Capítulo 6 #3
—Por supuesto que no. Pero, después de eso, dejarás a Katie aquí, ¿no?
Rick vaciló. Era reacio a dejar a su novia.
Sabía que ella no vería con buenos ojos la idea de hacer un segundo viaje a Pengallon tan poco tiempo después de una primera visita no demasiado feliz.
Había alquilado la casa de un oficial en la cala Farm por seis meses, tiempo en el cual esperaba terminar las obras en su concesión y llevar el ganado.
Ese plan implicaba ausencias periódicas de Sídney; pero Katie estaba de acuerdo.
Si él le explicara por qué debía ir a la granja con Justin antes de lo previsto, ella lo entendería.
Y no tenía por qué quedarse sola en la casa alquilada de Sídney.
Si así lo quería, podía hacer su prometida visita a Rachel Broome en Ulva.
La granja estaba de camino a la nueva carretera.
Rick podía dejar a Katie allí y recogerla a su regreso.
Miró a Justin.
—Puedo ir contigo —dijo—, Katie lo entenderá. Después de todo, fue ella quien descubrió el oro. ¿Cuándo podrás ausentarte?
—Eso depende de la fecha de partida del capitán Jeffrey con el Kangaroo. Esperamos conseguir calafates para trabajar en el Emu, así que, en lo que lo carenan, eso nos dará…, ¿cuánto?, un par de semanas. —Justin vaciló.— Lo más probable, Rick, es que no viaje a Inglaterra en ese barco.
—¿Cómo es posible? —Rick preguntó sobresaltado, incluso enfadado—. Por el amor de Dios, Justin, no vas a renunciar a tu cargo, ¿verdad? Sería una lástima.
Justin negó con la cabeza.
—No… no lo haré. El comandante Forster ha prometido recomendarme para el mando del Elizabeth. No hay ninguna garantía de que me lo den, pero tengo entendido que mi rival para el nombramiento es nuestro común amigo Meredith, por recomendación de Jeffrey.
—Entonces es tuyo —le aseguró Rick, aliviado. Consultó su reloj de bolsillo, se levantó y le ofreció la mano—. Acepta mis felicitaciones, querido amigo. En cuanto a nuestra visita a Pengallon, procuremos hacerla en las próximas tres semanas, ¿de acuerdo? En todo caso, lo antes posible.
—Eso haremos, Rick. Y mantendremos el asunto estrictamente entre nosotros. ¿Puedo suponer que Hensall no hablará?
—Lo he puesto bajo advertencia de lo que le sucedería si lo hiciera —dijo Rick—.
Y, si hablara, tampoco creo haberle dado suficiente información como para que importe mucho.
—Justin le entregó la pepita. Ambos sonreían mientras Rick la devolvía a su envoltorio y se la guardaba con mucho cuidado en el bolsillo del pecho.
— Estás invitado a mi boda —añadió—. Jessica tiene la invitación.
Confío en que no te disuada aceptarla el hecho de que la diplomacia me haya obligado a invitar también al capitán y a la señora Jeffrey.
—No lo hará, ¡te doy mi palabra! —Justin soltó una risa genuina—. Me temo que ocurrirá lo contrario. Voy a pedir una lancha para ti.
Cuando salieron a cubierta, Rick vio que la chalupa seguía atada a las cadenas del barco.
Fuera cual fuese la razón por la que Jeffrey había llamado a James Forster, llevaban casi una hora encerrados.
Se preguntó por un instante si Jeffrey estaría haciendo un último intento por conseguir el mando de la nueva balandra colonial Elizabeth para el pesado de Meredith.
Pero no dio voz a sus pensamientos. Justin era el primer nativo australiano que entraba en servicio en la Marina Real; el gobernador Macquarie se encargaría de que su patrocinio diera el resultado deseado sin que nadie lo pusiera en cuestión.
Lo mismo había hecho con el hijo mayor del doctor D’Arcy Wentworth, que había sido nombrado alférez de su propio regimiento.
Miró a través del fondeadero hacia el astillero de Robert Campbell.
El Elizabeth seguía en sus caballetes, pero estaba casi listo para la botadura.
Por un breve momento, Rick sintió una punzada de envidia.
La mar había sido su vida desde que tenía doce años, y muchas veces lamentaba haberla abandonado, pero…
Apartó el pensamiento de su mente. Sus dedos se cerraron sobre la barandilla hasta que los nudillos brillaron en blanco.
Por el amor de Dios, se reprochó, la decisión estaba tomada; ya no podía echarse atrás.
Era un colono y estaba a punto de casarse con la moza que amaba, de establecer allí su hogar y, si Dios quería, formar una familia.
