Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Dejó a Katie a la orilla del río, desmontada y un poco desconcertada, y se fue trotando con los dos caballos.

El sonido de las voces de los hombres a lo lejos le dijo que Rachel no se había equivocado: estaban de regreso, aunque ocultos de su vista tras la espesura del bosque en el que habían estado trabajando.

Pero ¿tenía razón Rachel sobre lo que sentía por Rick Tempest, sus verdaderos sentimientos?

¿Era la gratitud, más que el amor, lo que la había impulsado a aceptar su propuesta?

Bajó hasta el río, buscó resguardo y se arrodilló.

Dejó que el agua fresca se colara entre sus manos llenas de ampollas mientras se revolvía entre las dudas que las palabras de Rachel le habían generado.

Rick era guapo. Era un caballero amable y considerado, con un buen historial como oficial del rey y excelentes perspectivas en la colonia.

Era un buen partido para cualquier mujer.

Katie inhaló con fuerza. Sin duda, lo sería para una muchacha estadounidense huérfana, sin amigos, sola, desembarcada en una colonia penal británica, muchos de cuyos habitantes, como el coronel Molle, la consideraban una enemiga y hacían todo lo posible por demostrarle que no era bienvenida.

Kate se preguntaba si ese hecho, unido a la gratitud, había sido determinante; si en la conveniencia, más que en el amor, estaba la verdadera razón de la promesa que le había hecho a Rick, su promesa de matrimonio.

Él se le había declarado antes de que ella pisara Sídney, era cierto, pero…

Siempre sincera consigo misma, Katie no buscaba excusas.

La actitud de la señora Jeffrey, durante la travesía del Kangaroo desde Cabo, ya le había dado una idea de lo que la esperaba cuando desembarcara en la colonia.

Le había mostrado el valor de la protección de Rick y su necesidad de amparo, pero eso, seguramente, no había orientado su decisión.

Si había aceptado la propuesta de Rick era, más que nada, porque estaba convencida de que George De Lancey había desaparecido de su existencia.

Recordó la plegaria ansiosa e inconexa que había pronunciado en la intimidad de su camarote.

Recuperó el aliento entre sollozos al recordar también lo que Rick le contaba de sus planes.

Él le había hablado de su voluntad de solicitar una concesión en las nuevas tierras, más allá de Bathurst, y…

¿Qué dijo? Que sería un desafío, un reto que solo aceptaría si ella lo acompañaba.

Y ella se sintió orgullosa de pensar que él la necesitaba.

Había rezado para que Dios la hiciera digna de él…

Sin embargo, ahí estaba, enfrentada a la realidad de aquel desafío y dispuesta a huir como una cobarde, consternada por la magnitud.

Y Rachel, que aún era una niña, una mujer en cierne, estaba percibiendo su consternación y descubriendo su cobardía, y le imploraba que no permitiera que Rick la llevara allí después de la boda, a menos que lo amara de verdad.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. El sol se estaba ocultando con un resplandor de gloria tras las lejanas colinas.

El brillo rojo del astro se reflejaba en el río que murmuraba a sus pies.

Katie, recién decidida, se inclinó hacia delante, recogió agua con las manos, se mojó la cara y se lavó los ojos llenos de lágrimas.

El lugar donde estaba arrodillada era poco profundo, así que, junto con el agua, en sus manos quedó un puñado de piedrecitas.

Estaba a punto de devolverlas cuando las vio destellar con un brillo que podía ser el reflejo del sol poniente… O quizás no.

Despertada su curiosidad, secó las piedrecillas en su falda y las examinó de nuevo.

Las sostuvo con cuidado sobre la palma de una mano y, con la otra, las cubrió de la luz directa del sol.

Los guijarros volvieron a brillar, un poco apagados ya, pero aún parecían poseer una extraña y resplandeciente luz propia.

Estaba tan concentrada en estudiarlos que no oyó que los leñadores estaban de regreso y que Rick se acercaba.

Notó, entonces, que su prometido ya se deslizaba hacia ella por la orilla pedregosa.

—Ha sido un buen día de trabajo —le dijo él con satisfacción después de plantarle un beso en la mejilla—. Los hombres están apilando la madera, listos para aserrarla, pero Rachel me ha dicho que estabas aquí, y… ¿Qué tienes en la mano, Katie, mi amor? ¿Un tesoro escondido? No es un pez, ¿verdad?

—No, no es un pez. —Katie se rio de lo absurdo de esa sugerencia. Su ánimo decaído se recuperó cuando él la abrazó. Una vez más, la hacía consciente de su fuerte atracción masculina.— Pero podría ser… ¿Cómo has dicho?, ¿un tesoro escondido? Rick, creo que es oro. ¡Mira!

Rick, obediente, contempló los guijarros brillantes que ella tenía en la mano. Abrió los ojos de sorpresa.

—¿Dónde has encontrado esto? ¿En el río?

—Sí.

Katie se inclinó y cogió un segundo puñado, pero, para su decepción, no eran más que guijarros marrones, desgastados por la corriente.

Un tercer intento resultó igual de decepcionante, pero al cuarto sacó a la luz uno del tamaño de una manzana pequeña, cristalino y blanco.

Lo recorrían hebras de lo que a ella le pareció oro. Lo dejó caer en la mano de Rick.

—¿Es oro? —le preguntó ansiosa.

—Si fuera oro, se acabarían todos nuestros problemas, mi dulce amor —respondió Rick entre sonrisas—, pero creo que es eso que llaman el oro de los tontos: pirita.

De todos modos —cogió los guijarros de la mano de Katie y se los guardó en el bolsillo del pantalón— haré que examinen esto cuando volvamos a Sídney, pero no pongas tus esperanzas en el resultado.

Nada es fácil en esta vida. De cualquier modo, sea lo que sea esto, los convictos no deben enterarse, por si acaso estoy equivocado y tú tienes razón.

—Se puso de pie y le tendió los brazos.— Katie, querida, ¿serás capaz de afrontar el desafío de este lugar conmigo?

Soy del todo sincero si te digo que no sería capaz de afrontarlo sin ti, ahora que lo he visto. Dímelo, mi amor. Esto depende de ti.

Katie vaciló solo un momento. Luego, desvanecidas las dudas, se echó en brazos de Rick.

Se decía a sí misma que afrontaría el reto.

Por el bien de Rick, superaría sus miedos.

Lo que sentía por él era más que gratitud, y las piedrecitas brillantes eran, sin duda, un feliz augurio, aunque resultaran ser oro de tontos.

Levantó la cara para besarlo.

—Si estamos juntos, Rick, querido —le dijo en un tono suave—, puedo afrontar cualquier cosa. Y aprenderé a hacerlo, te lo prometo, ¡aprenderé!

Rick la abrazó.

—Bendita seas, Katie —le dijo—. Si es así, casémonos en cuanto volvamos a Sídney. Podría llevarnos dos o tres meses poner este lugar en orden y traer el ganado, y… No creo que pueda esperar dos o tres meses para casarme contigo.

—Si lo deseas —asintió Katie—. Pero primero quiero pasar unas semanas en Ulva. Rachel se ha ofrecido a enseñarme cómo ser la esposa de un colono. Hay muchas cosas que no sé, Rick.

—Yo te enseñaré —replicó Rick con firmeza— cuando seas mi esposa.