Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

No podía protestar, pensó Murdo; no recibiría ninguna explicación de la forma precisa en que había incurrido en la desaprobación de su oficial al mando ni de qué manera su testimonio había desacreditado al regimiento ante el tribunal de investigación.

Estuvo tentado de pedir explicaciones, pero luego se lo pensó mejor.

Tenía órdenes de partir hacia Bathurst a la mañana siguiente, lo que…

Ahogó un suspiro. Solo le quedaba el resto del día para buscar a su hermana y prepararse para partir.

Su equipaje había sido enviado a tierra desde el Conway y depositado en algún lugar del edificio.

Era de presumir que estaría en la habitación que le habían asignado.

No tardaría mucho en encontrar sus efectos ni su habitación.

Para entonces, el banquete de bodas habría terminado y Jessica estaría de nuevo en la casita pintada de blanco que Silas Crabbe le había mostrado.

Saludó como una estaca y salió de la oficina.

Una hora más tarde, se encontraba frente a la casa de los Broome, todavía indeciso sobre la conveniencia de revelarse.

Jessie, su hermanita Jessie, era de confianza, no lo traicionaría, pero…

Murdo sintió que el miedo le recorría la espalda en forma de gélidas punzadas.

El marido de Jessie, Justin Broome, era un desconocido, un chico de la moneda convertido en oficial del rey.

Quizás tenía ideas muy rígidas en cuanto a su deber.

Qué lástima no haberse puesto en contacto con Jessica cuando estaba sola, pero ya no le quedaba tiempo para elegir. Tenía que ser ahora o nunca.

Cuando estaba cerca de la puerta de la casa, oyó voces y retrocedió.

Se ocultó en un pasadizo entre la casa y la del vecino de al lado.

Notó, entonces, que la suerte estaba con él.

Jessica apareció del brazo de su marido.

Unos metros más atrás, dos jóvenes guardiamarinas seguían trayectorias erráticas. Oyó que Broome, entre risas, decía:

—Llevaré a estos dos personajes achispados de vuelta al barco, mi amor, antes de que los vea el capitán. ¿Estarás bien? Kate te traerá al pequeño Red antes de que anochezca. Te veré por la mañana, antes de zarpar.

Murdo se asomó y vio a Justin inclinarse para besar a su esposa.

Enseguida lo vio dirigirse a la salida, con los dos guardiamarinas a remolque, muertos de risa.

La puerta de la cabaña se abrió y Jessica salió a despedirlos.

Murdo seguía a la espera con el corazón palpitante.

Luego, cuando los marinos estuvieron fuera del alcance de sus oídos, volvió a acercarse a la entrada y subió por el corto sendero del jardín con la cabeza descubierta.

Jessica estaba a punto de cerrar, pero lo esperó atenta, con las cejas alzadas en muda pregunta.

Como él no decía nada, le preguntó sonriendo:

—Acaba de llegar aquí, ¿verdad? ¿Busca indicaciones, señor?

—No. —Murdo negó con la cabeza. Había llegado el momento y tenía la boca tan seca que apenas podía pronunciar las palabras que había planeado decir. Incluso le era difícil recordarlas. En lugar de eso, soltó con voz ronca—: Jessie, ¿no sabes quién soy?

La chica examinó primero el uniforme y luego la cara, perpleja:

—No lo creo. ¿Quién es usted, señor?

—Soy Murdo —se las arregló para decir—. Jessie, soy tu hermano, Murdo. Por favor, ¿puedo entrar? Sé que ha pasado mucho tiempo, pero… Esto no es una broma.

Jessica se hizo a un lado, con la cara blanca, sorprendida hasta la médula, mirándolo sin poder creerlo.

—¿Murdo? ¡No puede ser Murdo! Mi hermano está muerto. Lo… lo ahorcaron. Hace más de tres años lo condenaron en el tribunal de Winchester por robar un carruaje de correo. Usted…

—Fue en el tribunal de Southampton —corrigió Murdo—, en junio de mil ochocientos trece, ante el señor juez Devereux. Por misericordia, Su Señoría decidió conmutar mi sentencia por la de cadena perpetua.

Su tono, tanto como sus palabras, la convencieron; pero, sobre todo, aumentaron su aturdimiento y desconcierto.

Como en un sueño, cruzó el pequeño salón y cogió de la repisa de la chimenea una caja de madera tallada.

De entre un revoltijo de papeles, extrajo un trozo de periódico amarillento y se lo puso en la mano.

