Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

—Soy el hombre más afortunado de Hobart —afirmó radiante—. Mi encantadora Sarah es un premio… ¡que solo podría igualado aquella que me has robado, Justin, amigo mío! Confío en que le darás recuerdos a Jessica.

—Con mucho gusto —le aseguró Justin.

Hablaron de amigos comunes de Sídney mientras el camarero retiraba los restos de la comida y el comandante Forster ofrecía oporto y puros. No hizo ningún intento por interrumpir las remembranzas hasta que Damien empezó a hablar de las noticias que acababa de recibir de Inglaterra.

—Mi buen amigo y mentor, el señor Deighton, del Chronicle, me ha dicho en su última carta que el señor Macarthur está buscando una dispensa de la Oficina Colonial y regresar a Sídney. Y el señor Deighton cree que lord Bathurst estaría dispuesto a otorgársela.

—¿Macarthur? —intervino James Forster—, ¿el infame John Macarthur, del que todavía se oyen las historias más descabelladas? ¿No fue él quien tramó la rebelión del Cuerpo del Ron y urdió la caída del almirante Bligh?

—El mismo, señor, sí.

—¿Y lord Bathurst está dispuesto a permitirle regresar? Cielos, después de todo lo que hemos hablado de corrupción en las altas esferas, señor Hayes, ¡habría supuesto que el caballero no sería bienvenido! Sobre todo, para el gobernador Macquarie, que es el más recto de los hombres.

—Supongo que no se lo han preguntado a Su Excelencia —dijo Damien con acritud deliberada—.

El coronel Johnston, a cuyo consejo de guerra asistí antes de salir de Inglaterra, se convirtió en el chivo expiatorio, por supuesto.

Ahora bien, el señor Macarthur, como civil, solo puede ser juzgado en la colonia.

Ya lo ve, señor: mientras permanezca en Londres, estará a salvo.

Pero su esposa, la mayor parte de su familia, y todas sus propiedades están en Nueva Gales del Sur.

No es de extrañar que desee regresar. Y, aunque el pobre Johnston fue declarado culpable de todos los cargos y condenado a ser retirado del ejército, le concedieron el permiso de regresar, ¿no es así, Justin?

—Sí —confirmó Justin con rotundidad—, en el papel del simple señor Johnston.

Ahora lleva una vida ejemplar y útil con su mujer y sus hijos en Annandale, y el gobernador mantiene buenas relaciones con toda la familia.

—Sacudió la cabeza ante la oferta de Forster de otro vaso de oporto.

— Estaré de guardia en media hora, señor.

Y, si usted quiere que zarpemos con las primeras luces…

—Maldita sea, ¡téngalo por seguro! —exclamó Forster.

Encendió un puro nuevo e inhaló hondo antes de ofrecerle a Damien Hayes que rellenara su copa—.

Me siento incómodo en este lugar —continuó pensativo—; es como si estuviera sentado sobre un barril de pólvora, con ese borracho escandaloso de Davey dispuesto a encender la mecha que hará volar Hobart por los aires.

Mientras, el resto de Tierra de Van Diemen se sume en la anarquía.

¿Cómo se las arregla para soportarlo, señor Hayes?

Damien mostró una fina sonrisa.

—Haciendo campaña contra la corrupción sin parar, señor, y a favor de la destitución del comandante Davey. Y, si hemos de creer a mi amigo, el señor Deighton, la Oficina Colonial está a punto de nombrar a un coronel Sorrell en su lugar. ¿Ha oído algo al respecto?

Justin miró a su comandante. Andrew, recordó, había hablado del nombramiento del coronel Sorrell en confianza, pero… Vio que James Forster inclinaba la cabeza.

—Hemos oído rumores, señor Hayes, y… —Sonrió a Justin.

— Encontrará un aliado incondicional y leal en el capitán Hawley, el nuevo comandante de la guarnición.

Goza de la confianza del gobernador Macquarie y ha venido con instrucciones suyas.

Me imagino que las cosas podrían mejorar ahora que está aquí.

—¡Gracias a Dios! —exclamó Damien. Apuró su vaso y se levantó—.

Es hora de que me despida de usted, comandante, no sea que mi larga ausencia preocupe a mi esposa.

Cuando se queda sola por la noche, se pone nerviosa.

El asalto a la propiedad de su padre ha tenido, por desgracia, ese mal efecto.

Pero ha sido un placer y una fuente considerable de optimismo hablar con usted y con Justin.

Les agradezco que me hayan invitado a compartir su hospitalidad.

Justin lo acompañó hasta la plancha de embarque, donde se estrecharon la mano con afecto antes de que Hayes descendiera a la lancha que lo esperaba.

—No olvides, Justin, darle mis saludos a tu encantadora Jessica. Y, aunque con retraso, te felicito por tu nombramiento en la marina. Espero volver a verte uno de estos días si tus deberes navales te lo permiten.

—Comparto esa esperanza —dijo Justin—. ¡Que te vaya bien, Damien!, y que Dios te acompañe.

