Capítulo 4 #5
—Sí —concedió Justin a regañadientes—. Yo estaba allí, señor. Pero… —Inhaló. En su memoria pasaban las filas cubiertas de rojo del Cuerpo del Ron, marchando a bayoneta calada hacia la Casa de Gobierno, con sus estandartes ondeando y el coronel Johnston cabalgando a la cabeza.
Solo la hija del gobernador Bligh, Mary Putland, había tenido el valor de desafiarlos y negarles la entrada; y los había enfrentado sin más armas que una ridícula sombrilla.
La habían hecho a un lado mientras las hogueras preparadas de antemano cobraban vida, mientras los pífanos y tambores marchaban al ritmo de The British Grenadiers, casi como una burla, mientras se alzaban las voces que gritaban «¡abajo el tirano! ».
—Por el amor de Dios, señor —estalló—. Supongo que no se imagina que el regimiento del coronel Molle se rebelará. ¿Por qué…?
—No, por supuesto que no. Pero hay formas más sutiles de lograr el mismo fin, me temo.
—James Forster se detuvo junto a la barandilla de estribor y miró el amplio puerto bajo la oscuridad, a través del agua iluminada por la luna.
Continuó, con un brusco cambio de tono—: Cuando estábamos en Rio, recibí una oferta de la marina brasileña.
Me ofrecieron el mando de un setenta y cuatro, Justin, y la oferta sigue en pie.
En aquel momento no se me ocurrió aceptar, ya que pensaba establecerme aquí; pero nuestro tiempo en esta estación es limitado.
El gobernador Macquarie me ha dicho que la colonia no puede permitirse mantener al Kangaroo y a este barco en la estación durante mucho más tiempo.
Cuando el balandro Elizabeth esté listo para hacerse a la mar, se hará cargo de nuestras tareas.
—Se apartó de la barandilla para mirar a Justin con los ojos de pronto brillantes.
— El Kangaroo zarpará primero, y nosotros no mucho después. Un mes…, seis semanas, quizás.
—Sí, señor —reconoció Justin, recuperado de su desconcierto—. El Elizabeth había sido construido en los astilleros de Robert Campbell con materiales enviados desde Inglaterra, lo que estaba retrasando su finalización. Pero él sabía que estaba casi listo para ser equipado.
Era mucho más pequeño que los dos barcos del Rey a los que, al parecer, estaba destinado a sustituir.
Se trataba de un bergantín de diseño similar, aunque de solo ciento veinte toneladas de carga y troneras para seis cañones de nueve libras.
Contaría también con un único cañón de proa de treinta y dos libras, que aún no había sido enviado.
Pero, desde hacía tiempo, Justin admiraba sus elegantes líneas y el cuidado y habilidad que se estaba poniendo en su construcción.
Suponía que sería adecuado para su tarea, siempre que estuviera bien tripulado.
Hasta el momento no se había elegido a ningún oficial para comandarlo. Se preguntó si el gobernador se lo habría ofrecido a James Forster.
—¿Usted —preguntó con timidez—, tiene la intención de unirse a la Marina de Brasil, señor, después de todo?
—Sí —respondió Forster con nítida decisión—.
Aunque te confieso que apenas hoy he tomado esa decisión.
Ha sido nuestra charla de esta tarde con Hayes la que me ha hecho llegar, por fin, a la conclusión de que no estoy hecho para convertirme en colono.
Y esto me lleva a ti. Eres un buen oficial, Justin, y un buen marinero.
William Case no exageraba cuando me dijo que posees cualidades excepcionales que, en su opinión, es poco probable que obtengan la recompensa que merecen si te quedaras aquí. Así que… ¿te gustaría venir conmigo?
—¿Yo…?, ¿ir con usted, señor? ¿A Brasil?
—Así es: volver a Inglaterra en el Emu, entregar el barco y luego ir a Rio juntos. Tú como primer teniente de mi setenta y cuatro. Me permitirán elegir a mis propios oficiales, y varios de nuestros compatriotas ya están sirviendo bajo la bandera portuguesa. La mayoría son buenos hombres.
Justin reconocía la oferta como generosa y halagadora.
No se la esperaba, aunque, al mirar atrás y recordar su conversación, se dio cuenta de que James Forster había estado preparándola desde que subieron a cubierta.
Empezó a dar las gracias, pero el comandante le hizo un gesto para que guardara silencio.
—La paga es excelente, y habría alojamiento para tu mujer y tu hijo.
Podríamos llevarlos a Inglaterra con nosotros.
