, Justin, ¿cómo puedes estar seguro?

—Winyara no comete errores —dijo Justin con convicción—. Ha dicho que los hombres llegaron hace dos días de Kurrara, que es como los aborígenes llaman a Bathurst, y que han estado escondidos al oeste de aquí, en el o meo, es decir, en la montaña. Cree que nos han estado vigilando.

—Pero él no puede saberlo, Justin. Él…

—Te sorprendería lo mucho que averigua esta gente con solo examinar huellas que nosotros apenas distinguimos.

En cualquier caso —añadió con firmeza—, esta zona está prohibida a todo el mundo excepto a los colonos autorizados y a sus sirvientes, Rick.

Ah, y, por supuesto, a las expediciones de exploración autorizadas, como la de George Evans.

Nadie que tuviera derecho a estar aquí se estaría escondiendo en las colinas durante dos días. Tienen que ser fugitivos.

—Bueno —argumentó Rick—, fugitivos o no, ahora no les veo ni el rabo. ¡Habrán vuelto a su maldito o meo ! Y tengo hambre. ¿Por qué no terminamos de cocinar ese canguro antes de que se nos apague el fuego? Si intentaran acercarse en silencio, los oiríamos, y los dos estamos armados.

—Ellos también —le recordó Justin—. Y son media docena. Dales otra media hora. Puede que estén esperando hasta que nos hayamos dormido, así que guardemos silencio, ¿de acuerdo?

Rick esperó, cada vez más frustrado. El frío le calaba los huesos y sentía insoportables punzadas de hambre.

Su euforia anterior por el hallazgo de las pepitas se había desvanecido y, a medida que el silencio se hacía inacabable, su impaciencia iba en aumento.

¿Cómo persuadir a Justin para que abandonara el lugar antes de que llegaran George Evans y su grupo?

Su compañero ya sabía que estaban cerca.

Era casi seguro que quisiera quedarse para enterarse de los nuevos descubrimientos de Evans, y por ningún motivo dejaría de hablar de su propia búsqueda y su objetivo.

Por más que insistiera en que las investigaciones habían sido infructuosas, la curiosidad de George Evans se despertaría sin duda… , y Evans era un tipo perseverante.

Rick se apartó de la ventana y flexionó sus miembros acalambrados.

—Les hemos dado media hora a tus cerdos fugitivos, Justin —dijo—, y no han hecho el menor ruido.

O son producto de la imaginación de Winyara o se han largado.

—Se inclinó para recoger el canguro.— Voy a acabar con esto, maldita sea.

No hemos comido desde esta mañana temprano.

Puedes cubrirme desde la puerta si quieres.

Justin no discutió. Lo siguió hasta la puerta en silencio.

Rick se echó el mosquete al hombro y, con el canguro agarrado con desmaña bajo el otro brazo, caminó con paso rígido hacia el fuego.

La hoguera había quedado reducida a cenizas incandescentes, pero el fuego aún estaba vivo.

Empezó a apilar ramas frescas sobre las brasas cuando, de repente, una figura oscura salió de detrás de uno de los edificios cercanos.

Rick solo tuvo tiempo de ver el mosquete nivelado en las manos del hombre y arrojarse al suelo antes de que le dispararan a quemarropa, y una lluvia de perdigones silbara sobre su cabeza.

Aquello sonó como un enjambre de furiosas abejas.

Ni siquiera se dio cuenta de que lo habían alcanzado.

No sintió dolor, pero, cuando intentó ponerse en pie, para su atónita consternación, notó que no podía.

Le sucedió otra ráfaga de disparos procedentes de varias direcciones.

Oyó un aullido de agonía, muy cerca, y vio a un hombre caer a pocas yardas de él, agarrándose el vientre.

Justin apareció a su lado, agarró su mosquete y lo disparó.

Casi en el mismo movimiento, lo arrojó al suelo y levantó a Rick para ponerlo en pie.

—¡No… puedo… caminar! —jadeó Rick—. Mi… —Se estaba atragantando, con la boca llena de sangre.

Justin se echó a su amigo a los hombros y corrió hacia la casa. Rick no supo ni cómo alcanzaron a llegar. Unos pies calzados con botas los siguieron con pasos retumbantes, y se produjeron varios disparos más. Por lo visto, las balas no llegaron a alcanzar a ninguno de los dos.

La puerta se cerró de golpe y, sin contemplaciones, Justin dejó caer a su amigo en el suelo de madera.

Rick lo oyó maldecir mientras trataba de recargar su mosquete.

Fuera se oían voces. Hubo un intento de derribar la puerta, pero los sólidos maderos resistieron.

Entonces, una lluvia de perdigones salpicó la pared del fondo.

Justin respondió con un disparo a través de la abertura de la ventana, tras el cual se oyó un nuevo grito agudo desde el exterior.

—Dos de ellos ya no nos molestarán —exclamó Justin sin aliento. La voz, aunque bastante clara, parecía provenir de muy lejos.

Rick trató de incorporarse, pero sus piernas seguían insensibles y no respondían a las órdenes de su cerebro.

Por fin, derrotado, consiguió arrastrarse por la habitación con las manos, pues la parte inferior de su cuerpo era un peso inmenso e insensible que desafiaba todos sus esfuerzos por levantarlo.

Escupió sangre. Echando mano de sus últimas fuerzas, se agarró del alféizar de la ventana trasera para levantarse.

La brillante luz de la luna iluminaba el patio del redil.

Acongojado, supuso que ahí debían de haber estado escondidos los bushrangers, a la espera, como había sugerido Justin, de sorprenderlos dormidos.

Ahí tendría que haber estado, al menos, uno de los canallas: el que le había disparado la primera ráfaga de perdigones.

¡Qué tonto había sido al insistir en salir de la casa!

Oyó a Justin disparar de nuevo y se volvió, con infinita dificultad, para mirarlo.

Estaba recargando. A la luz de la ventana, solo se le veían las manos y el cañón del mosquete.

Luego Rick lo vio retroceder de un salto y lo oyó vocear una exclamación estrangulada, al tiempo en que otra lluvia de perdigones destrozaba el alféizar.

Y entonces oyó gritos desde el río y se volvió.

El corazón le latía con fuerza mientras trataba de identificar a los recién llegados.

Quienesquiera que fueran, corrían… ¡Dios, más malditos convictos en fuga, o bushrangers, o como quiera que se llamaran esos cerdos! Seguro que no podían ser, seguro que…

Rick se asomó todo lo que pudo y forzó la vista hacia la oscura distancia.

Entonces, a la luz de la luna, surgió una figura pequeña y solitaria. Corría agazapada. Reconoció a Winyara y soltó un estremecedor grito de alivio. Detrás del chico iban dos hombres tirando de sendos caballos. Un tercero iba montado. Rick dejó que su cuerpo inmanejable se deslizara hacia el suelo.

—Justin —gritó con voz ronca—, ¡es Evans…! ¡Evans y su gente, y Winyara!