Capítulo 9 #2
—Muy bien. Iré a la casa a por un mosquete y veré si puedo traer un canguro para la olla antes de que oscurezca. Te dejo el pico para que caves. Y perdóname por decir esto, pero creo que cometes un grave error al dejar a una esposa tan hermosa como Katie demasiado tiempo sola.
Rick abandonó todo pensamiento de disculpa. No era frecuente que perdiera los estribos por completo, pero acababa de perderlos. Justin acababa de echar más leña al fuego de su cólera al darle la espalda y marcharse ladera arriba, indiferente, en apariencia, a sus gritos de protesta.
Ya solo, con la furia aún latente, agarró el pico y caminó por la orilla. Iba dando traspiés en la grasienta arcilla amarilla. Dejó caer el pico en el agua y maldijo en voz alta.
¿Qué demonios le importaba a Justin si dejaba a Katie sola en Sídney?
Por el amor de Dios, era su esposa y ella lo quería.
Fue a recuperar el pico a la profunda charca, trastabillando, mientras sus pensamientos volvían a las primeras semanas de su matrimonio con Katie O’Malley.
En Portland Place, la extensa granja que fuera propiedad de Jasper Spence, habían ocupado un dormitorio amueblado con suntuosidad.
La primera esposa de Tim Dawson lo había planeado y decorado con el exquisito gusto que le había dado fama.
Katie había estado encantada. Enaltecía las cortinas de terciopelo y el cubrecama de muselina con volantes que le recordaban, según había dicho, el confortable dormitorio de sus padres en Boston.
Y… Rick se quedó sin aliento al evocar cómo se le había entregado; tímida al principio, incluso con el dolor de la virginidad; luego, con una pasión que era una ferviente respuesta a la suya.
Recordó su hermoso cuerpo desnudo, flexible en sus brazos, y su suave boca que se regocijaba en darle beso tras beso.
Recapituló también la primera vez que la había abrazado así, sin pasión, con el único propósito de darle el calor que la devolvería a la vida. Su ira se desvaneció de inmediato.
Era el hombre vivo más afortunado, se dijo a sí mismo.
Y eso se lo recordaba una y otra una vez desde que Katie consistió en casarse con él.
Por ella quería encontrar oro en estas tierras baldías y solitarias, no por sí mismo.
Y ella lo entendería. Lo amaba lo suficiente como para aceptar que se quedara allí, buscando los medios para darle una casa como la de Portland Place, con un dormitorio como el de Henrietta Dawson.
Y lo que Justin pensara al respecto poco importaba.
Justin, por el amor de Dios, cuando estaba en la mar, ¡abandonaba a su mujer por semanas o meses!
En un gesto de obstinación, Rick apretó la boca.
Recuperado el pico, empezó a dar tajos en la orilla.
Iba arrastrándose más arriba, hasta el nivel que el agua solía alcanzar cuando las lluvias eran copiosas y regulares.
Picó hasta que le dolieron los brazos y, con las manos desnudas, raspó la arcilla que sofocaba las rocas.
Trabajando con tenacidad, llegó a perder la noción del tiempo.
Entonces, cuando el sol ya se estaba ocultando, su búsqueda terminó de una forma tan repentina e inesperada que apenas podía creer lo que veían sus ojos.
Sobre un lecho de arcilla había una pepita desgastada por el agua.
Brillaba apenas bajo los últimos rayos del sol poniente.
Era mayor que la palma de su mano. Tras sacarla con cuidado de su escondite, Rick solo podía adivinar su peso y valor.
Debajo se revelaron dos piezas más pequeñas.
Cuando sacó las tres y las puso sobre una roca plana en la orilla, sus manos temblaban sin control.
Había acertado, se dijo exultante, la tierra era aurífera y debía de contener más oro, mucho más.
Envolvió las pepitas en su pañuelo y se las guardó en el bolsillo de los calzones manchados y empapados.
Su primer impulso fue buscar a Justin y comunicarle la trascendental noticia, pero, entonces, mientras caminaba hacia los edificios de la granja, cambió de idea.
Justin, por el amor de Dios, ¿no había dejado bien clara su opinión?
¿No había insistido en que el gobernador debía ser informado?
¿No había dejado claro que Macquarie haría uso de su autoridad para asegurarse de que las tierras siguieran siendo agrícolas?
Darle la noticia a Justin equivaldría a… ¡Maldita sea, a informar del hallazgo a Macquarie y perder así todos los derechos sobre lo que debía de ser una fortuna!
Se detuvo sin aliento en la cima de la colina.
Desde allí tenía una vista despejada, no solo de los edificios de la granja, sino también del río y la amplia extensión de las praderas llanas por las que fluía el agua.
Aunque anochecía, alcanzaba a distinguir las figuras de Justin y el chico nativo, Winyara.
Estaban acuclillados junto a una hoguera recién encendida, cuyo humo se elevaba manso hacia el cielo.
