Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

El comedor del regimiento del Cuadragésimo Sexto era semejante a cualquier otro en el que hubiera estado desde que asumió la identidad de Michael Dean: un estrado para los estandartes en el vestíbulo, cuadros colgados junto a la escalera y un nutrido grupo de oficiales reunidos en la antesala para beber y cotillear antes del almuerzo.

Su nuevo conocido, John Bullivant, lo presentó a los presentes con toda formalidad y aceptó una copa de brandy de Cabo.

Saboreó la bebida con evidente placer mientras, una vez más, se quejaba de su precio.

—El antiguo Cuerpo del Ron sabía cuidarse —observó con ironía—.

Fletaba barcos e importaba su propio licor a diez chelines el barril.

Aquí, en la colonia, lo vendía con un beneficio del trescientos por ciento.

Pero nosotros, para nuestra desdicha, lo tenemos prohibido, ¡y el gobernador aplica un impuesto a cada gota que se trae!

Durante el almuerzo, servido en una mesa larga y muy pulida, decorada con la plata del regimiento, continuaron las quejas sobre el alto coste de la vida, las especulaciones de los comerciantes de Sídney y el restringido roce social.

El capitán Sanderson había llevado a un invitado, a quien presentó como el capitán John Piper, que había pertenecido al cuerpo de Nueva Gales del Sur y estaba a punto de ser nombrado oficial naval del puerto.

Piper, un hombre apuesto y seguro de sí mismo, de unos cuarenta años, anunció con evidente placer que su amigo John Macarthur había recibido, por fin, permiso del secretario colonial para regresar a la colonia.

Sin embargo, el anuncio suscitó pocos comentarios entre los oficiales, que parecían no entender el significado.

La conversación giró entonces en torno a la construcción de un local adecuado para una logia masónica, de la que, según quedó claro, el capitán Sanderson era el venerable maestro.

Murdo no mostró más interés en esa nueva discusión que en el inminente regreso de ese desconocido John Macarthur. Se puso a buscar a su alrededor una excusa para marcharse cuando oyó decir al capitán Piper en tono autoritario:

—Solo hay un hombre a quien puedes confiar la construcción del local para tu logia, Sanderson. Es el tipo que he contratado para diseñar y construir mi nueva residencia en Eliza Point: Francis Greenway. El hombre es un genio.

—¡Es un maldito emancipado! —objetó Sanderson— o un convicto con permiso para deambular. No estoy seguro.

—Es el arquitecto oficial del gobierno —replicó Piper.

El rostro bronceado del capitán mostraba una leve sonrisa maliciosa cuando añadió—: Soy consciente de la prohibición de tu comandante en cuanto a los roces sociales y, de hecho, conozco sus enérgicos sentimientos al respecto, pero…

no es necesario que invites a Greenway a cenar.

Recíbelo en la oficina, dale instrucciones y acuerda una tarifa por sus servicios.

Luego déjalo trabajar. Pero recuerda, si eres tan amable, que tiene que terminar mi casa antes de ponerse a trabajar para ti.

Sanderson parecía contrariado, pero no dijo nada más, y, por fin, el almuerzo terminó. Murdo se acercó con timidez ante su oficial superior presente. Le pidió permiso para retirarse y le preguntó por el alojamiento. Se topó con una mirada acerada.

—¿Quién es usted, Dean? Ah, sí, usted llegó en el Conway , según recuerdo. Bueno, el comedor no es lugar para discutir asuntos domésticos. Preséntese en mi despacho dentro de media hora. Tengo órdenes para usted, si no me equivoco, pero no las recuerdo.

Eso equivalía a un permiso para marcharse, y Murdo estaba a punto de aceptarlo cuando intervino el capitán Piper.

—Dean…, ¿del Conway ? Usted rindió testimonio en el tribunal de investigación, ¿no es así, señor Dean? Usted y un caballero llamado De Lancey, creo.

—Así es, señor —confirmó Murdo. Consciente de que Sanderson seguía mirándolo, se inclinó e hizo ademán de alejarse, pero, una vez más, Piper se dirigió a él.

—¡Aguarde, mi joven amigo! Quiero preguntarle por el señor De Lancey. Estuvieron juntos en el viaje, así que es de suponer que lo conoce bien. De hecho, alguien me dijo que ambos estuvieron en Waterloo. Supongo que no en el mismo regimiento. Él estaba en la caballería, ¿no?

—Sí, señor, en el Segundo de Dragones, los Grises de Escocia. Yo estaba en el Quincuagésimo Segundo de Infantería.

—Ambos son buenos regimientos —aprobó Piper.

Hizo una serie de preguntas sobre la batalla y el servicio militar de De Lancey, a las que Murdo respondió con tanta brevedad como pudo.

