Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 4
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Capítulo 4

Justin estaba de guardia cuando, frente a la costa de la Tierra de Van Diemen, la balandra Emu de Su Majestad avistó al mercante indianés.

Enterado de que se trataba del transporte de convictos Conway en ruta al puerto Jackson, pidió a un guardiamarina que llamara al comandante Forster.

Cuando este estuvo en cubierta, le dijo:

—No estoy seguro de que sea el barco del que informó el marinero, señor. Pero, si es así, debe de haber pasado bastante tiempo en el puerto de Hobart. De cualquier manera, he pensado que querría estar informado.

—Sí, en efecto, señor Broome. Recuerdo que el capitán del ballenero declaró haber visto cadáveres colgando de una de las vergas.

—James Forster levantó su catalejo y estudió el barco con cierto cuidado—: un aparejo de emergencia en el trinquete, la lona remendada, la pintura descascarillada…

Todo esto sugiere daños por tormentas, ¿no es así? ¿Le hablaron de un motín?

—No, señor —le aseguró Justin—, no se dijo nada al respecto, en absoluto. Y parece tener mucha prisa por alejarse de nosotros. ¿Quiere que vaya y obstruya su paso?

Forster negó con la cabeza.

—Si ha pasado algún tiempo en Hobart, oiremos todo lo que haya que oír sobre ellos cuando lleguemos a puerto. Usted tiene un amigo allí, ¿no me lo ha dicho? ¿Un periodista?

—Sí, señor. Se llama Damien Hayes. Salió como corresponsal del London Chronicle, pero hace un año, más o menos, empezó a publicar una hoja semanal de noticias en Hobart. Es un tipo emprendedor. De hecho —sonrió Justin—, cortejó a mi mujer antes de que yo tuviera la sensatez de hacerlo.

Y la esposa del gobernador, recordó, incluso había alentado el cortejo del joven periodista cuando, durante la primera gira de inspección de los Macquarie, este acompañó a la comitiva virreinal a la Tierra de Van Diemen.

El comandante Forster bajó el catalejo, lo cerró con un chasquido y se la guardó en el bolsillo del pecho de su abrigo de galones dorados.

—Si este señor Hayes es un buen periodista, sin duda habrá conseguido cualquier historia que el patrón del Conway tuviera que contar.

Quizá debería buscarlo, Justin; o, mejor aún, invitarlo a cenar con nosotros a bordo.

Un motín en alta mar es un asunto de una endemoniada seriedad…

Y también lo es ahorcar a los amotinados.

Desconcertado por el interés de su comandante en el asunto, Justin se volvió para mirarlo.

—Lo haré, señor, por supuesto —aceptó—, pero supongo que el capitán del C onway habrá rendido un informe completo al teniente gobernador.

Forster resopló.

—Por Dios, Justin, ¿no conoce al teniente gobernador?

—¿Al mayor Davey, señor? Lo he visto, pero creo que nunca he hablado con él.

—Ese diablo nunca está sobrio. Si uno le dice algo, le entra por un oído y le sale por el otro.

—Forster, que era un dechado de eficacia, empezó a hablar rabioso acerca del gobernante de Hobart, pero luego se interrumpió y se obligó a sonreír.

— Podrían ser prejuicios, pero ya veremos.

La gente de Hobart lo llama Tom el Loco, y eso cuando están siendo caritativos.

Con toda franqueza, Justin, no envidio el nuevo destino de su padrastro.

—¿Qué es lo que no me envidia, comandante?

Andrew Hawley, alto y canoso pero de impresionante figura en su bien ajustado uniforme de infante de marina, cruzó a grandes zancadas el estrecho alcázar del Emu para reunirse con ellos.

Justin pensó, admirado, que parecía no envejecer, a pesar del pelo blanco y el laberinto de pequeñas arrugas grabadas en la piel bronceada de su rostro.

Llevaba ya casi diez años en la colonia, sirviendo, primero, como uno de los ayudantes del almirante Bligh, y luego, bajo las órdenes del actual gobernador, al mando de una compañía del cuerpo de veteranos.

Actuaba como oficial naval de puerto y, cuando el gobernador Macquarie lo necesitaba, de nuevo como su ayudante.

Antes de todo esto, había servido en dos de las mayores batallas del almirante Nelson: Copenhague y Trafalgar, y había visto acción bajo las órdenes de Pellew, Duncan y Hood antes de recibir sus galones por gallardía, por recomendación del almirante Hood.

¿Qué terrores podía deparar el mando de la guarnición de Hobart a un hombre como Andrew?

Justin sonrió y se quitó el sombrero en señal de saludo.

—Mi venerado capitán no envidia que tengas que ser el segundo de a bordo de Tom el Loco Davey —interpretó, ya que Forster no parecía dispuesto a explicar su comentario.

