Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 5
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Capítulo 5

El gobernador Macquarie se sentó a desayunar con su esposa y el pequeño Lachlan, su hijo de dos años. Sentía que las preocupaciones de su cargo se esfumaban con las risas del pequeño y el rostro radiante de su esposa.

Esto no duraría mucho. El gobernador era consciente de que, pronto, John Campbell, su devoto y eficiente secretario, entraría en el comedor para recordarle que había papeles de los que ocuparse, peticiones que escuchar y gente a la que ver.

Siempre había gente esperando para verlo: funcionarios, oficiales de la guarnición, ciudadanos particulares, colonos libres, colonos emancipados, convictos…

Una gran variedad de personas, cada una con sus problemas particulares, sus demandas y sus quejas.

Lachlan Macquarie pensó con pena que nunca había tiempo suficiente para estar con su mujer y su hijo, en cuya compañía podía relajarse y descansar.

Era cierto que la última semana la había pasado con ellos visitando el municipio de Liverpool y recorriendo las granjas y los nuevos asentamientos de la zona, pero ni siquiera allí había tenido tiempo libre.

Elizabeth y él se podían robar algunas horas para cabalgar juntos a una granja apartada o llevar a Lachlan con ellos en el carruaje, pero…

suspiró. Siempre había gente reclamando su atención en cualquier lugar adonde llegaran y siempre la había a la espera de su regreso, por breve que fuera su ausencia.

Y, al parecer, también crecía en toda la colonia el número de las personas a las que debía reconocer no solo como críticos y detractores, sino también como enemigos.

Enemigos que, con plumas impregnadas de veneno, enviaban cartas a Inglaterra, largos y despectivos informes a la Oficina Colonial y a sus influyentes patrocinadores en un intento de desacreditarlo y socavar su autoridad.

—Mira, querido Lachlan, cómo han mejorado los modales del chico en la mesa —le pidió Elizabeth con orgullo en la voz, y él, distraído por un momento de sus cavilaciones, esbozó una fina sonrisa al ver a su hijo manejar con habilidad el cuchillo y el tenedor.

El pequeño Lachlan era la niña de los ojos de su esposa y una fuente de tanto orgullo y felicidad que el gobernador no se atrevía a decirle que lo malcriaba.

—Te honra, mi amor —le dijo—, desde luego que sí.

Y era cierto. No hacía mucho que el niño solía tirar al suelo plato y cubiertos, en plena rabieta, si le quitaban la cuchara de cuerno y el utensilio que Elizabeth llamaba su «empujador». Miró a su hijo con complacencia.

—He pensado —dijo— llevarme a Lachie esta mañana a dar una vuelta en coche, y quizá de picnic. Si no vas a necesitar el carruaje ni al sargento Whalen, él podría acompañarnos y traer a su hijo Charley para que juegue con Lachie. Estarás ocupado todo el día, imagino.

—Sí, querida —confirmó abstraído el Gobernador—, así será. Pero no necesitaré a Whalen, así que llévatelo contigo para lo que necesites.

Elizabeth seguía hablando, enumerando las visitas que pensaba hacer en el camino, pero Macquarie, inmerso de nuevo en sus propios pensamientos, apenas la escuchaba. Solo cuando mencionó a Eliza Bent hizo un comentario de desaprobación.

—Me temo que no es prudente, ¿verdad, querida?

Ya sabes en qué condiciones estoy con su diabólico cuñado, que sigue desafiándome y burlándose de mi autoridad de todas las formas que se le ocurren.

Maldita sea, Elizabeth, oíste lo que Dwyer y Cullen dijeron ayer: el juez Bent y su amigo íntimo, el reverendo Nicholas, volvieron a negarse a pagar cuando entraron en la autopista.

De hecho, Bent amenazó a la gente. Sostuvo que no pagaría peaje y que, si no lo dejaban pasar, ¡los mandaría a la cárcel!

No tiene derecho a exigir la exención de un gravamen que todos los demás en la colonia tienen que pagar.

—Pero la pobre Eliza es viuda, Lachlan —le recordó Elizabeth—. Es viuda y está enferma; y, con todos esos niños pequeños, está preocupadísima. Después de todo, no es responsable del comportamiento de su cuñado.

—Comparte la casa con él —señaló con acritud el gobernador—.

Una residencia oficial, por cierto, a la que ni ella ni Jeffrey Bent tienen ya derecho.

Es la residencia del juez general y el juez general está muerto, ¡y su hermano se ha negado a presidir el tribunal supremo durante los últimos seis meses!

En el próximo correo, si Dios quiere, recibiré instrucciones de lord Bathurst para relevarlo de su cargo.

En verdad, Elizabeth, querida, preferiría que no hicieras una visita social a la señora Bent.