El disgusto del capitán Sanderson era evidente y lo incomodaba, así que no deseaba hacer otra cosa que emprender la huida, pero el otrora oficial del Cuerpo del Ron no había terminado.

Siguió un aluvión de preguntas sobre la situación legal de George De Lancey, a las que Murdo solo pudo responder con vaguedades.

—Creo, señor, que es abogado de Lincoln’s Inn y que la Oficina Colonial le concedió una licencia para ejercer aquí. Pero esto es todo lo que sé.

—¡Ja! —exclamó Piper jovial y se dirigió a su anfitrión—.

Como hermano del difunto y muy apreciado sir William De Lancey, tendrá todo el patrocinio que un hombre pueda desear.

Tu compinche Jeffrey Bent está de mal humor, Ned.

Se ha convencido de que el gobernador tiene la intención de nombrar en su lugar a De Lancey para el Tribunal Supremo; de forma temporal, por supuesto, a la espera de que la Oficina Colonial apruebe el nombramiento.

O bien, hacerlo actuar como juez general en funciones, ya que Garling parece no querer el puesto.

Pero, en cualquier caso, esto significaría el fin de Su Señoría el juez Bent, imagino.

Tendría que dimitir, ¿no?, y abandonar la colonia.

El capitán Sanderson se puso rojo de ira.

—Puede marcharse, Dean —le espetó—. Espéreme en la oficina. —Con un claro tono de voz, se dirigió a Piper—: ¡Por el amor de Dios, John, no difundas esos rumores! Pueden hacer un daño incalculable, como deberías saber.

Murdo no esperó a oír nada más, pero el sonido de la voz de Sanderson, alzada en beligerante disputa, siguió resonando tras él, en el pasadizo, mientras se retiraba con prisa.

Pasó casi una hora antes de que el colérico adjunto se dignara a acordarse de él y volviera a la oficina. Revolvió algunos papeles, murmurando para sí mismo, y luego levantó la cara para dirigir a Murdo una mirada torva.

—Eso no se hace en este regimiento —dijo con severidad—: presumir de sus logros militares en la sala de oficiales, y menos aún si se trata un maldito mocoso de alférez.

Pero ya no tendrá la oportunidad de repetir sus groserías.

Aquí tengo sus órdenes: Será destinado a la guarnición de Bathurst. Se llevará a un grupo de veinte hombres para relevar al alférez Critchley y a su pelotón en sus tareas en el asentamiento.

Él le explicará en detalle cuáles son sus obligaciones, pero sepa que la tarea más importante es la vigilancia de la carretera.

Los viajeros pacíficos están siendo atacados y asaltados por convictos en fuga.

Su responsabilidad será poner fin a tales depredaciones, ¿entendido?

—S… Sí, creo que sí, señor —respondió Murdo, inseguro—. Señor, yo solo respondía a las preguntas del capitán Piper. No pretendía alardear ni…

Sanderson le hizo una seña imperiosa para que guardara silencio y continuó:

—Partirá mañana a primera hora con una carreta de bueyes y su conductor.

La carreta llevará el correo y las provisiones para la guarnición de Bathurst. Deberá pasar por la granja del gobierno en el río Nepean, donde recibirá más provisiones.

Y necesitará un caballo. Me sobra uno y podría vendérselo por cuarenta libras, si lo desea.

Mi mozo de cuadra se encargará de entregárselo.

—Hizo una pausa y frunció el ceño.— Señor Dean, ¿puede permitirse pagarme cuarenta libras o tendré que cargar esa suma a su cuenta del comedor?

En el rostro de Murdo se reflejaba la consternación que le producían estas órdenes inesperadas e inoportunas.

Tuvo que controlarse con un visible esfuerzo.

Había comprado una yegua joven y muy buena en Parramatta a uno de los oficiales destinados allí.

Pensó con rebeldía que le había costado diez libras menos de lo que Sanderson le estaba exigiendo por lo que con toda probabilidad, sería un enano, un animal del que el corpulento capitán querría deshacerse.

Se recompuso y contestó con mesura:

—Tengo un caballo, señor, gracias.

El capitán Sanderson pareció decepcionado. No obstante, se recuperó y se encogió de hombros.

—Muy bien. Ah, y hay otra cosa que le debo decir, Dean.

Se lo envía a Bathurst, que, por si no lo sabe, no es un lugar al que uno quisiera que lo destinaran.

Y el coronel Molle me ha ordenado que le aclare el motivo.

Su conducta en el viaje hasta aquí, así como el testimonio que rindió en el reciente tribunal de investigación sobre el tratamiento de los convictos del Conway, no…

, ¿cómo decirlo?, no ha contribuido al crédito del regimiento, señor Dean.

El coronel Molle desea que entienda que se ha ganado su censura.

Debo advertirle que su futuro en este regimiento dependerá de cómo se comporte ahora, ¿está claro? Puede retirarse, señor Dean.