Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 7
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Capítulo 7

Katie se sentía eufórica cuando entró en la sala de recepción de la Casa de Gobierno del brazo de Rick. Mientras esperaban juntos su turno para ser anunciados, otros invitados se agolpaban a su alrededor para expresarles sus buenos deseos y felicitarlos por su próximo matrimonio.

Incluso el capitán y la señora Jeffrey, para quienes, al parecer, la partida de la colonia era inminente, expresaron su aprobación.

La señora Jeffrey llegó incluso a plantarle a Katie un fugaz y frío beso en la mejilla.

La moza se lo aceptó condescendiente y con una sonrisa bien disimulada…

Así esperaba, al menos, que se hubiera interpretado.

—Es un gran alivio para el capitán Jeffrey y para mí —anunció expansiva— que nuestra pequeña huérfana de la tormenta haya encontrado aquí no solo un hogar, sino también un marido. De hecho, me atribuyo el mérito de haberlos reunido, señorita O’Malley.

Fiel a sus modales, Katie no contradijo esa afirmación tan exagerada. La señora Jeffrey, entonces, continuó su camino, repartiendo un derroche de sonrisas entre aquellos con quienes se sentía en términos de igualdad social y haciendo caso omiso de los demás.

En contraste, el saludo de la señora Macquarie fue cálido y amistoso en verdad, y su beso, espontáneo.

Estrechó la mano de Rick y lo felicitó por su buena suerte, sin dejar de sonreír a Katie mientras hablaba.

Por su parte, el gobernador estaba inmerso en una conversación con un hombre alto y moreno, vestido con un elegante traje de noche, quien daba la espalda a la fila de invitados que avanzaba.

—Querido Lachlan —le recordó la señora Macquarie en voz baja—, la señorita O’Malley y el señor Tempest han llegado. Pronto asistiremos a su boda. Estoy segura de que el señor De Lancey deseará conocer a la señorita O’Malley, pues es paisana suya.

Katie oyó el nombre un instante antes de que George De Lancey se volviera hacia ella.

Aun así, volver a verlo fue tan inesperado que la conmoción la dejó sin aliento.

Él había cambiado, se daba cuenta. Parecía más viejo y, a la vez, más seguro.

Ya no era el joven y tímido estudiante de derecho que ella recordaba, sino un hombre con mechones de pelo plateado en las sienes y nuevas arrugas en su bronceado rostro.

Lucía un largo mostacho que también lo hacía parecer un desconocido, como una visión —o un fantasma— de un pasado lejano.

Al darse cuenta de todo, Katie recobró la compostura.

Cogió la mano de George, sonrió e incluso murmuró una respuesta a su saludo.

Pero la mirada de ese hombre provocó que el corazón le latiera desbocado.

La moza sintió que el rubor le subía a las mejillas en cuanto miró sus ojos y leyó en ellos la pregunta tácita.

Luego agachó de inmediato la cara por temor a que Rick percibiera que algo andaba mal.

Sin embargo, Rick le tendió la mano a George y los dos intercambiaron un saludo cordial.

—Parece que no es necesario presentarlos —observó el gobernador con cierta sorpresa—.

Ya se conocen, ¿verdad? Mira, Elizabeth, querida, hasta aquí han llegado nuestros esfuerzos por hacer que el señor De Lancey se sienta como en casa.

Ya lo ha conseguido por sí mismo. ¿Se está encogiendo el mundo, De Lancey?

¿Conoció a Tempest y a su prometida en América?

—El señor Tempest tuvo la amabilidad de darme indicaciones ayer por la tarde, cuando conseguí perderme —dijo George De Lancey—. Y la señorita O’Malley y yo somos viejos amigos, señor, desde mis tiempos de estudiante. Ambos somos de Boston, por una feliz coincidencia.

Lo dijo como si hubieran vivido una simple relación juvenil.

Katie aprovechó esas palabras con avidez, agradecida por la rápida lectura que George había hecho de la situación y por el empeño que su viejo amigo estaba poniendo en no avergonzarla.

Pero la muda pregunta seguía en esos ojos, a pesar del tono despreocupado de la voz.

Katie sabía que él no había olvidado lo que habían significado el uno para el otro, como tampoco ella lo había olvidado en todos los años transcurridos.

Los Macquarie presentaron a De Lancey a algunos de sus otros invitados: Tim Dawson y Abigail, Julia, el capitán Jeffrey y su esposa y Simeon Lord entre ellos.

El doctor D’Arcy Wentworth, a quien él ya conocía, lo saludó con afecto y extendió las presentaciones a su esposa y su hijo menor, así como al doctor Redfern y su esposa.

Luego, cuando se anunció la cena y fueron a ocupar sus lugares en la larga mesa iluminada por velas, Katie se encontró junto a George, con Rick al otro lado.

—¿Qué prodigio te ha traído aquí, Katie? —quiso saber George, como si le hubieran arrancado la pregunta.