La lancha se alejó y pronto se perdió de vista en la oscuridad. Justin relevó a los tripulantes y presenció el cambio de guardia. Su joven segundo, el teniente Mercer, fue a las cubiertas inferiores entre bostezos.

Al cabo de un rato, para su sorpresa, el comandante Forster se le unió en cubierta.

—Caminemos un poco —sugirió—. Su amigo Hayes me ha dado mucho que pensar.

—¿Ah, sí, señor? —Justin se puso a su lado.

James Forster, reflexionó, le caía bien.

Habían entablado una amistad basada en el respeto y la confianza mutuos que cada vez valoraba más.

A diferencia del arrogante capitán Jeffrey, Forster era un comandante ejemplar, muy estricto en lo que se refería a la disciplina y la eficacia de su barco, pero no castigaba con severidad las faltas leves ni exigía lo imposible a sus hombres.

El Emu , como había afirmado Forster en su primer encuentro, era un barco feliz, y el capitán gozaba de la estima de su compañía.

Justin recordó que eso era algo de lo que, sin duda, el capitán Jeffrey no podía complacerse.

—Quizás no sepa —dijo James Forster mientras completaban una vuelta por el alcázar del bergantín— que he venido a esta colonia con la idea de seguir el ejemplo de Rick Tempest y convertirme en colono.

—¿Usted, señor? —Justin se detuvo de pronto para mirar con incredulidad el rostro ensombrecido de su capitán.— Usted es comandante y tiene todas las posibilidades de ser ascendido en su próximo mando. Estoy seguro de que no tendrá contemplado abandonar su carrera a estas alturas.

—Mi carrera en la Armada del Rey está en ruinas, Justin, hijo mío —respondió pesaroso el capitán del Emu, rompiendo las formalidades—.

Quedó destruida cuando perdí mi barco a manos de un maldito corsario yanqui que se negaba a creer que la guerra había terminado.

Yo tenía órdenes de no disparar contra la bandera americana, así que no tuve más remedio que rendirme…

O eso supuse. Pero Sus Señorías pensaron diferente.

Puedes creerlo o no, Justin, pero, cuando nuestros antiguos colonos nos liberaron y regresé a Londres, ¡me acusaron de cobardía frente al enemigo!

Conmocionado, Justin seguía mirándolo sin pestañear, apenas capaz de creer lo que sus propios oídos le estaban revelando.

—¿Lo castigaron por cobardía, señor?

—No. Dadas las circunstancias, no podían.

Sin embargo, me dejaron claro que, cuando expirara mi actual nombramiento, no debía esperar ningún otro mando marítimo.

Por lo tanto, no recibiré ningún ascenso y, como no me apetecía mucho el servicio de guardacostas ni el mando de un barco de reclutas en el Támesis…

Forster reanudó su paseo por la cubierta. Tras una momentánea vacilación, Justin lo alcanzó.

¿Por qué, se preguntaba, su comandante le estaba contando esto?

Sabía que el Emu había sido capturado cuando se dirigía a Nueva Gales del Sur.

Hacía mucho tiempo de ello y, a pesar del cese de las hostilidades con los Estados Unidos, en Sídney se había hablado y lamentado mucho que un barco estadounidense lo hubiera hecho prisionero.

Pero el propio Forster nunca había hablado del asunto. Se aventuró, inseguro:

—¿Todavía tiene intención de establecerse aquí, señor?

—¡No, por Dios, no! —Fue una respuesta rotunda.— Después de lo que he visto y oído, es lo último que haría. Admiro al gobernador Macquarie más de lo que puedo decirte, pero temo por su futuro, como gobernador y como hombre. Se ha echado encima enemigos, Justin, y no descansarán hasta arruinarlo.

—También ha hecho amigos, señor —replicó Justin—. Muchos más amigos que enemigos.

—Sí, amigos sin poder ni influencia, amigos que carecen del patrocinio del que disfruta el disipado y pícaro Davey.

Los amigos de Macquarie son los pobres diablos de los emancipados, ¿no?

Y, ¿cómo llaman a los de tu clase?, los niños de la moneda como tú, muchacho.

—El brazo alrededor del hombro de Justin despojaba las palabras de Forster de toda malicia.

El joven oficial no se ofendió, aunque sintió que el color le subía a las mejillas, como siempre que le aplicaban ese mote.

—Ahora somos muchos —se defendió.

—Lo sé, y sois la columna vertebral de la colonia, de cuyo sudor y trabajo depende la futura prosperidad.

La otra facción, los malditos elitistas, tienen como único interés amasar fortunas, y no les importa el modo.

—El comandante Forster se encogió de hombros y su tono se volvió abrasivo.

— Para el gusto de esa gente, Macquarie es demasiado honrado, Justin.

Por el amor de Dios, mira a los Bent, mira a Molle y a sus intrigantes oficiales advenedizos, ¡considera el daño que ya han hecho!

Y también las historias que, a sus espaldas, le están contando a la Oficina Colonial.

Recuerda cómo otros de la misma calaña destruyeron al almirante Bligh.

Demonios, muchacho, tú estabas allí cuando lo destituyeron, ¿verdad?