Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 6
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Capítulo 6

Rick Tempest recorrió a paso ligero la corta distancia que separaba la casa de su hermana, en la calle Pitt, de la Casa de Gobierno, ansioso por llegar a tiempo a su cita con el gobernador.

Llevaba en el bolsillo, bien envueltos, los guijarros que Katie había encontrado en el río Macquarie.

Junto con estos, otro más grande que él mismo había encontrado oculto en una grieta de roca, a unas yardas de los primeros, río abajo.

El hallazgo lo tenía emocionado, pues no esperaba descubrir más que Katie; sin embargo, allí, depositada por alguna inundación de primavera u otoño, había una pepita del tamaño de una nuez.

Su suave esplendor amarillo se reflejaba a través del remolino de agua del río.

Se había esforzado en sacarla de ahí, cada vez más convencido de que no era oro de tontos, sino auténtico metal precioso.

No se lo había enseñado a nadie, ni siquiera a Katie, para no crear falsas esperanzas.

Tampoco había intentado que se la tasaran, ya que el único hombre en Sídney capaz de dar una opinión experta era un emancipado llamado Hensall, que trabajaba en la casa de la moneda.

Y Hensall tenía problemas con el gobernador.

Al pasar junto al centinela de las puertas de la Casa de Gobierno, Rick aminoró un poco el paso.

Le hubiera gustado que Justin Broome estuviera en Sídney para compartir la emoción (y la responsabilidad) de su hallazgo, pero el Emu había sido enviado a Newcastle justo antes de que el propio Rick regresara de Pengallon. No habían coincidido por solo veinticuatro horas.

Corrían rumores de que en breve se prescindiría de los dos barcos del rey y que el Kangaroo partiría casi de inmediato.

Aquella misma mañana, el viejo Silas Crabbe había ido a visitarlo con una historia de las malas relaciones entre el capitán Jeffrey y el gobernador.

La relación había llegado a un punto crítico, según había afirmado el piloto del Kangaroo, debido a que Jeffrey se negaba a que su barco estuviera haciendo recados que consideraba impropios de un navío de guerra de Su Majestad.

—La razón por la que no permitía al Kangaroo transportar relevos para la guarnición del río Coal no es difícil de encontrar —había dicho Crabbe con una risita seca—.

Estaba empezando a soplar un vendaval, señor Tempest, pero el comisario quería que trajéramos unas toneladas de carbón en el viaje de regreso.

Eso fue lo que el capitán usó como excusa, ¡pero lo que no quería era el vendaval!

El comandante Forster no puso ninguna objeción y llevó el Emu e nseguida.

Rick pensó que echaría de menos al viejo Crabbe, pero no derramaría lágrimas al ver el Kargaroo levar anclas y zarpar hacia Inglaterra.

Los únicos que de verdad lamentarían su partida serían los Bent, el coronel Molle y la mujer de este, con quienes el capitán Jeffrey y su esposa habían hecho una notable alianza durante su permanencia en la colonia.

Al llegar a la puerta de la Casa de Gobierno, se quitó el sombrero y levantó la ornamentada aldaba de latón. Un criado respondió a su llamada y, siguiendo instrucciones, lo hizo pasar al despacho de John Campbell.

—¡Ah, aquí está, Tempest! —El secretario parecía agitado.— No estoy seguro de que Su Excelencia pueda verlo, después de todo, pero… me informaré. ¿Es urgente el asunto?

—Es importante, señor Campbell —le aseguró Rick—, y tengo una cita, señor.

—Sí, sí, lo sé, pero… —Campbell se enjugó con un pañuelo la frente acalorada y vaciló, como si se preguntara si las circunstancias requerían o no una explicación.

Al final decidió que sí y prosiguió en voz baja—: Ha ocurrido un accidente de lo más desafortunado.

La señora Macquarie regresaba en su carruaje de una excursión cuando un niño ha salido corriendo delante de los caballos.

Big, el cochero, no ha tenido tiempo de refrenarlos y ha atropellado a la pobre criatura.

Ha muerto en el acto. Como puede imaginar, Tempest, Sus Excelencias están muy afectados…

La señora Macquarie no para de llorar. Ah…

, de verdad, no podría decir si Su Excelencia podrá recibirlo. Se lo preguntaré. Siéntese, por favor.

Rick ocupó la silla que le había indicado el secretario del gobernador, aunque dudaba entre irse o quedarse.

En efecto, podía imaginar la angustia de la señora Macquarie, una mujer bondadosa y de corazón apacible que amaba a todos los pequeños.

El hecho de que la víctima del accidente hubiera sido un niño estaría aumentando su desazón de una manera inconmensurable.

Era evidente que nadie la podía culpar de esa muerte, porque ella no iba conduciendo el carruaje, pero…

Esperó, dispuesto a aceptar que le pidieran que se marchara si el gobernador decidía cancelar la cita.

En algún sentido, la cancelación de la cita podía ser incluso deseable, decidió.

Su boda con Katie se celebraría en menos de una semana, por lo que no podría regresar pronto a Pengallon.