Ella empezó a contárselo, pero el capitán Jeffrey, que estaba atento al intercambio, la interrumpió.

—Mi barco, señor, la trajo aquí, el barco Kangaroo de Su Majestad . La señorita O’Malley fue la única superviviente de uno de sus mercantes yanquis, el Providence , que naufragó azotado por una tormenta en el Atlántico Sur.

El comandante del Kangaroo se lanzó a hacer todo un relato gráfico del rescate, con lo que mantuvo la atención de la mesa.

Lo mismo había hecho, recordó Katie, en la primera ocasión en que había sido invitada a una comida en la Casa de Gobierno.

Esa vez, sin embargo, dado que Rick estaba ahí, el capitán empezó por atribuir a su teniente primero el mérito del rescate.

Enseguida se enfocó, sobre todo, en los cuidados que él y su esposa habían prodigado a su «huérfana de la tormenta», así como al hecho de que los cadáveres de la tripulación de la lancha estadounidense habían sido arrojados a la mar, con todos los honores navales.

Katie permaneció inmóvil, con el rostro congelado y luchando contra las lágrimas, mientras el capitán Jeffrey seguía hablando. No hacía caso a los tímidos intentos de la señora Macquarie por interrumpirlo ni a la desaprobación del gobernador, que fruncía el ceño.

La mano de Rick encontró la suya para estrecharla en señal de silente compasión mientras Jeffrey concluía en voz baja:

—Hicimos lo correcto, señor De Lancey, por todos sus compatriotas, quiero que lo sepa.

El padre de la señorita O’Malley peleó contra nosotros en la marina estadounidense.

Dios sabe, señor, que yo, habiendo sido prisionero de guerra y sometido a diabólicos malos tratos a manos de ellos, no tenía ningún motivo para honrarlos.

Sin embargo, señor, por orden mía, todos los cuerpos que recuperamos fueron enviados a las profundidades bajo la bandera de su país. De hecho, yo…

—¡Capitán Jeffrey! —La interrupción del gobernador fue severa y su frío tono no admitía discusiones.

— Parte usted de un malentendido. El señor De Lancey sirvió con nuestros ejércitos en la campaña peninsular y en la gloriosa victoria de Waterloo.

Su hermano, sir William De Lancey, fue jefe de estado mayor e intendente general del duque, y perdió la vida en Waterloo.

Ninguna familia sirvió al rey y a la causa de los leales con más distinción, puedo asegurárselo, y hablo de ambos conflictos con los colonos estadounidenses.

Tenga la bondad, capitán, de presentar al señor De Lancey sus disculpas por cualquier ofensa que sus palabras hayan podido causarle.

El capitán Jeffrey se quedó con la boca abierta y fijó en George la mirada. Su cara redonda, por lo general enrojecida, estaba palideciendo.

—¡Maldición! —exclamó en un intento de fanfarronear—, no lo sabía. Tenía entendido que el señor De Lancey era estadounidense, y yo… Demonios, señor, nadie me había dicho otra cosa. Yo… Ah… Discúlpeme, señor, desde luego. Como ha dicho Su Excelencia, ha sido un malentendido y ruego su indulgencia.

Para alivio de Katie, George De Lancey aceptó la rama de olivo con tranquila dignidad y la cena avanzó.

Las conversaciones, aunque un poco tensas al principio, se generalizaron muy pronto.

A la izquierda de George, Julia se las arregló para monopolizarlo, ejerciendo todo el encanto que poseía y sonriendo con recato a sus avances.

Por una vez, Katie le estuvo agradecida.

Era consciente de que su propia capacidad para mantener una conversación, incluso con Rick, era de una pobreza lamentable.

Terminada la comida, entró el gaitero del gobernador. Al amparo de la alegre música, la moza oyó a George decirle con urgencia:

—Katie, por el amor de Dios, ¡tengo que hablar contigo! Por favor, mi dulce Katie, ¿hay algún lugar en esta casa donde podamos estar a solas, aunque sea por unos minutos?

El jardín, pensó Katie. Tal vez podrían pasar un rato solos en el jardín.

Era costumbre, en pleno verano, que los invitados de la familia virreinal pasearan por allí en grupos y aprovecharan la fresca brisa vespertina que llegaba desde la ensenada.

Era cuestión de elegir el momento con cuidado para escabullirse sin que nadie lo notara.

Había un pequeño cenador con una casita de verano detrás, no lejos de los establos.

A veces, la señora Macquarie tomaba el té allí, según le había contado Jessica.

En un tenso susurro, le explicó dónde estaba el cenador. Vio que George asentía.

—Allí estaré —le aseguró—, esperando tu llegada.

—No puedo prometerte nada —empezó Katie—. Pero lo intentaré. Si…

La señora Macquarie se levantó e hizo señas a las damas para que la siguieran. El gobernador y los demás caballeros se quedaron con su oporto y sus puros.