Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Una vez cerrada la puerta de la taberna, Forster se alejó calle abajo a paso rápido, como si estuviera ansioso por dejar atrás la visión y la voz del teniente gobernador de Hobart. Andrew puso una mano en el brazo de Justin para pedirle que se detuviera.

—Creo —dijo con desconsuelo— que lo mejor será que empiece de una vez con mi poco envidiable tarea, Justin.

No tiene sentido posponerla, ¿verdad? Iré a los barracones y echaré un vistazo a mi nuevo mando, a los oficiales en particular.

Preséntale mis disculpas a tu capitán, por favor. Os veré a los dos antes de que zarpéis.

Se alejó a grandes zancadas, rumbo a los barracones y al brillante y desierto patio de armas.

Sin palabras, Justin se afligió por él. Reflexionaba, no obstante, que, si alguien podía salvar ese hermoso y mal gobernado lugar de la ruina, ese era Andrew, y, tal vez, con la ayuda de Dios, encontraría alguna oportunidad…

, siempre que Davey no parara de beber ni de desvariar y lo dejara en paz.

Cuando Justin alcanzó a James Forster, este ya se había calmado.

—Davey ha hablado muy poco del Conway, Justin; solo ha mencionado que el predecesor del capitán Hawley había viajado en él, ¿te has dado cuenta?

Ni una palabra sobre un motín. Yo tenía la intención de preguntárselo, pero…

—Se encogió de hombros.— Es posible que lo haya olvidado todo, como olvida la mayoría de las cosas.

Busquemos a tu corresponsal del Chronicle y veamos qué puede decirnos.

La oficina del Hobart Chronicle era una casa pequeña, con una parte hecha de piedra, en la calle Liverpool.

Al parecer, era también la casa de su propietario.

La mayor parte de la habitación que daba a la calle la ocupaba una imprenta grande y anticuada, con un escritorio de redacción apretujado en una esquina y apilado con hojas impresas.

De la trastienda llegaba un apetitoso olor a cocina.

Pero el espacio, a pesar de lo congestionado, estaba limpio y bien iluminado.

A la llamada de Justin respondió una chica muy guapa, bien arreglada, con un vestido de cuadros y un delantal con volantes.

Hizo una reverencia a los visitantes antes de decir que no, con un movimiento de su rubia cabeza, a la pregunta de si Damien Hayes se encontraba en casa.

—Lo siento mucho, caballeros, mi marido está fuera.

Ha habido otra incursión de bushrangers en una granja de Harrowby y ha ido allí a investigar los daños.

Eso está a unas quince millas de aquí y no espero que regrese hasta la tarde.

Pero… Puedo darle un mensaje, si lo desean.

—Contempló los uniformes y sonrió.— Han venido en el barco del rey, por supuesto. ¿Son amigos de Damien?

—Lo conocí bien en Sídney —respondió Justin, que reflejaba la sonrisa de la chica.

Pensaba que a Damien le había ido bien. Tenía una esposa joven, encantadora y, lo que era obvio, inteligente, además de su propio periódico.

En su visita anterior con el Flinders , el periódico era una solitaria hoja semanal, impresa a mano y de escasa tirada, y no había ninguna señora Hayes.

Como si adivinara sus pensamientos, la muchacha, adornada de un hermoso rubor y evitando la mirada de Justin, reveló que llevaban casados solo tres semanas.

—Mi padre se llama Triffit —añadió—. Tiene una propiedad en New Norfolk.

En abril pasado, el famoso bushranger Michael Howe, ese que se hace llamar teniente gobernador de los bosques, le robó existencias y provisiones por valor de setecientas libras.

Así fue como conocí a Damien. Vino a investigar, como ha hecho hoy.

Así que algo bueno ha salido de la desgracia de mi pobre padre.

—¿Y los culpables no han sido detenidos, supongo? —dijo el comandante Forster, punzante.

La indignación venció la timidez de la moza.

—¡No! —respondió—. Howe lleva años suelto, al frente de una banda de más de veinte villanos.

Y lo único que ha hecho el gobernador Davey ha sido ofrecerles una amnistía: indultos gratuitos, señor, para toda la malvada banda, si accedían a regresar a Hobart en son de paz.

Les concedió siete meses de gracia y, por supuesto, se los tomaron como una licencia para saquear y robar a sus anchas, libres de cualquier castigo por sus fechorías.

Howe incluso secuestró a un soldado y lo usó para enviar un mensaje al gobernador, un mensaje de lo más insolente, señor, en el que lo amenazaba con enviarle algunos perdigones en la vieja barriga del mayor Davey.

Forster captó la mirada de Justin y suspiró.

—¿Y qué hizo el mayor Davey al respecto, señora Hayes?

La señora Hayes extendió sus pequeñas manos en un gesto de desesperación.

—Algunos de los soldados están aliados con esos granujas, dice Damien.

En lugar de perseguirlos, roban por su cuenta y culpan a los bushrangers.

El comandante Davey, quiero decir, el gobernador, habla de pedir más tropas a Sídney e implantar la ley marcial, pero no ha hecho nada.

