Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

La huida resultó más fácil de lo que Katie había previsto.

Con el café servido en la veranda, la señora Jeffrey exclamó que el calor la tenía agobiaba, de modo que encabezó un éxodo al jardín.

Katie siguió a media docena de mujeres a una discreta distancia y, tal como había esperado, logró escabullirse sin que nadie pareciera percatarse de su ausencia.

Entró en la oscura casa de verano y, a los pocos minutos, George De Lancey surgió de entre las sombras para reunirse con ella.

—¿Es cierto —preguntó con brusquedad— que te vas a casar con Richard Tempest…, ¡maldita sea!, el martes? ¿Dentro de tres días?

—Sí —confirmó Katie, aunque con voz no muy firme—. Sí, es verdad.

—¿Te salvó la vida, si hemos de creer a ese insufrible de Jeffrey?

—Sí. La mayoría de los hombres… me habrían dado por muerta. Mi padre ya estaba muerto, igual que todos los hombres de la lancha. Pero Rick no me dejó morir. Fue él quien me cuidó, no la señora Jeffrey. Le debo todo, George, yo…

—¿Por eso te vas a casar con él, Katie? —El tono de George era suave y suplicante. Katie veía su rostro como un borrón en la oscuridad y era incapaz de discernir su expresión.

—No —negó ella—, lo quiero mucho. Y…

De pronto los brazos de George la rodearon.

El hombre la atrajo hacia sí y ella fue consciente, una vez más, de la atracción que siempre había sentido.

Reflexionó con pesar que había intentado descartar ese amor, tachándolo de capricho infantil; que había intentado suprimir todos los recuerdos y aceptar el hecho de que él se había ido para siempre de su vida, pero…

Ahora estaba allí, en Sídney, no a doce mil millas de distancia, como ella había supuesto.

—Te fuiste —le reprochó—. Yo ni siquiera sabía si estabas vivo. Ah, sé que era difícil escribir cuando nuestros países estaban en guerra. Pero otros lo hicieron, George… Recibí cartas de contrabando y nunca tuve noticias tuyas.

Él no intentó defenderse.

—Sí —concedió—, lo sé, Katie. Pero siempre estuviste en mi corazón. Pensaba en ti a menudo, solo que pensé que te había perdido. En…

—Me has perdido —le recordó Katie con amargura—. Voy a casarme con Rick Tempest.

—¡No te cases con él, en nombre del cielo, Katie, te ruego que no lo hagas! Amor mío, esto es un milagro y nos hemos vuelto a encontrar.

Él volvió a abrazarla y sus labios se encontraron.

Katie no tenía intención de ceder, pero su resistencia cayó ante el contacto de las manos de George.

Ese beso despertó emociones que había imaginado muertas.

En busca de una excusa para su debilidad, pensó que lo había amado durante mucho tiempo.

Desde que era una colegiala, había soñado que algún día se convertiría en su esposa; un sueño que se había desdibujado, pero que nunca había muerto.

—Por favor —susurró ella, y apartó el rostro—. Déjame ir. Soy la prometida de Rick, le he hecho una promesa. No puedo… No puedo traicionarlo. No tienes derecho a pedírmelo.

George la soltó, pero siguió cogiéndola de las manos, de modo que la obligaba a mirarlo.

—Katie, ¿no crees en la suerte?, ¿en el destino?

—insistió—. ¿Qué otra cosa pudo haberme traído aquí, solo unos días antes de tu boda?

Tomé la decisión de venir aquí casi por impulso, porque no podía volver a los Estados Unidos y porque mi hermano, cuando se estaba muriendo, me habló de este lugar.

Y yo estaba cansado de la guerra, yo… Ay, Katie, querida niña, no dejes que la maldita gratitud que sientes por Rick Tempest te impida ver la verdad.

Nos queremos, cariño, siempre nos hemos querido.

Tal vez fuera cierto, pensó Katie, ya desesperada, pero su conciencia no le permitía creerlo. Sacudió la cabeza y vio el rostro de George De Lancey a través de sus lágrimas.

—Tengo futuro aquí —le dijo él—. El gobernador va a nombrarme magistrado.

También me ha ofrecido un empleo temporal como juez en funciones, en sustitución de un hombre que, al parecer, no ha querido desempeñar ese cargo.

¿Y qué te ofrece Tempest? Según me ha contado él mismo esta tarde, pretende llevarte a criar ovejas en algún desierto primitivo.

Por el amor de Dios, Katie, ¿es eso lo que quieres del matrimonio?

Si lo amaras, eso podría marchar bien, pero, si no, querida, nos estarías condenando a los tres a la desdicha.