Era evidente que la caza había sido un éxito: Justin estaba desollando un pequeño canguro.
Rick estaba a punto de ir a reunirse con ellos cuando, a lo lejos, más allá de la orilla opuesta del río, divisó a un grupo de hombres que se abrían paso hacia Pengallon a través de un bosquecillo.
Contó a ocho personas, con cuatro caballos de carga.
Recordó que George Evans, el topógrafo adjunto del gobierno, había salido tres semanas antes a planificar una ruta para su superior, Joseph Oxley, quien iría a hacer una exploración más amplia.
Era claro que el grupo de Evans iba de regreso.
Por lo que él podía juzgar, estaban a seis o siete millas de distancia, pero, con la luz del día desapareciendo, era probable que se detuvieran a acampar antes de avanzar mucho más.
Se movían a un ritmo pausado, por lo visto, y estaban demasiado lejos para haber descubierto el humo de la fogata de Justin.
Rick respiró aliviado. Una cosa era guardar silencio sobre su hallazgo solo ante Justin, y otra, infinitamente más difícil, hacerlo ante el inquisitivo Evans si empezaba a hacer preguntas.
Justin y él eran amigos. Habían participado en expediciones de exploración y en la construcción de la carretera del vado de Emu a Bathurst, hacía dos años.
Justin, como el tipo honesto y transparente que era, no dudaría en revelar el motivo de su presencia allí, en caso de que el topógrafo se lo preguntara.
Y a George Evans, poseyera o no la cualificación académica, le gustaba hacer sus pinitos en geología.
Con que Justin le insinuara la posible presencia de oro, no habría quien lo retuviera.
El secreto saldría a la luz y el gobernador se enteraría, porque Evans, como Justin, era un hombre del gobernador.
Por un momento, Rick apagó sus remordimientos de conciencia y decidió que debía mantener a los dos amigos separados.
Podría conseguirlo, quizás, si convenciera a Justin de partir hacia Sídney antes de que Evans y sus hombres cruzaran el río.
Esperó a ver si el grupo de topógrafos abandonaba el abrigo de los árboles.
Al fin, convencido de que no lo habían hecho, descendió a gran velocidad de su posición ventajosa, con la última luz que quedaba.
Le llegó el apetitoso olor de la carne que se estaba cocinando. Justin, por lo visto, no se había quedado con ningún rencor. Levantó la vista del asador que estaba girando y dijo sonriente:
—Hemos cazado un buen canguro joven. Siéntate, Rick, pronto estará listo. Winyara ha ido a buscar agua para el té. Supongo que no tuviste suerte.
Rick negó con la cabeza. Su conciencia volvió a aguijonearlo y lo hizo dudar antes de soltar la mentira.
¿Qué tendría la perspectiva de volverse rico que podía convertir a un hombre honrado en un embustero?
, se preguntó. No podía encontrar ninguna respuesta.
Se desplomó junto al fuego y el peso de las pepitas en el bolsillo de los calzones endureció su resolución.
Mientras, Justin lo observaba con deseos de consolarlo.
—Bueno, ¿y qué, mi querido amigo? En realidad, nada ha cambiado.
Traerás aquí a Katie y criarás ovejas, tal como habías planeado en un principio; y no tardarás en tener vecinos.
John Campbell me ha dicho que ya han sido elegidos los cinco primeros que van a recibir subvenciones, y todos son buenos jóvenes, nacidos aquí.
Uno, Willie Lee, tiene intención de criar ganado de raza shorthorn, y el capitán Lawson, por supuesto, ya está trabajando en líneas similares.
También se habla de cultivar trigo aquí, y cuando Oxley termine su inspección del río Macquarie, entonces…
—Se interrumpió de pronto y, con un rápido cambio de tono, preguntó—: ¿Qué ha sido eso? ¿Has oído algo?
—No —Rick empezó a responder con cierta inseguridad—, no lo creo. Yo…
La silueta ágil y oscura de Winyara brotó de la oscuridad y llegó hasta ellos volando. En su propio idioma, expresó una sibilante advertencia. Como había sido ininteligible para Rick, preguntó impaciente:
—¿Qué pasa? ¿Qué ha dicho?
—Ha visto hombres, seis o siete, y vienen hacia aquí. Ha dicho que están armados. —Se puso en pie y cogió su mosquete.— Será mejor que te pongas a cubierto hasta que veamos quiénes son, Rick.
—Podría ser el grupo de George Evans —dijo Rick sin pensarlo, y de inmediato maldijo su propio descuido—. Es decir…
—¿Qué quieres decir con el grupo de George Evans? —Justin intervino en seco—. ¿Los has visto?
—Sí, desde lo alto de la colina, hace diez minutos. Estaban a unas seis millas de aquí, en el otro lado del río: ocho hombres y cuatro caballos. Pero ¡por el amor de Dios, Justin!