Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 7 #3
44%

Capítulo 7 #3

En efecto, lo sabía bien, pensó Katie. Apenas escuchó el relato de Rick sobre el accidente.

Vio a Abigail, que llevaba un vestido de seda color crema, y a la señora Jeffrey, que iba de rosa.

Ambos colores podrían haber parecido blancos bajo el resplandor plateado de la luna.

La muselina con volantes de Julia era blanca, con ramitos de rosas y una falda amplia que crujía con el movimiento; y tanto la señora Wentworth como la señora Redfern vestían en distintos tonos de azul.

Las mujeres tendían a usar colores claros en los calurosos veranos de Sídney.

Era imposible decir cuál de las invitadas de la señora Macquarie había sido la fisgona.

Rick la hizo volver de repente a sus obligaciones sociales.

—Ya es hora de que nos vayamos, querida —le dijo.

Katie se adelantó obediente para hacer una reverencia al gobernador y a su esposa.

—Estoy deseando que llegue tu boda —le dijo la señora Macquarie, y en su cálida y amistosa sonrisa incluía a Rick—.

El matrimonio es un estado bendito, señorita O’Malley, y le deseo alegría y felicidad en el suyo.

Estoy segura de que son el uno para el otro y de que poseen el valiente espíritu pionero que esta colonia necesita.

Confío, sin embargo —dirigió estas palabras a Rick— en que no privará a la sociedad de Sídney de su novia durante demasiado tiempo cuando se hayan instalado más allá de las montañas.

—Eso no ocurrirá hasta dentro de varios meses, señora —le aseguro Rick—.

Me llevará un tiempo preparar un hogar adecuado en Pengallon.

—Se inclinó ante el gobernador y enlazó su brazo con el de Katie para salir caminando juntos hacia el vestíbulo.

— Dios quiera que encuentres alegría y dicha cuando te cases conmigo, amor mío —susurró—. Rezo por ello con todo mi corazón.

* * *

Katie recordaba aquella plegaria cuando, tres días más tarde, caminaba por el pasillo de la iglesia de Saint Philip del brazo de Timothy Dawson. Rick ocupó su lugar junto a ella, buscó su mano, oculta bajo los voluminosos pliegues del vestido nupcial, y la cogió con un toque suave.

—Queridos hermanos, estamos reunidos a los ojos de Dios y de esta congregación para unir a este hombre y a esta mujer en santo matrimonio.

El matrimonio es un estado honorable, instituido por Dios en tiempos de la inocencia del hombre, y significa para nosotros la unión mística entre Cristo y su iglesia…

El reverendo William Cowper, alto y delgado, vestido con sotana y sobrepelliz, leyó las primeras palabras con la debida solemnidad. Tenía una voz clara y profunda. Siguió adelante, con Katie escuchando atenta.

—Es un santo estado que Cristo adornó y embelleció con su presencia en Caná de Galilea y con su primer milagro.

Es el estado que San Pablo recomienda como honorable entre todos los hombres y que, por lo tanto, nadie debe emprender ni asir con imprudencia, a la ligera o sin sentido, solo para la satisfacción de los deseos y apetitos carnales del hombre, como si fuera un bruto carente de entendimiento…

Los dedos de Rick se apretaron contra los suyos.

Katie sintió un extraño temblor cuando el reverendo Cowper se dirigió a la congregación:

—Si alguno pudiera demostrar alguna causa justa por la que este hombre y esta mujer no deban unirse legalmente, que hable ahora o calle para siempre.

En el breve silencio que siguió, la mirada de Rick se clavó en el altar iluminado con velas.

Al volverse para mirar a su novio, Katie sintió que su conciencia empezaba a atormentarla de nuevo.

Se preguntaba ansiosa si era posible que quienquiera que hubiera presenciado aquel encuentro clandestino con George De Lancey se lo habría contado a Rick. ¿Su hermana Abigail, tal vez?, o…

—Richard Edmund, ¿aceptas recibir a esta mujer como tu legítima esposa, para vivir juntos según el mandato de Dios en el sagrado estado del matrimonio?

¿La amarás, la consolarás, la honrarás y la cuidarás en la salud y en la enfermedad?

; ¿renunciarás a todo lo demás y te mantendrás solo para ella mientras ambos tengáis vida?

La respuesta de Rick, dada con firmeza y sin la menor vacilación, hizo saltar lágrimas no deseadas en los ojos de Katie. En un intento por contenerlas, ella dejó caer los párpados. Entonces, el capellán le preguntó con voz solemne:

—Kathleen Mary, ¿aceptas tomar a este hombre como tu legítimo esposo, para vivir juntos según el mandato de Dios en el sagrado estado del matrimonio?

¿Lo obedecerás y lo servirás, lo amarás, lo honrarás y lo cuidarás en la salud y en la enfermedad?

; ¿renunciarás a todo lo demás y te mantendrás solo para él mientras ambos tengáis vida?

«Renunciar a todo lo demás», repitió Katie para sí misma. Renunciar a su tierra natal y a los sueños de su infancia y juventud. Levantó la cabeza, tratando de contener las lágrimas, y respondió tal como Rick había hecho.

—Sí…, acepto.

El servicio continuó, con las hermosas y antiguas palabras resonando en su corazón. Rick le puso el anillo y el reverendo Cowper unió sus manos. Instantes después, oyó que los declaraba marido y mujer.

Arrodillados en oración, uno al lado del otro, el sonido de la voz del capellán se fue desvaneciendo. Katie rezó en silencio, desde lo más profundo de su corazón:

«Por favor, Señor, permíteme ser la esposa que mi marido se merece. Haz que Rick encuentre alegría y felicidad en mí mientras yo viva. Dame fuerzas, Señor, para no fallarle, necesite lo que necesite de mí.»