Murdo le echó un vistazo y se dio cuenta de que era un reportaje de su juicio:

El juez Devereux dictó sentencia de muerte contra Richard John Farmer, Septimus Todd y Murdoch Henry Maclaine. Se espera que el martes de la próxima semana los tres se encuentren con su destino en la prisión de Winchester.

Él sintió un estremecimiento al pensar en Sep Todd y Dickie Farmer, buenos amigos y compañeros íntimos.

Ahora, por desgracia, los dos enterrados en tumbas sin marcar, tumbas de criminales, pobres diablos.

Y él también estaría así enterrado si el viejo juez Devereux no le hubiera tenido piedad por su juventud.

—¿De dónde has sacado esto? —preguntó mientras su mano inestable arrugaba el trozo de papel.

—Me lo dio Duncan Campbell —respondió Jessica sin rodeos—. Este fue su regalo de despedida antes de partir con el regimiento hacia Calcuta.

—Entonces no ha cambiado —insinuó Murdo—. ¡Maldito!

—No —confirmó Jessica—, no ha cambiado. Pero —añadió, con un repentino destello de ánimo— lo vencí, Murdo. Al final, lo hice temer por su vida. No volvió a ponerme una mano encima.

—¿Y a mamá…?, ¿la trataba mejor?

Ella sacudió la cabeza con pesar.

—Mamá murió en el viaje, Murdo. Nunca volví a verla. Después, Duncan Campbell se casó aquí con una mujer buena y decente. Las pequeñas la adoraron desde el principio. Los cuatro se fueron a la India con el regimiento.

Le contó lo que pudo de su madre y su muerte, de las dos niñas y su nueva madrastra; luego, de su propia huida a bordo del barco del gobernador.

—El mayor Antill me ayudó — remató—. Está aquí, Murdo, como mayor de brigada.

—Lo sé, lo he reconocido en la boda —sonrió—. No ha cambiado.

—¿Has estado allí…? ¿Estabas en la iglesia esta mañana? —exclamó Jessica—. Ay, Murdo, ¿por qué no me has abordado entonces? ¿Por qué no has venido a la recepción? Estoy casada, y Justin, mi marido, Justin Broome, ha sido el padrino. Pero él ha tenido que volver a su barco y…

—Lo sé —le dijo Murdo—. He estado esperando fuera de tu casa hasta que lo he visto marcharse. —Se encogió de hombros.— No sabía qué clase de recibimiento me iba a dar, Jessie. Me ha parecido mejor intentar verte a solas primero.

Jessica guardó silencio. Mientras observaba su hermoso y expresivo rostro, Murdo casi podía seguir los pensamientos que revoloteaban por su mente en rápida sucesión. Desde luego, podía adivinar con qué recelo lo miraba. Las siguientes palabras de su hermana confirmaron sus temores.

—Murdo, te has librado de la pena de muerte, pero, si te condenaron al exilio… —inhaló con brusquedad y señaló su uniforme—, ¿cómo te has convertido en un oficial del regimiento del coronel Molle?

Murdo vaciló. Decidió que no podía decir toda la verdad, ni siquiera a Jessica. No se atrevía a admitir que era un delincuente en fuga, sin derecho al uniforme que llevaba ni al rango que ostentaba. Por el momento debía bastar una verdad a medias. Esperaba con fervor que ella se la creyera.

—Me alisté voluntario en el ejército, Jessie —le dijo—.

Eso fue justo antes de que Napo escapara de Elba, un momento en el que el duque de Wellington necesitaba hombres.

Los sargentos de reclutamiento no me hicieron preguntas, pero he tenido que cambiarme el nombre, por si acaso.

Ahora soy Michael Dean y obtuve mi comisión después de la batalla de Waterloo.

—Para que su hermana no dudara de él, añadió enseguida—: Los hombres de tropa con comisiones tienen que ir a otros regimientos.

Me cambié al Cuadragésimo Sexto para poder venir…

a verte, Jessie. Y esperaba que mamá aún estuviera aquí.

—Entonces estuviste en Waterloo. ¿Luchaste en Waterloo? —Jessica lo miró con ojos brillantes.

Aceptaba el relato sin preguntar nada, así que Murdo suspiró aliviado.

Ella le preguntó por la batalla, algo que, para él, era terreno firme y familiar, pues bien sabía que era capaz de darle a su hermana una narración gráfica verosímil.

Sin la intimidatoria presencia del capitán Sanderson, incluso se puso lírico y habló de las largas marchas, los feroces combates y las cargas de la caballería francesa.

A Jessica se le llenaron los ojos de lágrimas mientras escuchaba el relato de la terrible situación de los heridos tras la victoria.