Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 9
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Capítulo 9

Si bien los efectos de la sequía en las cercanías de las llanuras de Bathurst eran mucho menos graves que en Sídney, al otro lado de la cordillera divisoria de las montañas Azules, el nivel del río Macquarie había quedado reducido en varios pies.

En algunos lugares era poco más que un riachuelo, pero aún había agua profunda en los numerosos arroyos y barrancos.

A Rick le llegaba a las rodillas mientras se abría paso a lo largo de uno de esos arroyos, al que había bautizado como Discovery.

Buscaba a Justin, que se hallaba más arriba, en algún lugar del talud.

Ya llevaban diez días en Pengallon, pero cada jornada hacía que sus esperanzas desfallecieran.

Con herramientas improvisadas, habían intentado idear un método para tamizar la arena del lecho del arroyo, solo que con escaso éxito.

Unas pequeñas partículas, muy pocas, eran su única recompensa por horas de paciente trabajo.

Rick se golpeó el pie contra una piedra y soltó una maldición, irritado.

Había sido doloroso dejar a Katie, su esposa desde hacía seis semanas, sola en la casa alquilada de la cala Farm.

Ella se había disgustado con la decisión, pero él no tuvo remedio.

Suspiró y buscó a Justin bajo el sol con los ojos entrecerrados.

Por necesidad, la fecha de su partida hacia los terrenos había quedado dictada por el reacondicionamiento del Emu .

Hasta que el barco del rey fue entregado a los calafates y carpinteros, había estado casi todo el tiempo en la mar, y Justin con él, ocupado en hacer los recados rutinarios del gobierno.

Su amigo y compañero, recordaba Rick, había sufrido una decepción demoledora cuando, al regreso del Emu del río Hunter, un compungido John Campbell lo había informado de que el mando de la nueva balandra colonial Elizabeth no iba a ser suyo.

Antes de zarpar a Inglaterra, el capitán Jeffrey, en ejercicio de su prerrogativa como oficial naval de mayor rango, había designado al teniente Meredith para el mando.

Por toda explicación, había dicho que Meredith estaba decidido a casarse con la hija de uno de los oficiales del coronel Molle y a permanecer en la colonia.

La razón no era lo bastante buena, pero el gobernador la había aceptado.

Por desgracia, Justin estaba pensando en renunciar y unirse a James Forster, el capitán del Emu , en su aventura sudamericana.

Rick volvió a suspirar. Contaba con encontrar, al menos, suficiente oro en Pengallon para inducir a su amigo a cambiar de idea.

Le habría bastado la pura esperanza de encontrarlo.

La pobre Jessica estaba lejos de querer establecerse en Río de Janeiro, tanto si su marido se convertía en primer teniente de un setenta y cuatro brasileño como si no.

Y Katie los echaría mucho de menos si abandonaban Sídney.

Rick alcanzó a ver a Justin más arriba, cuando ya descendía por la pendiente. Se llevó las manos a la boca y lo saludó.

—¿Cómo te va?

Justin se volvió para mirarlo y bajó el pico que llevaba cargando.

Había estado investigando una veta de lo que parecía ser cuarzo aurífero, un mineral que corría a lo largo de una pared rocosa, en ángulo recto con la orilla del río.

Sin embargo, su expresión le dijo a Rick que también esto, como todos los esfuerzos anteriores, parecía conducir a otra decepción.

Habló de la veta en términos técnicos. Hizo hincapié en las dificultades de seguirla y de cincelar y triturar el cuarzo con herramientas inadecuadas.

—Tengo aquí algunos ejemplares bastante prometedores que he cogido al azar a lo largo de casi un cuarto de milla.

Se trata, sobre todo, de cuarzo, pero creo que el río ofrece nuestra mejor oportunidad.

Quizás la única, Rick. Podríamos tratar de cavar en los bancos de arcilla por encima de la marca del agua.

—Pero crees que no encontremos nada, ¿verdad? —Rick lo desafió cabizbajo.

—No he dicho eso. Ahí fue donde encontraste aquella primera pepita de tamaño considerable, ¿no?

—Justin hizo una pausa para secarse el sudor de la frente.

Luego bajó hasta la orilla del río, un poco por arriba de donde estaba Rick.

Con una mueca, dejó caer el saco que contenía las muestras que había recogido—.

¡Esto pesa una tonelada! Y he destrozado dos cinceles, por no hablar de mi pulgar izquierdo.

Dejémoslo por hoy, ¿vale? Me vendría bien comer algo.

—¿Te rendirás? —preguntó Rick, incapaz de ocultar su consternación. ¿Qué pensaría Katie, se preguntó, después de todas las promesas que le había hecho, de las esperanzas que aquello había despertado?— ¿Tanta prisa tienes por irte a Rio y reclamar el setenta y cuatro de Forster, maldita sea?

Justin enarcó las cejas, sorprendido por ese arrebato.

—No —respondió tranquilo—. Me conoces mejor que eso.

Y, para ser sincero, Rick, no lamento del todo que no hayamos encontrado oro aquí.

