Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 8
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Capítulo 8

En uno de los bancos laterales, al fondo de la iglesia, Murdo, vestido de uniforme, se removía inquieto. No llamaba la atención entre los demás oficiales del Cuadragésimo Sexto que asistían a la boda, pero, a pesar de todo, estaba nervioso.

Durante la sesión del tribunal de instrucción, había permanecido a bordo del Conway con los demás testigos.

Solo había tenido la oportunidad de bajar a tierra en dos ocasiones.

La primera, para presentarse ante el capitán Sanderson, ayudante del Cuadragésimo Sexto, quien le había ordenado que visitara a su comandante y le dejara sus credenciales.

Casi al mismo tiempo, le había asegurado que no sería necesario mostrar la misma cortesía ante el gobernador.

En la segunda ocasión, había pasado varias horas en un intento infructuoso de descubrir el paradero de Jessica, su hermana.

Por pura casualidad, a su regreso de haber escoltado a los convictos sobrevivientes del Conway hasta Parramatta, se había encontrado con el viejo Silas Crabbe en una taberna de la calle George.

Murdo frunció el ceño. Recordaba cómo, en el curso de una conversación casual con el canoso piloto del barco Kangaroo del rey, había averiguado todo lo que podía necesitar.

Y lo había conseguido sin tener que hacer ninguna pregunta que pudiera revelar su relación con Jessica y, por tanto, el engaño en el que estaba metido.

El viejo Crabbe estaba un poco ebrio y, por lo tanto, muy amable.

Había hablado con libertad y con admiración de Justin Broome, un hijo de padres emancipados, primer nativo a quien se le concedía una comisión en la Marina Real.

Al parecer, este Justin era el marido de Jessica.

Además, sin tener que insistirle mucho, el amable hombre no solo había descrito la ubicación de la casa del teniente Broome, sino que había guiado a Murdo hasta la misma puerta, convencido de que el recién llegado iba con la intención de hacer una visita.

Murdo sintió que el sudor brotaba de su frente.

Llegado el momento, no se atrevió a llamar.

Pero Crabbe había mencionado la boda. Le había asegurado que toda la sociedad de Sídney estaría allí.

—Será una gran ocasión, señor, confíe en mi palabra —había afirmado—.

Sus Excelencias estarán presentes y, por supuesto, toda la compañía de nuestro barco.

El señor Tempest vino aquí como primer teniente del Kangaroo y fue él quien salvó a la joven estadounidense con la que se va a casar.

—Le siguió entonces la historia del rescate, relatada con todo detalle.

Luego, el piloto del Kangaroo añadió—: El teniente y la señora Broome estarán en la iglesia, señor, eso es seguro. Todo el mundo estará ahí.

Y el hombre no había exagerado, por lo que Murdo pudo apreciar al entrar en una iglesia atestada donde solo quedaba un asiento libre, sin contar los reservados para el cortejo virreinal, justo detrás del del novio.

Desde que entró, pudo reconocer a Jessica sin dificultad.

Los seis años habían cambiado poco su aspecto, si bien la chica había madurado y mostraba una asombrosa actitud de seguridad.

Y era hermosa, se dio cuenta. Aquella niña delgada y morena que recordaba se había convertido en una mujer joven y llamativa.

Supuso que esa Jessica no se acobardaría aterrorizada ante su brutal padrastro si este reapareciera de repente.

Jessica había pasado junto a él sin mirarlo ni reconocerlo, hasta ocupar uno de los asientos de la primera fila, en el lado del novio. Poco después se le unieron una atractiva mujer de su misma edad, más o menos, y una bonita moza pelirroja con la que mantenía una relación de evidente intimidad.

La llegada del gobernador y su esposa, acompañados de una escolta de oficiales uniformados, causó un gran revuelo.

La atención de Murdo se desvió, pues la congregación, respetuosa, se levantó para recibir al grupo virreinal y permaneció de pie hasta que el gobernador hubo tomado asiento.

Sabía que Macquarie era un hombre de las Tierras Altas de Escocia, un oficial de considerable distinción.

Había estado al mando del Septuagésimo Octavo, gente también de las Tierras Altas.

Sin embargo, parecía encorvado y enfermo.

A pesar de los resplandecientes galones de su cargo, su figura llamaba la atención por lo poco impresionante, pues se veía empequeñecida entre la mayoría de su personal.

Al lado de Murdo, uno de los subalternos del Cuadragésimo Octavo murmuró al verlo sentarse:

—El viejo parece un poco apagado, ¿no? Sin duda, aquí hay muy pocos de sus amigos emancipados como para que se sienta a gusto.

Murdo se lo quedó mirando, perplejo, a la espera de aclaración, pero el joven oficial le hizo un guiño divertido y no dijo nada más.

Apareció la novia. Iba del brazo de un hombre apuesto y ancho de hombros.

