Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

—Me cuidaron bien en una casa particular de Bruselas, Jessie —le dijo—. Un médico belga me salvó la vida.

—¿Cómo pudiste suponer que Justin…, que mi marido no te acogería? —le reprochó Jessica—. Lo has hecho bien, Murdo. Has luchado como un valiente y has demostrado tu coraje, ¿no es así? Tanto Justin como yo estaremos orgullosos de darte la bienvenida. Nosotros…

—Pero no como tu hermano, Jessie —se apresuró a decir Murdo—. No puedo admitir que soy tu hermano. Nunca me concedieron el indulto, así que mi condena sigue pesando sobre mí. Si mi identidad quedara al descubierto, las autoridades de aquí estarían obligadas a arrestarme.

Ella lo miró herida y sorprendida.

—El gobernador te concedería el indulto… —empezó ella, pero él la interrumpió.

—No, no puedo correr el riesgo. Provocaría un escándalo, que —citó sarcástico al capitán Sanderson— no redundaría en beneficio del regimiento.

Y llegué aquí en el Conway. He visto de primera mano cómo se trata aquí a los delincuentes convictos.

Tengo que ser Michael Dean, Jessie, para ti y para todos los demás.

Puedo ser…, maldita sea, tu primo, si lo deseas.

Pero Murdoch Henry Maclaine está muerto.

Por favor, Jessie, si me quieres, prométeme que no le dirás a nadie quién soy. Ni siquiera a tu marido.

—Justin es de fiar —protestó ella indignada—.

Es hijo de padres emancipados, nunca te delataría.

Él sabe… ¡por Dios, nadie sabe mejor que Justin cómo se trata aquí a los delincuentes y a sus hijos!

Además… —cambió de tono, se levantó y fue a abrazarlo—, queridísimo Murdo, ¡estoy orgullosa de mi hermano!

Eres hijo de un valiente soldado y lo has demostrado en Waterloo…

Déjame, te lo ruego, decirle a Justin que eres mi hermano.

—Pero solo a Justin —insistió él—, a nadie más.

Ella le hizo la promesa esperada, aunque a regañadientes.

Luego, deseosa de llenar los vacíos que la larga separación había dejado a su paso, lo interrogó sobre sus días en la carretera.

Murdo narró todo lo que se atrevió a contarle.

Se cuidó de no dar nombres y se refirió más a los infelices meses en que había estado al servicio del corrompido vendedor ambulante que de los días felices con Nick, cuando la vida se vivía al máximo, gloriándose de los triunfos y las escapadas por los pelos que eran parte integrante de los lances en la carretera.

Los interrumpió un golpe en la puerta. Jessica se puso en pie de un salto.

—Ha de ser Kate Lamerton —explicó—, que trae de vuelta a mi hijo. Esa alma bondadosa lo estuvo cuidando mientras disfrutábamos de las festividades de la boda de Rick Tempest.

—¡Espera! —Ansioso de pronto, Murdo agarró a su hermana del brazo y la volvió hacia él.— Jessie, me han ordenado ir a Bathurst. Tengo que salir de aquí con un pelotón mañana por la mañana, así que tal vez sea mejor que me vaya antes… Bueno, antes de que tengas que mentir sobre mí. Podrías decir…

—Sé lo que tengo que decir, Murdo —le reprochó ella con tono suave—. Y no he olvidado mi promesa. Por favor, quédate donde estás.

Se soltó del agarre de su hermano y se dirigió a la puerta.

Unos instantes después, regresó con un vivaracho niño de unos diez o doce meses en los brazos.

Detrás iba una mujer rolliza y canosa con el oscuro atuendo de una sirvienta.

Pero, sirvienta o no, las dos mujeres mantenían una relación amistosa, según Murdo pudo percibir.

Esperó tenso a que Jessica los presentara.

Después de una vacilación apenas perceptible, Jessie dijo:

—Kate, querida, este es mi primo, el alférez Michael Dean, del regimiento del coronel Molle, que acaba de llegar en el Conway.

Michael, esta es la señora Lamerton, o Kate, para todos nosotros.

Y este es mi hijo Murdoch, llamado así por mi hermano, Murdoch Maclaine.

—Sonrió y le quitó al bebé el gorro de lana.

— Lo llamamos Red porque ha tenido la suerte de heredar el hermoso pelo rojo de su abuela.

Lamento que no la hubieras conocido, Michael, porque era una mujer maravillosa.

Pero conocerás a Justin, mi marido, mientras estés en Bathurst. Tiene una concesión de tierras en el río Macquarie y piensa ir allí cuando su barco, el Emu , abandone la colonia.

Con una gran sonrisa, le puso al niño en los brazos.

Murdo sintió un nudo en la garganta. Se inclinó para besar la cabeza roja y rizada de su tocayo. Por un momento, ni siquiera pudo hablar. Luego, sin pensarlo, soltó:

—Ah…, gracias, Jessie, por no olvidarme. Y…

La versada Kate Lamberton dijo:

—Traeré brandy, señora Broome. Querrá beber a la salud del señor Dean, ¿no es así?

Cuando estuvieron solos, Murdo maldijo en voz baja.

—He sido yo quien lo ha olvidado. ¿Se habrá dado cuenta de mi lapsus ?

—Si se ha dado cuenta —respondió Jessica, convencida—, no dirá nada. Y Red nunca lo sabrá.

Se llevó al niño. Murdo sintió que la tensión se desvanecía cuando Kate Lamerton entró a toda prisa a ofrecerle la bandeja con las copas.