Una vez más, Katie se vio obligada a admitir que eso podía ser cierto. Sin embargo, volvió a negar con la cabeza.

—No… No, no puedo cambiar nada ahora. Y amo a Rick, no es solo gratitud. Tal vez lo fuera al principio, pero ahora… ahora es diferente. Oh, George, por favor, trata de entender. Lo amo demasiado para humillarlo.

—¿Y lo amas lo suficiente como para enfrentarte al desierto y a las ovejas? —preguntó George con voz oscura. —¿Puedes decírmelo con toda sinceridad?

La respiración de Katie era entrecortada.

Él había percibido sus dudas, se había dado cuenta de que eso era lo que ella más temía, y Katie no podía darle la respuesta que él le estaba pidiendo, porque…

, porque no la tenía. El hecho de que ese hombre hubiera vuelto a su vida, y de una manera tan inesperada, se sumaba a la inconmensurable incertidumbre que había experimentado desde su visita a Pengallon.

Pero era de sí misma de quien dudaba, no de Rick.

Dudaba de su propia capacidad para vivir la vida que su prometido había planeado para los dos, de su lucidez para superar el terror a un aislamiento al que debía enfrentarse a los pocos meses de haberse casado.

George trató de estrecharla otra vez entre sus brazos, pero ella lo eludió. Trató de liberar sus manos de las de él.

—Debemos volver. La gente habrá notado nuestra ausencia.

Un sonido repentino la sobresaltó y puso más urgencia a su súplica. George también lo oyó y se giró con una exclamación ahogada.

—¡Qué demonios! ¿Has oído algo?

El sonido se repitió. Primero, el crujido de una ramita aplastada bajo unos pies, y luego, pasos y la visión momentánea de algo blanco que escapaba de las sombras hacia la luz de la luna y que, con la misma rapidez, volvía a las sombras.

Eran pies que corrían, amortiguados por la hierba recortada del césped de la Casa de Gobierno.

La dueña de esos pies corría al amparo de los árboles que crecían allí.

Era una mujer, pensó Katie, una mujer vestida de blanco que debía de haber tropezado por casualidad con ese lugar.

Quienquiera que fuese, debía de haber oído parte de la conversación, si no toda.

Miró consternada a George De Lancey, dispuesta a huir, pero él la agarró por los hombros y la retuvo a su lado.

—No, no huyas. Vuelve a la casa conmigo, Katie, del brazo. No tenemos nada que ocultar… ¿Qué hay más natural que dos viejos y queridos amigos, dos estadounidenses, por el amor de Dios, aprovechen una oportunidad de pasear y charlar?

—Aquí se cotillea mucho —le advirtió Katie con tristeza—, y las lenguas murmurantes convertirán esto en algo grande.

—No si nos comportamos con naturalidad. Somos viejos amigos, nos conocíamos mucho antes de que cualquiera de los dos llegara a Sídney.

—George le cogió la mano y la metió bajo su brazo.

Luego, con un bajo tono de voz añadió—: Nuestra fisgona solo ha podido oír cómo declarabas tu amor por el hombre con el que pretendes casarte.

—Yo… Supongo que sí. Pero…

—Sin peros, Katie. ¿Aún piensas casarte con Rick Tempest?

¿Qué otra cosa podía hacer?, pensó Katie. Su corazón caía en picado. Era demasiado tarde para romper su promesa, con la boda a solo tres días de distancia. Y le debía a Rick su vida y su lealtad. Con un débil susurro, respondió en la oscuridad:

—Sí, eso voy a hacer.

—¿Y nada de lo que yo diga te hará cambiar de opinión? Piensa, querida, piensa en lo que significará. Todavía te amo, Katie.

Katie sentía un escozor en la garganta, pero, con una firmeza irrevocable, logró decir:

—No, no, no voy a cambiar de opinión.

—Entonces, que así sea —reconoció George—, aunque ojalá pudiera ser de otra manera.

Volvieron al jardín iluminado por la luna, a reunirse con los otros paseantes sin llamar la atención ni suscitar comentarios.

En la veranda, Rick charlaba con la señora Macquarie.

Se levantó enseguida y llegó sonriente al lado de Katie.

George soltó el brazo de la moza, hizo una reverencia y los dejó juntos. Rick dijo:

—Estaba escuchando lo del accidente del carruaje de la señora Macquarie, Katie.

Pobre. Pone buena cara, pero está destrozada por la muerte del niño.

Va a haber una investigación forense y creo que tiene la intención de pedir a tu amigo De Lancey que la represente.

Quiere asegurarse de que el desafortunado episodio no se exagere ni lo saquen de toda proporción…

por el simple hecho de que era su carruaje.

Ya sabes cómo se mueven las lenguas aquí…