Pero tendría que volver, y con Justin, de ser posible, para hacer una investigación completa de las posibilidades que ofrecía su tierra, un estudio cuidadoso y con las herramientas adecuadas.

Era obvio que el descubrimiento de oro, en cualquier cantidad, haría innecesario llevar ganado a la concesión o cultivarla, y… ¡maldita sea, ambos serían ricos!

Los dedos de Rick se cerraron sobre el pequeño paquete que llevaba en el bolsillo del abrigo.

En caso de que el gobernador aplazara su cita, llevaría los pequeños guijarros al platero Hensall y obtendría su experta opinión sobre la naturaleza del material.

Se decía que el tipo era un granuja, pero no había nadie más a quien consultar, y, si era verdad que Hensall estaba en apuros, quizás se lo podría coaccionar para que mantuviera la lengua quieta, ya que no querría buscarse más problemas.

De hecho, acaso sería prudente, en todos los sentidos, retrasar la notificación de su hallazgo al gobernador, al menos hasta asegurarse de que los guijarros de Katie y su pepita eran de oro.

John Campbell regresó con aspecto ansioso. Rick, con una sensación de alivio, se levantó para ir a su encuentro.

—Lo siento —empezó el secretario—, Su Excelencia me ha pedido que le exprese sus disculpas, pero no puede recibirlo ahora. Habrá que organizar una investigación forense. Además, ahora mismo tengo que ir a dar el pésame a los padres del desafortunado niño. Yo…

—No tiene importancia, señor Campbell —le aseguró Rick—. No se me ocurriría entrometerme en un momento así.

—Concierte otra cita si lo desea, señor Tempest, pero… —Campbell se animó.— Está invitado a cenar con Sus Excelencias mañana por la noche, ¿verdad? ¿Con su hermana, la señora Dawson, y la señorita O’Malley?

—Así es, señor —confirmó Rick.

—Tendrá oportunidad de hablar con el gobernador entonces. ¿Eso le sirve?

—De manera admirable, señor. Gracias.

—Gracias, señor Tempest.

Campbell empezó a rebuscar entre los papeles de su escritorio, así que Rick no demoró más su partida.

Encontró a Hensall cuando estaba a punto de salir del trabajo.

Tipo pequeño, de ojos cautelosos y edad incierta, miró con recelo a su inesperado visitante y trató de excusarse, alegando un compromiso impreciso pero urgente.

Sin embargo, cuando Rick le dijo que le pagaría bien, su actitud cambió de inmediato a la obsequiosidad y aceptó de buen grado considerar el asunto como confidencial.

Hizo pruebas minuciosas de forma competente, aunque se quejó de que los guijarros eran demasiado pequeños.

Rick tuvo que resistir la tentación de sacar la pepita.

Hensall mostraba una curiosidad cautelosa.

Cuando escuchó el mandato brusco de que no se metiera en asuntos ajenos, guardó silencio y siguió trabajando, si bien un poco malhumorado.

Al terminar, guardó la balanza en un cajón y miró a Rick como tanteando las cosas.

—Es oro, señor —anunció por fin—, aunque, con muestras tan pequeñas, no hay mucho más que pueda decirle.

Y como usted no ha querido decirme de dónde ha sacado esto, ni siquiera puedo hacer conjeturas sobre la posibilidad de que encuentre más.

Podría hallar más, quizás no…, pero yo diría que el oro está ahí y que hay que ir a buscarlo.

Hizo varias preguntas sobre la naturaleza geológica del lugar del hallazgo, pero Rick las eludió. Luego de recibir el pago de la suma acordada, el hombrecillo sonrió y dio las gracias con bastante cortesía.

—Me alegra ver que salda su deuda en honrado dinero inglés, señor, y no en el mío.

—¿El suyo, señor Hensall? —exclamó Rick, sobresaltado. —¿Me está confesando que es un falsificador, entonces?

En los ojos turbios había extraños destellos de desafío.

—Para eso me ha enviado aquí el cerdo del juez —admitió el hombre—.

Pero lo que quiero decirle es que yo era quien trabajaba con los dólares españoles que trajo el Semarang .

Los convertí en dólares de mala calidad para que sirvieran de moneda legal.

Qué extraño, ¿no?, si uno lo piensa, señor.

En la maldita colonia penal de Nueva Gales del Sur me pagan por hacer aquello por lo que fui condenado en el viejo continente.

—Muy extraño —Rick accedió sin comprometerse.

—Y para colmo —continuó Hensall—, ¡después de que fui indultado, el maldito gobernador hace que me azoten sin juicio previo por invadir su precioso Dominio!

Pero le diré esto, señor, el General Marquarie vivirá para lamentar lo que ha hecho.

Enviaremos una petición al Parlamento para pedir justicia. Y…

—Creo —le advirtió Rick muy serio—, que es mejor que no diga más, señor Hensall. Hablar fuera de lugar sobre ese asunto o sobre el ensayo que acaba de emprender para mí lo meterá en más problemas de los que pueda concebir. Le deseo un buen día.