Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—No —negó Andrew mientras dirigía a Forster una sonrisa inquisitiva—, el teniente gobernador Davey, respaldado por el comisario adjunto, un tipo llamado Fosbrook, cuya reputación no es muy buena.

Han acusado al comandante de robar bebidas alcohólicas de los almacenes del gobierno para su propio uso y de saquear materiales de construcción, también del gobierno.

Pero, según tengo entendido, comandante, Geils tiene la intención de denunciarlos a ellos, por lo que todos estarán de camino a Sídney en poco tiempo, si bien espero que no sea a bordo de su barco.

En cualquier caso, esto tendrá que demorarse hasta que el señor juez Bent tenga a bien reabrir los tribunales de Sídney, ya que será un asunto civil, no un juicio militar.

—¡Dios santo! —exclamó Forster disgustado—.

Ahora empiezo a sentir compasión por Su Excelencia el gobernador, así como por usted.

¿Cómo puede un hombre gobernar una colonia con semejantes subordinados?

Y esta gente parece considerarse superior a los criminales deportados, ¡incluso ante delincuentes que han cumplido sus condenas y expiado sus crímenes!

—Suspiró—. ¿Está lista mi lancha, señor Broome?

—A un costado, señor —respondió Justin—. Y el equipo del capitán Hawley ya ha sido enviado a tierra, señor.

Mientras la lancha se dirigía al embarcadero, pensaba que echaría de menos a Andrew.

Era cierto que no se veían mucho cuando Andrew estaba en Ulva y él en la mar; pero, en los últimos tiempos, su padrastro había estado atendiendo al gobernador en Sídney mientras William estaba a cargo de Ulva, y Rachel, su joven hermana, se ocupaba de la casa de Sídney y disfrutaba de la vida social de la ciudad, como un cambio con respecto al aislamiento rural.

Aparte, gracias a la reticencia del capitán Jeffrey a emplearlo y a su negativa de apresurar su traslado propuesto al Emu, él también había podido pasar más tiempo del habitual en tierra y en compañía de Andrew.

Su padrastro y Jessica se llevaban bien.

Jessica había hecho todo lo posible por tornar aquella ocasión en una verdadera reunión familiar, lo cual todos habían agradecido…

Y a Jenny la habría llenado de orgullo, reflexionó Justin con una punzada de tristeza.

Su madre había mantenido a Andrew en Ulva.

Incluso después de la muerte de Jenny, eran los recuerdos los que tenían atado a su padrastro a aquel lugar.

Tal vez fuera prudente romper con las reminiscencias y aceptar ese nuevo desafío a sus habilidades militares, por muy duro que resultara el reto.

Era un soldado por elección y por formación.

Un hombre del calibre de Tom el Loco Davey no pasaría por encima de Andrew Hawley.

La lancha llegó a las escaleras del muelle y desembarcaron.

Desde la visita inicial del gobernador Macquarie, hacía casi cinco años, las calles de Hobart habían sido bautizadas de acuerdo con los planos que él había trazado.

Sin embargo, aunque los letreros urbanos proclamaban una plaza George y calles Macquarie, Elizabeth, Liverpool y Collins, las rezagadas hileras de tiendas y casas desordenadas apenas hacían honor a esos grandiosos títulos que el gobernador les había otorgado.

Justin observó que había tabernas en cada esquina, construcciones tan destartaladas como las casas de las que esos tugurios eran vecinos.

Aún no era mediodía y pocas carecían de clientes; algunas incluso estaban abarrotadas.

A través de las puertas abiertas y las ventanas sin vidrios se veían marineros de los barcos cazadores de focas y los balleneros, hombres con ropas caseras que parecían granjeros, un puñado de mujeres y algo que provocó una grave reprobación de Andrew: muchos soldados cuyas chaquetas escarlata eran vivas salpicaduras de color entre las monótonas vestimentas de los demás parroquianos.

En una sucia y desaliñada taberna se divertía una pandilla de trabajadores convictos, aún con grilletes en las piernas. Eso, que contravenía las normas más estrictas, lo hacían ante la mirada indiferente de sus capataces. Andrew exclamó furioso:

—¡Por Dios, si el gobernador Macquarie viera esto, llevaría a Davey ante un consejo de guerra, por grande que fuera su influencia en la Oficina Colonial!

Un transeúnte lo informó de que era probable que el vicegobernador se encontrara en la casa Petchy. Se trataba de una taberna situada en la esquina de la calle Collins, bajo un rótulo de letras toscas que, suspendido del tejado, proclamaba el nombre El Descanso del Marino.

En el interior estaban el mayor Thomas Davey y su corte.

Con una jarra de espumosa cerveza en la mano, el pequeño y corpulento cuerpo del mayor tenía por trono una silla de cuero acolchada, instalada en el centro de la mal iluminada taberna.

Ante un público de una docena de personas, entre las que Justin reconoció al reverendo Robert Knopwood, el capellán, Davey se entretenía haciendo el bufón y cantando.

Con voz quebrada y desafinada, entonaba una canción obscena que tenía su origen en los canalones de Portsmouth.