Esta es tierra de pastoreo. Recuerdo lo que dijo mi madre cuando la vio por primera vez: «Pensad en los rebaños y manadas que sostendrá esta tierra, en las cosechas que aquí podrán cultivarse».

Nos dijo que aquí estaba nuestro futuro, y tenía razón, ¡aquí está!

Cuando me hablaste por primera vez de tu hallazgo, estuvimos de acuerdo en que causaría los problemas más terribles que la voz corriera antes de tiempo.

No se puede criar ganado ni cultivar en una tierra invadida por miles de fugitivos, bandidos y rufianes, todos en busca de oro.

Esta es una colonia penal, no lo olvides, y el gobernador…

—No lo he olvidado —interrumpió Rick, irritado.

Subió junto a Justin y se tendió de cuerpo entero sobre el suelo rocoso.

Con una mano impaciente espantó las atormentadoras moscas de su cara empapada de sudor—.

Y no olvides, Justin, que tenía toda la intención de informar de mi hallazgo al gobernador Macquarie.

Incluso había concertado una cita con él, pero el accidente de carruaje de su esposa me impidió verlo.

Así que te lo dije a ti. Acordamos esperar hasta que hubiéramos investigado y confirmado que aquí hay oro.

Sigo creyendo que lo hay. —Se sentía enfadado de un modo irracional, pero se controló, consciente de que Justin se lo reprochaba con la mirada.

— Demonios, el hecho de que no hayamos podido confirmarlo no me satisface, haya dicho lo que haya dicho tu madre sobre esta tierra. Tenía mis esperanzas puestas en esto.

—Bueno, supongamos que hubiéramos podido confirmarlo —argumentó Justin— y hubiéramos informado al gobernador: ¿has considerado que su reacción bien podría haber sido la misma que la de mi madre?

Rick se incorporó.

—¡Por el amor de Dios, Justin! ¿Quieres decir que el gobernador insistiría en ceder las tierras a los pastores para la maldita cría de ovejas?

—Sí —respondió Justin en voz baja—. Eso es precisamente lo que quiero decir, por lo que sé de él.

El gobernador Macquarie es un hombre con opiniones muy firmes sobre el futuro de esta colonia.

Quiere que seamos autosuficientes gracias a nuestra agricultura y que los que han llegado como delincuentes convictos se rehabiliten por haber echado raíces en esta tierra. —Sonrió.— El oro no se come, Rick.

—Puedes comprar comida con él —afirmó Rick.

—¡Y reducir toda la colonia a buscadores de oro en un estado de anarquía!

Nadie haría ningún otro trabajo, ¿no lo ves?

Los convictos asignados huirían en hordas, los colonos abandonarían sus granjas y los marineros sus barcos.

¿Y cómo detenerlos, con un regimiento y un solo barco del rey?

—Justin puso una mano tranquilizadora en el brazo de Rick.

— Mientras hemos estado aquí he tenido tiempo de pensar mucho en el asunto.

En honor a la verdad, Rick, no lamento que no hayamos encontrado oro. Es mejor así.

Rick se enfureció.

—¡Vete al infierno, Justin!, ¡qué fino de tu parte hablar así! Te vas de todos modos, ¿no? ¿Vas a navegar con Forster en el Emu ?

Justin sacudió la cabeza.

—También he estado pensando mucho en eso —admitió—, y he decidido renunciar a mi comisión y quedarme. Todavía soy propietario del Flinders; solo está alquilado a Robert Campbell. —Se encogió de hombros.— Y Jessica quiere quedarse.

Rick guardó silencio, tratando de digerir aquello; pero seguía sintiéndose agraviado. Había lógica en el argumento de Justin, sin duda. Aun así, se sentía incapaz de abandonar sus esperanzas.

—Todavía no me doy por vencido —insistió—. Voy a explorar el banco. Y, maldita sea, si encuentro oro, ¡nadie me va a impedir que me lo lleve!

—Macquarie podría —le recordó Justin.

—Entonces mantendré la boca cerrada —espetó Rick.

Se puso en pie y señaló los edificios de la granja.

Estaban casi terminados, igual que la pequeña y compacta casa de troncos.

Solo les faltaban los tejados que los harían resistentes a la intemperie.

Como medida de precaución, a los tres jornaleros convictos los habían enviado a Bathurst con una prima por su buena labor de todo el verano en las construcciones.

Justin había calculado que el dinero les bastaría para emborracharse hasta que los volvieran a llamar.

Pero, incapaz de reprimir la rabia y la decepción, Rick, impaciente, se volvió hacia su compañero.

—Puedes dejarme solo si quieres, Justin. Vete a Sídney y reclama tu infernal Flinders. ¡ Echa tu comisión a la basura si eso quieres!, pero no traigas de vuelta a los hombres todavía, porque no he terminado. Ni por asomo.

Un instante después, se arrepintió de sus palabras. Justin, se reprochó a sí mismo, no había hecho nada para merecer su arranque de ira. Antes de que pudiera disculparse, Justin también se puso en pie. Se echó a la espalda el saco de piedras de cuarzo y, sin acalorarse, dijo: