Capítulo 5 #2
El gobernador arrugó el ceño. Había ordenado que un tribunal de investigación, presidido por el doctor D’Arcy Wentworth, magistrado jefe y superintendente de policía de Sídney, llevara a cabo una investigación.
Pero, ¡diablos!, se había olvidado de que John Campbell estaba designado, junto con William Broughton, para formar parte de la investigación.
Mientras el tribunal siguiera reunido, Campbell no estaría disponible para ayudarlo con los peticionarios de esa mañana.
Tendría que arreglárselas con su ayudante, Robinson, lo que provocaría confusiones y retrasos.
Michael Robinson era un buen poeta, además de licenciado por la universidad de Oxford, pero, por desgracia, no poseía el tacto de Campbell ni su memoria para los nombres.
En las ocasiones en que se le pedía que ocupara el lugar del secretario, Robinson casi siempre se dejaba vencer por el nerviosismo.
Irritado, Macquarie maldijo en voz baja.
Luego se dirigió a su despacho con cierta desgana.
Como había previsto, ya estaba asediado por una multitud variopinta e impaciente con la que Robinson estaba enzarzado en discusiones infecundas.
Se sentó en su escritorio en digno silencio y llamó al primer peticionario.
Al mediodía, para su alivio, John Campbell regresó y le anunció que el tribunal había completado la investigación y expresado sus conclusiones.
—Hay algunos asuntos que merecen la atención de Su Excelencia —añadió—, y el doctor Wentworth está ansioso por dárselos a conocer. Está aquí, señor, ha venido conmigo; así que, si lo recibe ahora, me encargaré de que el resto de los peticionarios vengan mañana a ver a Su Excelencia.
—Bien —aprobó el Gobernador. Añadió su firma a una solicitud de concesión de tierras y dejó la pluma—. Haz pasar al doctor Wentworth, John.
El médico jefe de la colonia entró con paso vigoroso.
Una cálida sonrisa iluminó su rostro cetrino cuando Macquarie se levantó para saludarlo.
Rondaba los cuarenta años, pero a pesar de su edad y de las numerosas responsabilidades que soportaba, D’Arcy Wentworth irradiaba energía y buen humor.
Al gobernador le caía bien, así que se empeñaba en invitarlo a los actos de la Casa de Gobierno.
Antes de que Wentworth pudiera hablar, dijo:
—D’Arcy, querido amigo, estoy a punto de almorzar. Espero que me acompañe.
—Gracias, señor, será un placer.
Miró a Campbell, a lo que el secretario dijo con fingida gravedad:
—Me he tomado la libertad de anticiparme a la invitación de Su Excelencia, doctor Wentworth. Tiene reservado un sitio en la mesa.
Pasaron juntos al comedor e intercambiaron cumplidos hasta que se sirvió el primer plato. Luego, cuando los criados se hubieron retirado, Macquarie preguntó con gravedad:
—¿Qué hay de esa investigación, D’Arcy? Supongo que ya la ha concluido.
—Sí, señor. —El doctor Wentworth dio detalles de los cargos y, con admirable brevedad, expuso las pruebas que había oído.
— El capitán del Conway , un tipo llamado Barlow, ha sido declarado culpable, por decisión unánime, de todos de los cargos que se le imputaban menos uno.
Ha sido exonerado del último: de que él mismo trató de provocar un motín entre los convictos.
Pero lo encontramos culpable de negligencia y extrema crueldad, ejercida en una variedad de formas hacia los reos no infractores.
Los prisioneros estaban cargados de hierros, confinados en una terrible estrechez y muy vigilados.
Barlow, señor, ordenó a los centinelas que abrieran fuego a través de las aspilleras de la puerta que conducía a las habitaciones de los prisioneros.
Se defendió diciendo que el médico del barco, Barnabas Shea, estaba siendo retenido como rehén por los convictos.
Shea fue asesinado de un tiro por uno de ellos; pero, según los prisioneros, cuyo caso fue presentado de forma muy competente y elocuente por uno de los pasajeros del Conway , un abogado de Lincoln’s Inn llamado George De Lancey, el cirujano recibió un disparo por error.
En medio de un forcejeo por su pistola, lo mató un joven convicto un poco retrasado, un tal O’Dowd.
—Wentworth consultó sus notas.— Ah, aquí está, señor: Christian O’Dowd. El primer oficial, que…
El Gobernador lo interrumpió.
—¿Ha dicho De Lancey? —preguntó.
—Sí, señor. —D’Arcy Wentworth volvió a hojear sus notas.— George De Lancey. Tenía una comisión en los Reales Dragones Británicos de Norte y luchó con ellos en Waterloo. Era capitán, al parecer, y…
De nuevo el gobernador lo interrumpió.
—Maldita sea, ¡debe de ser pariente de sir William De Lancey, el intendente general adjunto del duque! Según la lista de bajas que publicó Barden , sir William murió en Waterloo, pobre hombre. ¿Y dice usted que este De Lancey es ahora abogado?