—¿Llego en un momento inoportuno? —sugirió Andrew—, porque, si así ha sido…

—De ningún modo, señor —le aseguró James Forster—, aunque, sin duda, ¡yo debería controlar mi lengua!

Ahora bien, ya que he sido franco con su hijastro, lo seré también con usted y admitiré que, en mi opinión, ese tal Davey es una elección muy desafortunada para el cargo que ocupa.

Me asombra que el gobernador Macquarie haya aprobado su nombramiento como vicegobernador de la Tierra de Van Diemen.

Andrew encogió sus hombros anchos y escarlata.

—Ni lo aprobó ni lo quiso, comandante. El nombramiento llegó de la Oficina Colonial en contra de la recomendación de Su Excelencia; y este, además, en diferentes ocasiones ha pedido que lo echen.

—Dudó, y luego continuó—: Esto es confidencial, entiéndame.

Me han enviado aquí a relevar al comandante Geils, que ha sido acusado de corrupción y va a ser llamado a Sídney.

Como su sucesor al mando de la guarnición, mis instrucciones consisten en tratar de frenar los excesos de Davey hasta que él también sea relevado.

Y es probable que lo sea; se dice que la Oficina Colonial va a enviar a un coronel Sorrell, pero todavía no se ha confirmado el nombramiento.

James Forster negó con la cabeza.

—Sigo sin envidiarlo, amigo mío —observó—.

Davey es un tipo muy incómodo de tratar, aparte de sus borracheras.

Se jacta de haber llegado en la primera flota como uno de los oficiales del gobernador Phillip.

Y la solución que propone casi para todo, sean bushrangers o aborígenes, son las incursiones armadas.

¡Pretende aniquilarlos para acabar con sus depredaciones!

Y… —rio, aunque sin alegría—, apostaría a que lo primero que me pedirá cuando lo informe de mi llegada será que desembarque un grupo de marineros armados para ayudar a su guarnición en un ataque efectivo contra uno u otro de esos grupos. Ya verá si no.

A primera hora de la mañana siguiente, el Emu entró en el río Derwent. Un par de horas más tarde, ayudado por una brisa enérgica, llegó a la altura de Hobart.

La ciudad había crecido mucho desde que, en 1804, fuera fundada por los desilusionados colonos del coronel Collins, procedentes del puerto Phillip, en el continente.

Mientras Justin se movía por la cubierta del Emu, supervisando el amarre, iba pensando que, a pesar de la impresionante belleza natural del entorno y del espléndido puerto, Hobart seguía teniendo un aire un tanto primitivo.

El número de casitas y cabañas de madera pintadas de blanco había aumentado, aunque aún parecían apiñarse desordenadas a lo largo de la costa o aferrarse, casi por un tiempo limitado, a las bajas colinas en las faldas del nevado monte Table.

Había más barcos: cazadores de focas, en su mayoría, y dos balleneros en un muelle que se había ampliado para dar cabida a un nuevo almacén de aduanas, hecho en parte de piedra.

La prisión también parecía haber crecido.

Por otra parte, el cuartel contaba con un impresionante patio de armas, construido con lo que parecía ser una mezcla de roca machacada y arcilla blanqueada al sol.

Justin vio que la iglesia seguía allí, la misma en la que su madre se había casado con Andrew Hawley, y que aún carecía de campanario.

Solo se había ampliado el cementerio para incluir lo que a su catalejo se revelaba como más hileras de cruces de madera de las que recordaba haber visto en su última visita, cuando repartía el correo en el Flinders.

Las formalidades portuarias fueron rápidas y un tanto superficiales. Andrew envió su equipaje a tierra al cuidado de un sargento de la guarnición, en tanto que el comandante Forster, con una sonrisa pesarosa, ordenaba que botaran su lancha.

—Será mejor que no retrasemos nuestra visita a Su Señoría el teniente Gobernador —dijo—, aunque me temo que tendremos que buscarlo, ya que rara vez se lo encuentra en su residencia oficial.

—Con la sonrisa desvanecida, se dirigió a Andrew—: Supongo que usted tendrá que informar al comandante Geils de la desagradable perspectiva que el hombre tiene por delante.

Andrew inclinó la cabeza.

—Sí, y no será algo que me deleite.

—¿Geils regresará a Sídney con nosotros? —preguntó Forster. —No nos quedaremos, ya lo sabe; no más tiempo, al menos, del que Davey tarde en entregar sus despachos.

Andrew lo miró muy serio.

—Mis instrucciones son darle a Geils una opción. Puede optar por dimitir e irse a casa o puede enfrentar en Sídney los cargos que se le imputan. Será él quien decida. Yo creo que irá a Sídney y tratará de refutar las acusaciones.

—Entonces contaremos con el dudoso placer de su compañía —dijo pesaroso James Forster—. Por cierto, capitán Hawley, ¿quién presentará los cargos?, ¿el gobernador?