Ante un resentimiento tan frío, Elizabeth cedió.

—Muy bien, querido —aceptó—, si tanto te importa, no iré.

Más tarde enviaré a Joseph Big con unos pequeños regalos para los niños.

—Se levantó y se inclinó para besar a su marido antes de coger al pequeño Lachlan entre sus brazos.

— Trata de no trabajar demasiado, querido.

Piensa en tu salud. Debes reservar energía, por mi bien, Lachlan, y el del niño. Te necesitamos y te queremos.

El gobernador la vio marchar con el niño encaramado en sus delgados hombros, feliz. Cuando la puerta se cerró, exhaló frustrado.

¿Cómo no trabajar demasiado si nunca había tiempo suficiente para hacer todo lo que había que hacer?

, se preguntó con amargura. ¿Cómo podía pensar en su cada vez más frágil salud, cuando rara vez podía permitirse más de una o dos horas para relajarse?

Su temperamento se resentía, al igual que su cuerpo envejecido, sobre el que un largo servicio en la India se estaba cobrando un alto precio.

Sabía que se estaba volviendo irascible y que era muy fácil de provocar.

Actuaba por impulso y, sí, quizás a veces era más autocrítico de lo debido, pues eso daba a sus enemigos nuevas oportunidades para atacarlo.

Tenía por delante cierto incidente en el que había decidido involucrarse un odioso joven clérigo, el reverendo Benjamin Vale. Las repercusiones aún lo atormentaban. El gobernador Macquarie rellenó su taza de café y repasó los detalles con el ceño fruncido.

En febrero, un buque mercante estadounidense, el Traveller, había llegado a puerto con mercancías consignadas a un comerciante de Sídney procedente de Cantón.

La guerra con los Estados Unidos había terminado y se había firmado un tratado de paz.

Puesto que no había recibido nuevas instrucciones del gobierno de su país, había autorizado la entrada del barco y se había ido de gira.

Pero, en su ausencia y con la ayuda de William Henry Moore, el único abogado libre de la colonia, el capellán Benjamin Vale del Cuadragésimo Sexto Regimiento se armó con una orden de arresto y procedió a detener al Traveller , el cual reclamó como premio legítimo.

La orden, por supuesto, había sido redactada y firmada por Jeffrey Bent…

, y Bent había intentado que se convocara un tribunal del Almirantazgo para legalizar la reclamación.

Pero el coronel Molle, por una vez a favor del gobernador, no se había atrevido a cumplir la demanda de Bent y había tomado medidas para poner fin a la detención. Al capitán estadounidense se le había dado permiso de entregar sus mercancías y abandonar el puerto y…

El Gobernador frunció el ceño. Ordenó entonces que Benjamin Vale fuera sometido a un consejo de guerra.

El tribunal lo declaró culpable de los cargos y lo condenó a ser reprendido de una forma muy severa y en público.

El joven y arrogante capellán declaró que había sido tratado de una manera muy injusta y amenazó con abandonar la colonia.

Eso, por supuesto, se recordó Macquarie, habría sido más motivo de alivio que de pesar.

Había hecho oídos sordos a las amenazas de Vale, así como a las expresiones de furia de Moore cuando el abogado quedó destituido del cargo de procurador de la Corona por haber participado en el decomiso.

Pero, en un momento diabólicamente inoportuno, semanas después de que el Traveller hubiera partido del puerto Jackson, llegó un despacho de la Oficina Colonial.

Eran órdenes oficiales en el sentido de que los barcos estadounidenses no podían comerciar con ninguna colonia británica.

El gobernador dejó su taza vacía. La mano le temblaba por la indignación reprimida.

Moore no tardó en lanzar una petición en su nombre y en el de Vale, a quien definía como su «cliente», y la dirigió a la Cámara de los Comunes.

Esa infame reclamación estaba redactada por Jeffrey Bent, aunque en nombre de Moore.

Habían conseguido firmas para respaldarla; en su mayoría, de asiduos a las tabernas en plena borrachera.

Era de suponer que pronto estaría de camino a Inglaterra.

Había escrito a lord Bathurst para explicarle lo ocurrido, pero…

, en los últimos tiempos, Bathurst había mostrado cierta incredulidad.

Si esa infernal petición llegara a presentarse ante los Comunes, siempre existía el peligro de que algunos miembros del Parlamento dieran crédito a tan escandalosas y maliciosas acusaciones.

Y de pronto, como si el asunto del Traveller no fuera suficiente, había otro barco en la cala, el transporte Conway, cuyo capitán había ahorcado a tres convictos por amotinamiento.

El oficial al mando de la escolta y un pasajero civil, que también era abogado, habían presentado en conjunto acusaciones de extrema crueldad y brutalidad.