Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Rick estaba pletórico. Hablaba del futuro lleno de esperanza, de un futuro de los dos allí, con vistas a que ella compartiera su entusiasmo.

Y los Broome, en particular William, eran tan entusiastas y optimistas como él.

Katie sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y giró la cabeza de inmediato, fingiendo que miraba en la dirección que Rachel le estaba indicando.

Se dijo con pesar que incluso Dickon, el adorado sobrinito de Rick, a pesar de su discapacidad, estaba mejor adaptado que ella a estas condiciones.

Rachel, que percibía su desconcierto, le preguntó con timidez:

—¿Siempre has vivido en la ciudad? ¿Te parece todo esto muy extraño?

Katie enjugó sus lágrimas.

—Sí —confesó—. Vivía en Boston. Nunca estuve en otro sitio hasta que navegué con mi padre en el Providence . Nunca quise irme de Boston, pero él estaba harto y me dijo que me necesitaba. Boston es una ciudad maravillosa, Rachel, no tienes ni idea.

—Háblame de ella —la invitó Rachel, y se puso más cómoda. Apoyó la espalda en una roca cubierta de musgo.

Nada reacia, Katie le dio gusto. La nostalgia le prestó elocuencia.

Mientras describía las vistas y los sonidos, las concurridas calles, los elegantes edificios y, sobre todo, el gran puerto en torno al cual la ciudad había crecido hasta alcanzar el tamaño y la importancia que tenía, cerró los ojos.

Dejó que los recuerdos la inundaran y borraran la escena que tenía alrededor.

—Dicen que nuestras plazas y edificios públicos se parecen a los de Londres.

Las casas son de ladrillo rojo, con balcones, altas ventanas con parteluz y escalones de piedra que suben hasta la puerta principal.

Nuestra casa era así, solo que más pequeña, claro, pero tenía tres pisos.

Desde la parte alta teníamos unas vistas maravillosas.

Mi habitación estaba en el último piso. Yo tenía una preciosa cama con dosel importada de Inglaterra.

Si me sentaba muy derecha, alcanzaba a ver el tejado de la aduana y los mástiles de los barcos amarrados a los muelles.

—¿Es Boston una ciudad antigua? —preguntó Rachel con curiosidad—. ¿Y cómo fue fundada? ¿Fueron los Padres Peregrinos?

Katie negó con la cabeza.

—No. Fue un hombre llamado John Winthrop, un puritano separatista.

Obtuvo un contrato real de portes para la Compañía de la Bahía de Massachusetts, en Nueva Inglaterra, y zarpó en marzo de mil seiscientos treinta con mil puritanos.

Eran gente buena y trabajadora. Prosperaron gracias al comercio de pieles y la pesca.

El éxito de la industria pesquera llevó a la construcción de barcos, y ahora, cuando la gente habla de bostonianos —añadió, con deliberado orgullo—, se refieren a navegantes.

Todos los hombres de la familia de mi padre eran marinos.

—Los de mi padre también lo eran —afirmó Rachel—, y los de Rick. Es extraño que se hayan convertido en enemigos, ¿no?

—Hemos tenido que luchar por nuestra independencia —se defendió Katie.

Rachel la miró pensativa.

—Nos enseñaron en la escuela que la guerra de Independencia empezó en Boston. ¿No se refieren a eso como el Motín del Té de Boston?, ¿el incidente que lo inició todo?

—Mucho antes hubo lo que llamamos la Masacre de Boston, en el año setenta, cuando unos soldados británicos irrumpieron en una reunión de civiles desarmados y mataron a cinco.

Y luego… —Katie se incorporó, indignada.

— Los británicos ordenaron el cierre del puerto de Boston después de que Samuel Adams dirigiera un grupo de cincuenta hombres, disfrazados de aborígenes, al muelle de aduanas.

Entre todos, arrojaron trescientas cajas de té al agua.

Lo que hicieron fue protestar contra el arancel que Lord North había impuesto al té.

El puerto se cerró, y podrás imaginarte el efecto que eso tuvo.

Nombraron gobernador de Massachusetts a un general inglés apellidado Gage y lo enviaron, al frente de cuatro regimientos de casacas rojas, a someter Boston.

Para colmo de males, Gage acuarteló a sus tropas en casas particulares, requisó los parques públicos para instalar sus tiendas y su artillería e hizo patrullar las calles con hombres armados.

El pueblo de Boston se indignó ante semejante tiranía. ¿Te extraña que se hubieran revelado?

—No —respondió Rachel dubitativa—, supongo que no, Katie.

Ahora bien, los irlandeses afirman que han sido forzados a rebelarse contra la tiranía británica.

Cuando son condenados por traición y transportados aquí, continúan rebelándose.

Muy pocos de ellos se convierten en buenos colonos, porque no quieren, incluso cuando se les da la oportunidad.

Intentan escapar o crear problemas, sean cuales sean las concesiones que les haga el gobernador.

Katie pensó que ella también podría sentirse tentada a escapar, si no a crear problemas. Pero ¿cabría entonces la esperanza de volver a ver su hogar, de regresar allí y retomar la vida que recordaba, la vida feliz y despreocupada de su infancia y temprana juventud?