Dejó de cantar en cuanto vio a los inesperados visitantes. Reconoció entonces al comandante Forster y, tras un momento de desconcierto, le dio la bienvenida.

—¡Así que ha vuelto, Forster! Bueno, pase, hombre, pase, aquí no nos andamos con ceremonias, como ya debería saber. Un trago para estos caballeros, señor Petchy. Usted conoce al comandante, ¿verdad?

El joven tabernero hizo una obsequiosa reverencia, solo que no tuvo tiempo cumplir la orden del teniente gobernador, puesto que James Forster negó con la cabeza.

—Solo he venido a informarlo de la llegada de mi barco, comandante Davey, y a presentarle al capitán Hawley. Su Excelencia el gobernador Macquarie lo ha nombrado comandante de su guarnición en sustitución del mayor Geils.

—Geils se ha ido —gruñó Davey—. Zarpó con el C onway hace un día más o menos, y que le vaya bien.

—Miró a Andrew por debajo de las cejas fruncidas y su rostro se iluminó de forma perceptible.

— ¡Ah, un soldado de verdad!, ya veo, ¡un oficial con presencia!

Y… la balandra de guerra de Su Majestad…

Emu, ese es el nombre de su barco, ¿no es así, Forster?

—Así es, señor —confirmó Forster en tono helado.

—¡Excelente, excelente! —gritó Tom el Loco exultante—.

Eso significa que por fin podré ocuparme de los malditos aborígenes como es debido y poner de rodillas a algunos de esos malditos bushrangers.

El gobernador ha cambiado de opinión, ¿no?

Por fin me ha enviado los refuerzos que le he estado pidiendo.

El comandante Forster intercambió una rápida mirada con Andrew y volvió a negar con la cabeza.

—No le he traído refuerzos, señor. Mis órdenes eran traer al capitán Hawley y regresar de inmediato a Sídney con el correo y el oficial a quien el capitán Hawley debe relevar. Y, como usted dice que este ya se ha marchado, entonces yo…

Davey lo interrumpió con una sarta de obscenidades.

—¡Qué mierda, Forster! ¿Cuántos malditos marineros tiene a bordo de su barco?

Más de cien, se lo garantizo… Bueno, podrá prescindir de cincuenta, ¿no?

Y este oficial, ¿cómo se llama?, ¿Hawley?

, él puede comandarlos. Solo le tomará tres o cuatro días, por el amor de Dios… Usted puede esperar ese tiempo, ¿o no?

—Me temo que no, mayor —respondió James Forster con firmeza.

El reverendo Knopwood empezó a hablar, pero se lo pensó mejor, hizo una rígida reverencia y se despidió con una prisa indigna. Otros, tras una breve vacilación, siguieron su ejemplo.

—¿Me estáis abandonando? —les gritó Davey—.

Que el diablo os acompañe, sí, a vosotros, los dueños de la tierra.

Sois vosotros los que venís arrastrándoos hasta mí, a exigirme que haga algo para impedir que vuestras malditas granjas sean asaltadas por los nativos.

Siempre estáis quejándoos de que os roban el ganado y os queman las malditas cosechas.

¡Y, si no son los aborígenes, son los fugitivos, esos malditos bushrangers !

Pero ¿qué puedo hacer, por el amor de Dios, cuando no me dan suficientes tropas para detenerlos?

, ¿cuando el gobernador hace caso omiso de mis peticiones y me envía a un solo oficial, un maldito oficial, cuando le he pedido una compañía?

—Fijó la mirada en Andrew, temblando de rabia, impotente.

— Bueno, capitán Hawley, ¿qué tiene que decir en su favor, maldito sea?

¿Va a librarme de los aborígenes usted solo, eh?

, ¿o enseñará a mis tropas a dispararles como se merecen?

De pie, a su lado, Justin era consciente de que en Andrew espumaba la tensión. Pero su padrastro se controló y respondió sin acalorarse:

—La política de Su Excelencia no es permitir que los aborígenes sean masacrados sin distinciones, señor. Por el contrario, se esfuerza por educarlos y por proporcionarles medios de subsistencia adecuados; por integrarlos en la comunidad, no por expulsarlos. Él…

—Eso no funcionará aquí —replicó el mayor Davey—.

En la Tierra de Van Diemen son salvajes, ladrones y asesinos.

Solo nos entienden cuando las tropas asaltan los bosques y los expulsan.

Pero… —Su ira se estaba desvaneciendo. De pronto, pareció caer como un globo pinchado.

— Dame otro trago, Petchy —exigió. Entonces, cuando el comandante Forster intentó apoyar la afirmación de Andrew, agitó una mano flácida y muy venosa en señal de cansado rechazo a todos.

A la salida de la taberna, Forster apenas podía contener la ira.

—Bueno, Hawley —dijo—, ahora que ha conocido en persona a Tom el Loco, ¿le extraña que le hubiera dicho que no lo envidiaba? Este tipo es imposible. Hay que echarlo antes de que deje que toda la colonia se vaya al garete.