Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 5 #4
34%

Capítulo 5 #4

Los convictos […] no serán confinados ni castigados sin que para ello medie la autoridad del médico-superintendente.

El capitán y el oficial al mando de la guardia estar án obligados a obedecer las órdenes del médico-superintendente en lo que se refiere a los convictos, tal como se han de obedecer las órdenes de un magistrado civil cuando se dan para reprimir disturbios o para hacer cumplir la ley.

Al cabo de un rato, el ímpetu de su ira fue disminuyendo. Levantó la vista para encontrarse con la mirada preocupada de Campbell.

—Crees que estoy luchando contra molinos de viento, ¿verdad, John? —dijo.

—No, señor, nada de eso. —Campbell apretó los labios.

— Después de formar parte del tribunal de investigación del Conway, estoy tan convencido como su Excelencia que no se debe permitir que este estado de cosas continúe.

Los capitanes de la calaña de Barlow son la excepción, más que la regla, señor; y las condiciones en los transportes han mejorado, no hay duda.

Pero estoy de acuerdo con su propuesta de elaborar normas para que, incluso con un hombre como Barlow al mando, los prisioneros no sean tratados como estos que fueron puestos bajo su cuidado en este viaje.

Sus condiciones eran intolerables. Cuando el doctor Redfern hizo su inspección, señor, ¡declaró que no se habían instalado velas de ventilación y que no creía que se hubieran abierto las escotillas de aire durante meses!

—Ah, Redfern…, por supuesto —Macquarie pasó a través del escritorio la hoja de papel con su apretada escritura—.

Muéstrale estas notas, John, e invítalo a que las complete.

Es un médico muy competente. Dile que redacte un reglamento detallado y yo enviaré copias tanto a lord Bathurst como a los comisarios de transportes.

—Soltó un pesado suspiro.— También les enviaremos copias de las pruebas presentadas ante tu tribunal de investigación.

Tal vez, a la luz de esto, consideren mis propuestas con seriedad en lugar de pasarlas por alto.

—Con toda franqueza, espero que lo hagan, señor —respondió Campbell con gravedad. Recogió los papeles—. Me ocuparé del asunto de inmediato, a menos de que Su Excelencia me requiera por otro motivo.

El gobernador negó con la cabeza. Su cansancio era inusual, y se sentía fuera de sí, pero…

—Mi mujer no ha vuelto, ¿verdad? —preguntó.

—No, señor; no que yo sepa.

Macquarie hizo un esfuerzo por quitarse de encima ese cansancio.

—Entonces —decidió—, estudiaré el último despacho de lord Bathurst, John, y empezaré a redactar una respuesta.

¡Tengo en cuenta que la maldita petición de Jeffrey Bent le llegará, quizás, por el mismo correo!

Y, sin duda, como hice azotar a esos tres sinvergüenzas por invadir el Dominio, me acusarán de tiranía o algo peor.

No tengo ninguna cita para esta tarde, ¿verdad?

—Una a las cuatro y media, señor. —Entre disculpas, el secretario abrió el libro de compromisos que tenía cerca del brazo. El gobernador leyó el nombre y frunció el ceño—. ¿El joven Richard Tempest? ¿Qué demonios quiere? ¿Se lo ha dicho?

—No con precisión, señor, salvo que el asunto era de cierta importancia.

—Campbell vaciló un poco y luego añadió—: Tengo entendido que el señor Tempest ha regresado hace poco de la concesión de tierras en el río Macquarie, la que usted le asignó al teniente Broome, señor, y en la que se han asociado.

Me contó que había pasado allí varios días con el hermano y la hermana del señor Broome, además de su prometida, la señorita O’Malley.

El gobernador ahogó un bostezo. Sentía un cansancio tremendo, pensó, y se encontró deseando que Elizabeth no se demorara demasiado en su picnic y su paseo en carruaje.

Podrían reunirse los dos con el joven Tempest para tomar el té de la tarde y, tal vez, evitarle una larga entrevista.

Era posible que el muchacho estuviera deseando una concesión propia, adyacente a la de Broome, pero…

Hasta que las nuevas tierras estuvieran abiertas a la colonización, eso no sería posible.

Los agrimensores del gobierno tenían mucho que hacer en los mapas y mediciones, además de que había que mejorar la carretera antes de dar permiso para un asentamiento general.

Planeaba conceder cincuenta acres a ciertos solicitantes, fruto de una selección muy cuidadosa: gente que hubiera nacido en la colonia y tuviera experiencia agrícola demostrada. Ese era el plan que acariciaba.

Tempest podría participar en ese plan, por supuesto, llegado el momento. Era un joven admirable, con un buen historial de servicio naval. Sin duda, era el tipo de colono al que había que animar, con medios suficientes para compensar su falta de experiencia práctica en la tierra.

—Si prefiere aplazar la cita, señor —empezó Campbell—, puedo informar señor Tempest de…

—No, no. —El gobernador, resignado, negó con la cabeza.— Lo veré, pues ya está arreglado. ¿Tiene usted la última carta de su señoría?

—Está aquí, señor —El secretario le tendió la carta y se retiró.

Mientras pasaba por alto las corteses salutaciones, Macquarie sintió una punzada de fastidio.

Era una carta de una ambigüedad extraña.

Parecía respaldar las opiniones de Jeffrey Bent con respecto a los abogados emancipados al tiempo que condenaba a ambos Bent por la forma en que habían tratado de hacer cumplir la prohibición.

Sin embargo… Encontró la sección que buscaba:

Las protestas del Sr. J. Hart Bent contra el empleo de convictos en el confidencial encargo de abogados eran igualmente apropiadas.

No estoy dispuesto a sancionar su empleo en la colonia en ninguna circunstancia, fuera de las que existían en ese momento; a saber, que no había más que otro abogado en la colonia…

Y ahora ni siquiera ese existía, reflexionó Lachlan Macquarie, y soltó una risita seca.

Sin embargo, había destituido a Moore con razones suficientes para convencer a Bathurst, así como con cierta satisfacción.

Por lo tanto, la inesperada llegada de George De Lancey podría resultar providencial, ya que llevaría consigo la aprobación de la Oficina Colonial para emplearlo en la judicatura de la colonia.

Siguió leyendo. En un momento dado, decidió posponer su respuesta hasta que hubiera conocido al recién llegado.

Había otros asuntos aún más urgentes de los que informar al secretario colonial.

Buscó la carpeta, ahora abarrotada, con los diseños del arquitecto Greenway para un nuevo palacio de justicia y un faro en South Head. Y…

Maldijo en silencio ante las previsibles señales de deterioro: del techo de su despacho descendía una nueva lluvia de yeso hasta salpicar los papeles extendidos sobre su escritorio.

Aunque su residencia oficial se estaba derrumbando, lord Bathurst aún no había autorizado los fondos para su reparación.