Aquella vida le había parecido tan segura, incluso cuando estalló de nuevo la guerra con Inglaterra…

Nunca había imaginado vivir en otro lugar, salvo cuando le llegara el momento de casarse y mudarse de la casa de su padre a la de su marido.

Y… Contuvo un suspiro. Siempre había supuesto que se casaría con George De Lancey, para quien Boston también era su hogar, y la abogacía, la profesión predilecta, no el ejército ni la marina.

Pero George se había visto arrastrado a la guerra, y en el bando británico…

Rachel interrumpió sus pensamientos.

—¿Seguimos adelante —dijo—, si estás descansada? Los hombres volverán al atardecer y estarán listos para comer después de talar árboles todo el día. Espero que traigan algo de caza, de lo contrario tendremos que depender del pescado de Winyara.

Katie volvió a montar con el cuerpo rígido, consciente una vez más de su propia inadaptación al tipo de vida pionera a la que Rachel y los demás parecían adaptarse sin la menor dificultad.

Era Rachel, a pesar de su juventud, quien cocinaba; y era su robusto y algo taciturno hermano William quien proporcionaba la leña y la mayor parte de la caza.

Incluso Rick hacía aquellos pasteles sin levadura que llamaban damper, además de que era un hábil pescador de considerable éxito cuando Winyara estaba ausente.

—En la cocina soy más un estorbo que una ayuda —se disculpó.

—Todo esto es extraño para ti —le aseguró Rachel, amable—.

Yo estoy acostumbrada, y tú aprenderás, Katie.

Cocinar en el campamento es fácil, porque hacemos cosas sencillas.

Yo nunca he podido preparar platos tan elaborados como los que sirven ahora en las cenas de Sídney, pero Abigail dice que t ú s í puedes.

Y me ha dicho que haces conservas como una experta.

—Sonrió. Cuando llegaron a un terreno llano, puso el caballo al galope.

— Tendremos que intercambiar habilidades.

Siguieron avanzando en silencio hasta llegar a la siguiente cuesta abajo. Ahí, Rachel, prudente, refrenó para que Katie pudiera alcanzarla.

—Ojalá pudiera montar como tú —dijo con envidia—. Esa es otra habilidad que tendré que adquirir antes de convertirme en una colona de por aquí.

—He montado toda mi vida —le recordó Rachel—, pero mi madre era la verdadera amazona de la familia.

Fue una de las primeras en criar caballos en la colonia.

Los criaba y domaba ella misma, y no había animal joven que no pudiera manejar, por salvaje que fuera.

El caballo que estoy montando era suyo. Lo llamaba Young Sirius, por el semental que lo engendró.

Katie volvió a hablar. Al oír el orgullo y el afecto en la voz de Rachel cuando hablaba de su madre, volvió a sentirse rodeada de cariño.

Estaban a la vista del río cuando Rachel dijo de pronto:

—Te asusta, ¿verdad?, la perspectiva de venir aquí cuando te hayas casado con Rick.

Katie vaciló y se puso roja. No ganaba nada fingiendo, así que contestó con toda sinceridad:

—Sí, Rachel. Me da mucho miedo. La soledad, el aislamiento, la idea de estar lejos de todo el mundo…

—Quiso poner palabras a su miedo, pero fracasó.

— No puedo explicarlo, y… No tenía ni idea de que me sentiría como me siento.

Supongo que no sabía qué esperar. Y Rick está tan lleno de entusiasmo…

, ansioso por empezar su vida aquí, y… Le debo tanto. Me salvó la vida, ¿sabes?

—Sí —dijo Rachel—, lo sé, Abigail me lo contó.

—Había una nota extraña en su voz. Sin ninguna razón que Katie pudiera entender, parecía estar tomando cierta distancia de la intimidad que se había fundado durante su paseo juntas.

— Te ayudaré en todo lo que pueda, Katie.

Quizá quieras pasar una temporada en Ulva antes de tu boda.

Podría ayudarte con la equitación, tal vez, y enseñarte a hacer damper y a cocinar caza.

Era una oferta espontánea y generosa, pero Katie tuvo la impresión de que Rachel se sentía obligada a hacerla; tal vez por su sentido del deber o porque así lo exigían las normas de la hospitalidad. La moza añadió de inmediato:

—Supongo que preferirás quedarte en Sídney todo el tiempo que puedas.

—No —alegó Katie—, no. Haré lo que Rick quiera y…

Rachel la interrumpió y estalló con una imprevista vehemencia:

—Si no amas a Rick, si solo le estás agradecida por haberte salvado la vida, ¡no te cases con él! Y si te dan miedo la soledad y el aislamiento, no dejes que te traiga aquí, Katie. No lo hagas.

Katie se quedó sin palabras. Solo pudo mirarla en un silencio asombrado. Al llegar a la orilla del río, Rachel habló con la tranquila voz de siempre:

—Volverán pronto. ¿Por qué no caminas junto al río para reunirte con ellos? Me llevaré tu caballo. Tú y Rick no habéis pasado mucho tiempo a solas, ¿verdad? William y los convictos podrán traer la madera y yo me ocuparé de cocinar.