Con suerte, encontraría oro en sus tierras y haría fortuna…
No era el momento de envidiar a ningún hombre.
La lancha fue arriada y puesta al costado del barco.
El proal enganchó el bichero a las cadenas y se quedó mirando hacia arriba, expectante.
Rick estrechó la mano de Justin y descendió al bote que lo esperaba.
Se movía con la facilidad y rapidez de una larga práctica.
Sentado en la popa junto al joven guardiamarina del Emu , levantó una mano en señal de despedida y los remos chapotearon en el agua.
Delante de ellos se alzaba el transporte de presos Conway , con su oscura silueta contra el dorado resplandor del atardecer. El guardiamarina dijo emocionado:
—Acaban de arrestar a su capitán, señor, y se lo han llevado a la cárcel. Yo estaba de guardia, señor, los he visto.
—¿Ah, sí?
Rick no se sentía muy interesado. Había oído que se estaba formando un tribunal de instrucción, pero no era la primera vez que el capitán de un barco de presidiarios resultaba culpable de maltratar a sus involuntarios pasajeros; ni sería la última, seguro.
Sin embargo, eso podría servir de ejemplo a los sucesores del comandante del Conway .
La lancha se acercó mansa al muelle del gobernador y, después de haberle dado las gracias al guardiamarina, Rick desembarcó.
Pasaba por delante de las puertas de la Casa de Gobierno cuando un hombre alto levantó la mano para atraer su atención.
Rick se detuvo. Notó que el hombre era un desconocido.
Iba bien vestido, con un abrigo verde de corte inmaculado, mono gris ajustado y botas de caña alta bien pulidas, a la manera de un soldado vestido de paisano.
Un soldado de caballería, para ser exactos.
—¿Puedo servirle en algo, señor? —preguntó cortés.
—Claro que sí, señor —respondió el recién llegado, e hizo una reverencia, en reciprocidad con el saludo de Rick—.
Soy un recién llegado a Sídney. Me llamo George De Lancey, pasajero del C onway.
Y usted, supongo, es oficial de la marina.
—Señaló la lancha, que regresaba al Emu.
—Pero no será, confío, un extraño a quien no serviría de nada pedir indicaciones.
Rick se presentó.
—Ya no estoy en la Armada de Su Majestad, pero no soy un extraño, señor. ¿Adónde desea ir?
De Lancey sonrió. Era una sonrisa amistosa y agradable, y, al instante, Rick descubrió que le caía bien.
—He sido invitado a cenar en el comedor de oficiales del Cuadragésimo Sexto Regimiento, señor Tempest; por el coronel Molle, que creo que es el oficial al mando.
Le estaría muy agradecido si me pusiera en camino.
Me ha sido fácil encontrar la residencia del gobernador y acabo de dejarle unas cartas a Su Excelencia, pero debo confesar que ahora estoy perdido. ¿El comedor está lejos de aquí?
—No está lejos en absoluto, señor De Lancey. Lo acompaño.
El coronel Molle, pensó Rick mientras daban juntos el paso, no había perdido el tiempo.
El pasajero del Conway era un caballero de cierta enjundia, no había duda.
Era el tipo de hombre que Molle estaría deseoso de reclutar para la facción elitista.
Los oficiales del Cuadragésimo Sexto tenían órdenes estrictas de no permitir que ningún emancipado cruzara las puertas de su comedor ni se sentara a la mesa con ellos, e incluso los comerciantes y armadores ricos, como Simeon Lord, habían sido excluidos por orden del coronel.
La única excepción era el baronet irlandés sir Henry Brown Hayes.
Según Molle, el delito de ese hombre, quien había sido acusado de raptar a una muchacha cuáquera, debía ser más motivo de felicitación que de censura.
Conocedor ya de las tortuosas costumbres de la sociedad de Sídney, Rick no habló de los prejuicios de Molle mientras bordeaban la residencia del juez general y la casa que el juez Jeffrey Bent tenía designada, antes de cruzar el arroyo Tank y salir a la calle George.
En lugar de eso, iba señalando puntos de referencia y respondiendo a las preguntas de su compañero.
De George De Lancey no supo más que había sido oficial de caballería, como había supuesto, y que había servido en la campaña peninsular.
Se separaron tras una amistosa despedida al borde del patio de armas del Cuadragésimo Sexto Regimiento.
Los dos expresaron sus esperanzas de volver a verse pronto.
Rick partió hacia la calle Pitt y, al llegar a casa de su hermana, se encontró con que el rito femenino seguía en marcha y su presencia allí era motivo de vergüenza.
Un poco disgustado, comió solo y se retiró a la cama.