—Forster entró en detalles.— Caramba, ¡bien podrían darte su propio setenta y cuatro en un año o dos y acabarías como almirante!
Sería una buena carrera, Justin, como espero hacer la mía.
—Sí, señor —repitió Justin, no muy convencido.
—Antes de que te decidas —continuó el capitán d el Emu— , estoy obligado a decirte que hay una alternativa: el mando del buque colonial Elizabeth.
Por recomendación mía, y la daría de todo corazón, creo que podría ser tuyo.
El gobernador Macquarie nos mencionó la posibilidad tanto al capitán Jeffrey como a mí.
Jeffrey fue…, bueno, algo tibio en su reacción, y yo, entonces, no te conocía.
Le dije al Gobernador que, a nuestro regreso a Sídney, lo informaría sobre tu idoneidad para el nombramiento.
Jeffrey lo quiere para uno de sus oficiales; un tal Meredith, me parece, pero estoy seguro de que el gobernador Macquarie preferiría que lo tuvieras tú.
—Sonrió.— Y yo también, salvo que me temo que sería un callejón sin salida para un hombre de tu capacidad. No podrías avanzar más, Justin.
—Yo… no sé qué decir, señor. De verdad, yo…
Se había quedado sin palabras. El mando del Elizabeth, pensó aturdido…
¡Dios del cielo!, ¡eso estaba por encima de sus sueños más osados!
El comandante Forster lo consideraba un callejón sin salida, pero ¿cómo verlo desde esa perspectiva?
Podría terminar sus días sin ascender de rango, sin haber recibido nunca una promoción, sin volver a tener otro mando, pero…
¿No estaba allí su hogar, en Australia, según el nombre oficial con que el gobernador Macquarie designaba estas tierras?
Recordó las palabras de su madre, susurradas mientras agonizaba a la vista de los nuevos campos más allá de Bathurst:
¡Solo imaginad lo que esto significará para vosotros y para toda la colonia! Pensad en los rebaños y manadas que sustentará esta tierra, en las cosechas que aquí podrán cultivarse. Miradlo, hijos, porque lo que se extiende allá abajo es vuestro futuro. Es para que vosotros construyáis aquí.
Consciente de que, al evocar esas palabras, se le estaba haciendo un nudo en la garganta, Justin recuperó la compostura en un suspiro.
Se recordó a sí mismo que él y Rick Tempest tenían una porción de aquellas tierras.
Si alguna vez le fallara la mar, le quedarían los exuberantes pastos y las colinas boscosas más allá de la barrera de las montañas Azules, en cuya existencia su madre había creído con fervor durante toda su vida…
Tierras que, por cierto, él mismo había ayudado a descubrir.
Rick tenía planes de llevar a su prometida a ver el emplazamiento de la granja que pretendía construir en ese terreno; de hecho, era probable que estuvieran allí en ese momento, o bien ya de regreso con William y Rachel, haciendo planes para el futuro.
Planes que lo incluirían a él… Justin se volvió hacia su comandante con la decisión tomada, igual que Forster la había tomado unos minutos antes.
—Es muy amable por su parte, señor, ofrecerme la oportunidad de acompañarlo a Brasil. Le estoy profundamente agradecido y ojalá pudiera aceptar, porque no hay nadie a quien preferiría servir más que a usted, créame. Pero yo…
—¿Pero eres un chico de la moneda? —sugirió James Forster—.
¿O tal vez debería llamarte australiano?
Está bien, teniente Broome, lo entiendo.
La colonia necesita hombres de tu sello para contrarrestar a los que hacen todo lo posible por destruirla.
Y los visionarios valientes y bienintencionados como el gobernador Macquarie necesitan apoyo.
—Sonrió y volvió a posar una mano amistosa en el hombro de Justin.
— No fingiré que no lo siento, pero haré todo lo que esté en mi mano para que te otorguen el mando del Elizabeth.
Bueno… —ahogó un bostezo—, me voy a acostar, creo.
Procura que me llamen a la hora habitual, por favor.
—Sí, señor. —Justin se tocó el sombrero.— Y gracias, señor, más de lo que soy capaz de expresar.
La sonrisa del comandante Forster se expandió en una extraña mueca infantil.
—No me cae muy bien el capitán Jeffrey —confesó—, y no me gusta en absoluto el joven Meredith. Con toda franqueza, ¡creo que al Gobernador tampoco le cae bien! Me parece que puedes dar por hecho que te darán el E lizabeth, Justin. Buenas noches.