Capítulo 6 #2
Sin embargo, la conciencia lo inquietaba mientras caminaba de regreso a la calle Pitt.
La certidumbre de que su hallazgo era oro de aluvión imponía una carga adicional de responsabilidad, y sentía ansias por compartirla.
Pero la casa de la calle Pitt se había transformado en un feudo mujeril en el que su presencia no era bienvenida, como supo de inmediato…
, porque a Katie la estaban vistiendo con su traje de novia.
Abigail estaba allí con Julia y Dorothea; Rachel Broome había ido desde Ulva para quedarse hasta el día la boda; y Jessica, con su hijo, habían llegado esa mañana. Al parecer, ella y Kate Lamerton ayudaban a la costurera a confeccionar el vestido.
—No esperábamos que volvieras tan pronto, Rick —le dijo Julia con brusquedad cuando se encontraron en el vestíbulo—, y estoy segura de que sabes que es de mala suerte que el novio eche un vistazo siquiera al vestido de la novia antes de la boda.
Rick, obligado a admitir que desconocía tal superstición, se dejó desterrar al jardín.
Se sentía desconcertado por el cambio que se había producido en esa chica.
Desde su llegada a Sídney, Julia se había mostrado brusca, incluso rencorosa, tanto con Katie como con él.
Al acercarse el día de la boda, empero, su actitud parecía haberse suavizado; hacia Katie, desde luego, y en un grado bastante menor, hacia él mismo.
Mientras salía al jardín de rosas que Frances Spence había creado con tanto esmero, pensó que, tal vez, el hecho de que Katie hubiera invitado a las dos Dawson a ser sus damas de honor había contribuido al reciente cambio de actitud de Julia.
Encontró a Dickon en el jardín, jugando con una pelota, y la cara del niño se iluminó al verlo. Rick le sonrió y tendió la mano para coger la pelota. Le habló con mímica y gestos elaborados:
—No nos quieren, Dickon, hijo, así que tendremos que hacernos compañía durante un tiempo.
Nada que al niño le importara. Rick se dio cuenta de que sentía un cariño desmesurado por el hijo de Abigail, a pesar de su minusvalía…
o, tal vez, a causa de ella. Dickon era un personaje fascinante, dotado de un carácter alegre, valentía y una belleza notable.
No le guardaba rencor a nadie, ni siquiera a Julia, que lo molestaba y se burlaba de él sin piedad.
Además, mientras acompañaba al pequeño grupo de Rick por la peligrosa carretera de Bathurst, había demostrado ser un jinete consumado, con unos conocimientos de espeleología que rayaban en lo insólito.
Con Winyara y otros miembros de su tribu, el pequeño Dickon se había sentido muy a gusto.
Parecía capaz de hacerse entender sin la menor dificultad.
Cazaba y pescaba con ellos y disfrutaba de tal intimidad con todos los aborígenes que hasta William Broome se había maravillado.
Esos días, él y Alex, el hijo de los Dawson, pasaban la mayor parte del tiempo en Upwey con Tim, mientras que Abigail dividía su tiempo entre Sídney y la granja…
, obligada, Rick lo sabía, por la aversión de Julia a la vida rural.
Dorothea, aunque más dócil que su hermana mayor, tendía a ponerse de parte de Julia en tales asuntos.
Abigail terminaba cediendo ante ellas con tal de mantener la paz.
Abigail había cambiado durante los últimos meses, incluso más que Julia, pero…
Rick arrojó la pelota para que Dickon volara tras ella.
La muerte de Lucy y la de Frances Spence, confirmada hacía tiempo, habían tenido un profundo efecto en su hermana.
Se había vuelto más… ¿qué? Más fuerte, sin duda, más consciente de su deber, acaso, tanto para con su marido como para con sus hijastros.
Todo eso la hacía parecer mayor que él, más madura, aunque era un año más joven.
¿Podría ser, incluso, una posible confidente con quien, en ausencia de Tim y Justin, compartir la carga de su trascendental descubrimiento?
Rick frunció el ceño y decidió no hacerlo. Abby, bendita ella, tenía bastantes preocupaciones propias. Y Tim Dawson llegaría en un día, más o menos, para asistir a la boda. También Justin, según le había dicho Jessica, pues no se esperaba que el Emu se detuviera por mucho tiempo en el río Coal.
Dickon recuperó la pelota y la lanzó de vuelta, pero a Rick se le escapó de las manos, puesto que su atención se había desviado del juego.
Riéndose de su propia torpeza, se agachó para sacar la pelota de entre los rosales.
Al enderezarse, vislumbró el pequeño y chispeante rostro de Katie en una de las ventanas superiores.
Ella no lo vio. Entonces, consciente de la orden de Julia, el joven apartó de inmediato la vista, pero esa imagen perduró y aceleró los latidos su corazón, porque, con el dorado cabello entrelazado en la corona de flores que llevaría el día en que se convirtiera en su esposa, la chica lucía tan encantadora como deseable.
Dios, pensó Rick, ¡qué afortunado era de haberse ganado ese cariño, de tomar a Katie por esposa!
Su amor era tan profundo y apasionado, y sí, también celoso, que los próximos días, los días de la espera, se le harían interminables.