Murdo creyó que era su padre, pero, más allá de registrar el hecho de que la moza era esbelta y elegante, no se interesó más por ella, y tampoco por el servicio.

Mantuvo su atención en Jessica y sus dos acompañantes.

No fue hasta que terminó la misa y el cortejo nupcial se dirigió a la puerta de la iglesia cuando, por eliminación, supo quién era el marido de Jessica: el oficial alto y rubio de uniforme naval que hacía de padrino.

«Vaya con la pequeña Jessie», pensó. Le gustaba el aspecto de Justin Broome.

Su hermanita se lo había montado bien, de eso no cabía duda.

Los oficiales sentados a su alrededor se levantaron y Murdo siguió el ejemplo.

Miraba hacia un lado y al otro con la esperanza de descubrir a cualquier otro conocido de su pasado.

Sabía que el Septuagésimo Octavo había abandonado la colonia rumbo a la India, y, quizás, su madre, su padrastro y sus dos hijas se habían marchado con el regimiento, pero…

Llamó su atención un oficial que llevaba el uniforme del Septuagésimo Octavo y caminaba justo detrás del gobernador.

«Antill», pensó con un centelleo de placer.

Era el teniente Henry Antill, que tan bien se había portado con su madre, con Jessie y con él mismo después de la muerte de su padre.

Tenía el grado de mayor y estaba al servicio del gobernador.

Llevaba del brazo a una hermosa y voluptuosa joven.

A él también le había ido bien. Hacía seis o siete años que no se veían, así que era poco probable que el mayor lo reconociera, pero…

Por instinto, Murdo se mantuvo a la cola mientras sus compañeros se acercaban a la puerta.

Ahí volvió a encontrarse con el mismo joven teniente del Cuadragésimo Sexto, el que le había guiñado un ojo.

Salieron a la calle para ver alejarse el carruaje del gobernador, escoltado por dos dragones a caballo, y el teniente observó con pesar:

—¡Se van todos a disfrutar de la mejor hospitalidad de Sídney! ¡Y nosotros, por desgracia, nos la perderemos! Maldita sea; con lo que cuesta el licor en nuestro comedor, ni siquiera puedo permitirme beber a la salud de la novia.

—¿Por qué no? —preguntó Murdo, sorprendido—. Seguro que estás invitado a la recepción.

Su nuevo conocido lo miró con lástima.

—Ya veo, ¿eh?, acabas de incorporarte, así que no estás al tanto de las reglas del regimiento.

A bordo del transporte, antes de nuestra llegada aquí, los oficiales del regimiento aprobaron una resolución: no podemos confraternizar con convictos ni emancipados durante el tiempo que permanezcamos en la colonia.

Eso significa que, a todos los efectos, la sociedad de Sídney nos está vedada.

Ahora incluso tenemos que rechazar invitaciones a cenar en la Casa de Gobierno, ya que la mayoría de los invitados de Su Excelencia son malditos emancipados.

Murdo lo miró incrédulo.

—¿Quiere decir que tenemos prohibido asistir a la recepción?

Pero, por el amor de Dios, el novio es un oficial de la marina, ¿no?

Y… —Señaló a los hombres del Kangaroo , que estaban siendo reunidos de nuevo por sus contramaestres después de haber formado una guardia de honor en la puerta de la iglesia.

— Su barco le ha hecho una guardia de honor, ¿eso lo pone más allá de los límites?

—No, no, no en el caso de Tempest —respondió el teniente—.

Ni en el caso de los Dawson, que ofrecen la recepción.

Dawson es uno de los terratenientes más ricos de la colonia y pone unas de las mejores mesas, así que no dudo de que será un buen evento.

Pero la mitad de los invitados serán malditos intocables, incluyendo a la b ête noire d el coronel, el doctor D’Arcy Wentworth.

Y el gobernador estará allí, por supuesto.

Teníamos órdenes del coronel Molle de hacer acto de presencia en la iglesia.

Eso hemos hecho, y ahora debemos dispersarnos.

Confieso que me molesta, porque una de las hijas del señor Dawson es…

Bueno, resulta que es objeto de mis atenciones: Julia Dawson.

Te habrás fijado en ella, supongo, pues ha sido una de las damas de honor, ¡y es de una hermosura impresionante!

Pero… —Se encogió de hombros con resignación.

— El honor del regimiento exige sacrificios, así que me veré obligado a volver al comedor.

¿Vienes? Te presentaré si quieres. Podrás invitarme una copa de brandy para ahogar mis penas.

Murdo vaciló. Tenía la intención de asistir a la recepción y revelarse ante Jessica allí, pero, dadas las órdenes del coronel Molle, no sería prudente hacerlo… No de uniforme, por supuesto.

—Gracias —dijo—, me parece estupendo.