Damien escribe artículos de fondo, lo insta a actuar, pero me temo que está perdiendo el tiempo…

, y también se está haciendo impopular. Los altos mandos no se dan por enterados; solo les interesa llevar agua a su molino.

Y el mayor Davey casi siempre está achispado.

Pero… —Se animó.— Damien ha enviado algunos de sus artículos al Chronicle de Londres.

Si el editor se decidiera a publicarlos, podría obligar a la Oficina Colonial a tomar medidas.

—Quizá, señora Hayes —dijo Forster sin convicción.

Sacó su reloj, frunció el ceño y se lo guardó en el bolsillo—.

No debemos robarle más tiempo y tenemos trabajo que hacer, pues mi intención es zarpar por la mañana.

Pero me gustaría hablar con su marido, si fuera posible.

Si regresa a tiempo, ¿le pedirá que cene con nosotros a bordo del Emu ?

—Por supuesto, señor —prometió la señora Hayes—, me aseguraré de decírselo en cuanto lo vea.

Y cumplió su palabra. Poco después del anochecer, Damien Hayes se presentó con aspecto acicalado y elegante. Llevaba un abrigo verde recortado, las mejillas recién afeitadas y la actitud despierta.

Durante la comida en el camarote de popa de Forster, habló con absoluta libertad del miserable estado al que había sido reducido el asentamiento durante los tres años de desgobierno de Tom el Loco Davey.

Completó el relato de su esposa sobre las depredaciones de los bushrangers con una vívida descripción de primera mano del asalto a la granja que había visitado aquella misma mañana.

—El señor MacCarty, propietario de la granja, ha intentado ahuyentarlos ayudado por cinco de sus peones armados.

Pero eran demasiados ladrones y todos llevaban mosquetes.

Los dirigía el propio Howe, ayudado por un aborigen a quien tiene empleado.

Lo llaman Mosquito y es un demonio sanguinario donde los haya.

Han matado a uno de los hombres. A MacCarty lo han herido, igual que a otros dos, y han saqueado el corral y la casa.

Después de maltratar a las mujeres con lujo de crueldad, se han internado en el bosque.

—Impactante —dijo el comandante Forster con genuino sentimiento—. Su esposa nos ha dicho que usted estaba haciendo campaña en su periódico para que se tomaran medidas drásticas contra estos granujas. ¿Ha servido de algo?

Damien Hayes negó con la cabeza. Miró a través de la mesa a Justin, que había estado escuchando en silencio el infeliz relato, y dijo con pesar:

—Justin podrá decirle, señor, que ya he intentado hacer campaña contra la injusticia y la corrupción por medio de artículos que envío a Inglaterra, al Chronicle de Londres.

En Sídney, Su Excelencia el gobernador Macquarie me dio su apoyo incondicional, pero aquí…

—Se secó la frente acalorada.— La corrupción que tenemos aquí, comandante Forster, es descomunal, y el gobernador Davey está en el centro.

Le digo, señor, que no solo es disipado y despilfarrador en su vida privada, sino que está al tanto del contrabando de grandes cantidades de licor y lo sanciona ¡para su propio beneficio!

El último transporte de convictos que hizo escala aquí, el Conway, desembarcó todo lo que llevaba el bandido de su patrón.

No sé cuánto, pero sí sé que tardó dos noches en descargar, y lo hizo al amparo de la oscuridad.

Ante la mención del Conway, Justin vio que su comandante fruncía el ceño.

—Ah, sí , señor Hayes, el Conway … Dígame, ¿ha oído algo sobre un motín entre los convictos que transportaba?

—¿Un motín? —Damien parecía desconcertado.

— No, señor, ni una palabra. Llamaron a uno de los médicos y trasladaron al hospital a un hombre con un brazo amputado.

Pero eso fue todo. Ah, y que un hombre murió de algún tipo de fiebre virulenta, al parecer.

Como resultado, el barco fue puesto en cuarentena y a ninguno de los tripulantes se le dio permiso para desembarcar.

Una vez descargadas las bebidas alcohólicas, permaneció anclado en la bahía Double durante…

casi quince días. El capitán esperaba conseguir un mástil, creo, para reemplazar uno dañado en una tormenta.

Pero no lo consiguió, así que el barco zarpó ayer, creo, o anteayer, con rumbo a Sídney.

A bordo iba el comandante de la guarnición, el mayor Geils.

—Hayes vaciló.— ¿Usted sabe por qué se fue, señor?

—Sí —dijo lacónico el comandante Forster—. Esta mañana hemos desembarcado al capitán Hawley, su relevo.

—Debía de tener mucha prisa —observó Justin— ¡para abordar un barco febril, por el amor de Dios!

—Así es —confirmó Damien Hayes—. Él y el gobernador Davey tuvieron una disputa y Davey amenazó con arrestarlo. Se acusaron uno al otro de peculado. He ahí un ejemplo —añadió— de quién tiene la sartén por el mango.

Se sumió en un oscuro silencio que Justin rompió felicitándolo por su matrimonio . El joven rostro de Damien se transformó al instante.