Pero… Dickon estaba a su lado, dándole golpecitos en el brazo y haciéndole señas.
Bajo la suposición de que el niño le estaba reprochando haber interrumpido el juego, levantó la pelota y se preparó para lanzarla, pero Dickon negó con la cabeza, corrió hacia el límite del jardín e hizo un gesto emocionado hacia la cala.
Rick fue detrás de él y vio que el Emu entraba en el fondeadero con los gavieros recogiendo velas.
—¡Muy bien, Dickon! —exclamó—, pero ¿cómo diablos sabías lo ansioso que estaba por ver llegar ese barco en particular?
El cañón de señales empezó a disparar la salva de rigor.
Dickon, aunque era incapaz de oír el estampido, sonreía encantado y murmuraba algo.
Rick solo pudo adivinar que el chico compartía su placer al ver el barco del rey.
El Emu , conducido con desenvoltura, echó el ancla a poca distancia del Kangaroo y, unos minutos más tarde, ya se estaba arriando la chalupa del capitán.
Eso era por el capitán Jeffrey, conjeturó Rick perspicaz, que ejercía su prerrogativa de oficial superior y convocaba a James Forster a presentarse ante él.
Y eso significaba que Justin, como primer teniente del Emu , tendría que permanecer a bordo.
Rick le dio a Dickon un abrazo de despedida, señaló el Emu a modo de explicación y salió corriendo hacia el muelle del gobernador. La lancha del capitán del puerto le llevó hasta el recién llegado barco del rey y, tal como había esperado, encontró a Justin en su alcázar.
—Vienes de prisa, Rick —lo saludó Justin—, espero que no sean malas noticias.
Sin dejar de pensar en la pepita que llevaba en el bolsillo, Rick negó con la cabeza.
—No, me alegra decir que es al revés. Necesito hablar contigo, Justin, y, en estos momentos, la casa de mi hermana no es el lugar adecuado para una conversación seria. A mi novia le están haciendo allí las pruebas del vestido. Y la ayudan, entre otros, tu mujer y tu hijo.
—Hablemos entonces en mi camarote. —Justin alzó la voz—: Señor Mercer, tenga la amabilidad de relevarme de la cubierta, si es tan amable. —Después de haber dado unas cuantas órdenes enérgicas, señaló la escotilla principal.— Pase usted, señor Tempest.
En la intimidad del camarote de Justin, con un vaso de clarete en la mano, Rick se desahogó. Para probar sus afirmaciones, había puesto con cuidado la pepita sobre la manta del catre y, junto con ella, las piedrecillas de Katie.
—¿Y dices que no hay duda de que son de oro?
Justin había escuchado sin interrupción el relato del descubrimiento. Cogió la pepita y se quedó mirándola con un asombro inconfesable.
—Ninguna duda —le aseguró Rick. Repitió los detalles que le había proporcionado Hensall—. El tipo conoce su oficio, a pesar de que tiene algo de pícaro. Es oro aluvial, Justin, de gran calidad, pero no puedo decirte el valor de la pepita, porque me pareció prudente no dejar que Hensall la viera.
Justin asintió con aprobación.
—¿Se lo has contado a alguien más? ¿Has informado de tu hallazgo al Gobernador?
Rick negó con la cabeza.
—No he podido ver al gobernador, aunque esta tarde he ido con la intención de informarlo. La señora Macquarie ha tenido un accidente con su carruaje…
Explicó lo sucedido y vio que su amigo fruncía el ceño.
—¿Sabes, Rick? —dijo Justin tras una pausa pensativa—, no creo que debas decírselo a nadie en absoluto, ni siquiera a Su Excelencia, hasta que estemos seguros de la extensión de los yacimientos.
Esto podría causar problemas inmensos. Tendríamos a todos los malos de la colonia, fugitivos, bushrangers y descontentos, buscando oro como desenfrenados por las nuevas tierras.
Rick se animó. Justin, reflexionó agradecido, era un tipo sensato y práctico, y lo que acababa de decir tenía mucho sentido.
—Yo había llegado a la misma conclusión —afirmó—, y por eso tenía tanta prisa por hablar contigo. Quería sugerirte que fuéramos a Pengallon los dos solos, lo antes posible, a investigar a fondo. El problema es que no sé de geología. ¿Y tú?
Justin se encogió de hombros.
—Aprendí algo de los científicos del Investigator , pero fue hace mucho tiempo, así que mis conocimientos están un poco oxidados.
No tengo ningún problema en reconocer las vetas auríferas, pero el oro de aluvión es otra cosa.
Aparte de encontrar pepitas como tú lo has hecho, me imagino que habría que lavar y tamizar la arena del fondo del río.
Eso no debería estar fuera de nuestro alcance, ¿o sí?
Si hay oro en el río Macquarie, lo encontraremos, Rick. ¿Cuándo podrías venir conmigo?
—Me caso el martes —Rick se ruborizó— y he quedado en pasar una semana en la granja del difunto señor Spence, en Portland Place. Katie quiere practicar la equitación y… Bueno, no me gustaría robarle días a nuestra estancia allí.