—En efecto, sí —confirmó el doctor Wentworth, y sonrió—.
Si me permite sugerirle algo, gobernador, bien podría ser…
, ¿cómo decirlo?, la respuesta a nuestra crisis en el poder judicial.
El señor Garling ocupa de muy mala gana el cargo de juez general, a la espera de la llegada del señor Wylde, como usted sabe.
—El gobernador asintió pensativo y Wentworth prosiguió—: Hay otro héroe de Waterloo a bordo del Conway: el comandante de la guardia, un joven alférez llamado Dean, del regimiento del coronel Molle.
También declaró en defensa de los prisioneros, y lo mismo hizo el primer oficial, un tipo fiable, en mi opinión: Henry Fry.
Los sirvientes regresaron con platos nuevos. Wentworth aprovechó para poner sus notas en orden y pasárselas al gobernador.
—Quizá le interese echarles un vistazo, señor. —Señaló al secretario.— De hecho, ha sido John quien las tomó, así que estoy seguro de que estarán completas.
El gobernador Macquarie leyó esos folios tan minuciosos.
De vez en cuando exclamaba asombrado por lo que revelaban las pruebas.
Era espantoso, pensaba, que a un hombre como el patrón del Conway se le confiara el mando de un transporte de convictos.
En la mar, el capitán de un barco tenía autoridad absoluta, poder sobre la vida y la muerte.
Si abusaba de él, como sin duda había hecho Barlow, debía responder por las muertes causadas.
Que se fuera al demonio. Según el testimonio del alférez Dean, no solo había ordenado a los soldados disparar contra prisioneros indefensos y encadenados, hombres que solo buscaban alivio a las insoportables condiciones que se les habían impuesto, sino que había…
(Macquarie sacudió la cabeza con incredulidad) ahorcado a un hombre inocente por el asesinato del médico, un hombre que, como médico, había atendido a los heridos que el fuego de las tropas había dejado agonizantes. Y…
Siguió leyendo con creciente horror, sin tocar la comida.
Al parecer, Barlow había impedido toda comunicación entre su barco y las autoridades de tierra durante el tiempo que el Conway estuvo en el puerto de Hobart, bajo la excusa de que los prisioneros estaban infectados con una fiebre contagiosa.
El barco había sido puesto en cuarentena y enviado al fondeadero de la bahía Double, aunque no antes de que su cargamento de bebidas alcohólicas hubiera sido desembarcado.
Eso, en sí mismo, era otra mancha negra en el réprobo teniente gobernador, el mayor Thomas Davey, ¡qué tipo tan diabólico!
Y del mismo modo en Geils, el comandante de la guarnición de Hobart, quien, al parecer, también había testificado ante el tribunal de investigación del Conway , aunque solo había viajado en él de Hobart a Sídney.
Al concluir una cuidadosa lectura de las notas de su secretario, el gobernador las devolvió.
—El tribunal ha recomendado que el capitán Barlow y el sargento del Cuadragésimo Sexto…, el tal Holmes, ¿no es así?, sean mantenidos bajo arresto hasta que se les dé pasaje a Inglaterra, donde serán juzgados —observó—. ¿Esa recomendación ha sido unánime?
El doctor Wentworth miró al secretario Campbell y, antes de responder, esperó a que asintiera.
—El señor Broughton está convencido de que, en el estado actual de la judicatura, ese sería el mejor camino, señor.
El sargento podría enfrentarse a un consejo de guerra aquí, por supuesto, pero…
—Suspiró y dejó la frase sin completar. Tuvo el tacto de no mencionar al coronel Molle.
— Se acordó que el primer oficial, el señor Fry, recibiera el mando del Conway, pues el barco está contratado para regresar por Cantón, y que diera pasaje a los testigos que el tribunal seleccionara.
Pero nos pareció aconsejable que los dos acusados, Barlow y el sargento Holmes, no viajaran con él.
De cualquier modo, es usted quien debe decidir, señor, si acepta o no nuestra recomendación.
El gobernador hizo una mueca. Las experiencias pasadas le habían enseñado que, por motivos económicos, la Oficina Colonial Británica no veía con buenos ojos el envío a casa de personas acusadas de delitos en alta mar, aunque, desde un punto de vista técnico, solo los delitos cometidos dentro de la colonia estaban sujetos a su jurisdicción.
El caso del mayor Geils lo estaba, por desgracia, pero no el del inefable Barlow.
Miró a John Campbell y alzó las cejas en una pregunta tácita.
—En mi opinión, señor, el tribunal ha recomendado el mejor camino, dadas las circunstancias —dijo el secretario, y, como si el gobernador Macquarie hubiera expresado sus dudas en voz alta, añadió—: Entre los testigos seleccionados por el tribunal se encuentran un sacerdote, el hermano del desafortunado ahorcado, Patrick Fitzroy, y el oficial, el señor Fry, quien, en cualquier caso, regresará a Inglaterra.
Hemos tomado declaraciones juradas al señor George De Lancey y al alférez Dean.