Capítulo 3
Katie O’Malley refrenó su caballo en lo alto de la ladera boscosa. Echó una mirada a Rachel Broome, que cabalgaba justo detrás de ella, y le habló en tono persuasivo:
—¿Paramos aquí un rato y dejamos descansar a los caballos?
—No están cansados —respondió Rachel. Era obvio que estaba sorprendida por la sugerencia—, y William dice que la vista es mejor desde la cima.
—De acuerdo —Katie reconoció su derrota.
Su inflexible orgullo de Nueva Inglaterra no le permitía admitir que la silla le estaba causando molestias y que se sentía dolorida por el cansancio, al mismo tiempo que asombrada y aprensiva.
La inmensidad de aquel lugar en el que Rick esperaba que se establecieran la tenía sorprendida.
Para una persona acostumbrada al bullicio de las calles de la ciudad, el aislamiento era desalentador.
Y el viaje desde el vado Emu, en el río Nepean, hasta lo que sus compañeros se complacían en llamar el municipio de Bathurst había sido…
Los dedos de Katie apretaron la rienda como si respondieran a un espasmo.
Reflexionó con desdicha en lo alarmante que era todo esto, en verdad.
Desde el naufragio del barco de su padre, no había temido tanto por su vida.
Al comienzo, el viaje había sido fácil, incluso agradable, con una suave ascensión a través de un bosque de altos alcornoques.
Según supo, el gobernador había dado a ese lugar el nombre de Springwood.
Sin embargo, una vez fuera de los árboles, la subida se había vuelto más empinada.
El camino, áspero y pedregoso, serpenteaba sin cesar atravesando colinas, con solo una barandilla de madera entre los jinetes y la caída en picado de cientos de metros hasta el lecho del río.
Había que cruzar abismos a través de puentes de madera que parecían endebles, y algunos de los descensos eran tan escarpados que el carro de suministros solo podía sortearlos con las cuerdas de arrastre frenando su impulso.
Rick, William, Rachel, e incluso el pequeño Dickon, a quien Rick había insistido en llevar con ellos, parecían impasibles ante el peligro, recordó Katie, consciente de un resentimiento irracional.
Todos estaban acostumbrados a montar a caballo, por supuesto.
Ella no, y no se había atrevido a expresar sus temores, no fuera a ser que la consideraran una pusilánime; o, incluso, una cobarde.
Fueron seis días de viaje. Se detuvieron todas las tardes, una hora antes de la puesta del sol, a dormir en las cabañas que habían dejado los constructores de la carretera, siempre que estuvieran disponibles.
De no estarlo, montaban las tiendas que habían traído con ellos y cocinaban sus comidas en las brasas de una hoguera de vivac.
Las tardes y las noches, aunque frías y a veces húmedas, eran un bienvenido respiro para Katie.
Rick se ocupaba de ella, entonces, y se aseguraba de que estuviera seca y abrigada mientras le susurraba anhelantes palabras de amor fuera del alcance del oído de sus compañeros.
Una y otra vez, le aseguraba que le bastaría con ver Pengallon para convencerse de que estaba ubicado en uno de los lugares más hermosos de toda la colonia.
—Cuando nuestra casa esté construida —dijo— y hayamos traído el ganado, podremos casarnos, querida mía, y te traeré aquí como esposa.
Bien, pensó Katie mientras Rachel pasaba a su lado para abrirle camino: ya había visto Pengallon.
El día anterior habían cabalgado desde las primitivas cabañas de Bathurst, acompañados de los dos trabajadores convictos que Rick había contratado para la construcción de su futuro hogar.
Desde luego, no se podía negar que el lugar era hermoso, con acres de praderas ricas y onduladas, el río rutilante que atravesaba el campo y las altas montañas a lo lejos, cordillera tras cordillera, todas tan azules como el cielo que coronaba sus imponentes picos rocosos.
Pero era un lugar solitario. Aparte de su pequeño grupo y unos cuantos aborígenes, estaba desierto, desprovisto de cualquier signo de habitación humana civilizada.
Y eso no cambiaría hasta que el gobernador decidiera que había llegado el momento de abrir la zona a los asentamientos. Katie se estremeció.
Abundaba la vida salvaje, como Rick había señalado: canguros, zarigüeyas, emús y patos en cantidades tales que nunca pasarían hambre; y también perros salvajes, los llamados dingos, buenos depredadores.
Estos animales, que habían acabado con el ganado en otras partes de la colonia, los nativos locales los usaban, un tanto domesticados, para cazar.
—¡Hemos llegado, Katie! —La voz de Rachel irrumpió en sus pensamientos y le provocó una sonrisa forzada.
Picó el caballo con sus rodillas para recorrer las últimas yardas y luego, agradecida, se deslizó de la silla para unirse a la otra chica, que ya había desmontado.
— ¡Mira esto! ¿No vale la pena el viaje para tener una vista tan hermosa?
Katie estaba dispuesta a admitir que tal vez sí.
Se hizo sombra sobre los ojos y miró hacia donde le indicaba su compañera.
Tal vez sí, pues, siempre que uno fuera capaz de encontrar la belleza en la desolación sin límites.
Rachel le caía bien. La moza, que aún no había cumplido los dieciséis años, guapísima, inteligente y educada, desde el principio de su relación había hecho todo lo posible por ser amable y servicial.
En cambio, Julia, la hijastra de Abigail, había sido todo lo contrario.
Una y otra vez, esa chica había intentado provocarla con referencias mordaces a la reciente guerra y a su nacionalidad estadounidense, ante lo cual era difícil no ofenderse.
—Mira —la invitó Rachel—, ahí está Pengallon, Katie.
¡Ay, te envidio! Esto será precioso cuando tu casa esté construida, y los corrales y almacenes, terminados.
Espero que William me deje acompañarlo cuando traiga tu primer rebaño.
Me imagino el aspecto que tendrá este lugar cuando haya ovejas pastando por todas partes y Rick pueda recoger la primera cosecha.
—¿Podemos atar los caballos y sentarnos aquí un rato? —preguntó Katie—. Puede que ellos no estén cansados —añadió con pesar—, pero yo sí. Y también me siento tiesa. No estoy acostumbrada a montar.
Rachel le dedicó una sonrisa de simpatía.
—Claro que podemos —asintió de buena gana—.
Lo siento, no me había dado cuenta de que estabas cansada ni de que no tenías por costumbre montar.
Deberías habérmelo dicho. —Cogió de la mano de Katie la rienda del caballo y se llevó a ambos animales para atarlos a un árbol cercano.
Al volver, se sentó sobre el suelo cubierto de rocas, cruzó las piernas, sacó dos manzanas del bolsillo de su falda. Le ofreció una a Katie.
—Son del huerto que mi madre plantó en Ulva. Las he traído para los caballos, pero ellos tienen mucha hierba y nosotras tenemos una mayor necesidad. Son ácidas, pero bastante refrescantes. Prueba una.
—Gracias.
Katie mordió la manzana y miró su futuro hogar con ojos vacilantes.
Por el momento, el único edificio era una pequeña cabaña de corteza, construida para su propio uso por el niño nativo Winyara, a quien Justin Broome había contratado para vigilar la explotación.
Intentaba figurarse el aspecto que los terrenos tendrían cuando los edificios estuvieran terminados.
Si bien recordaba el cuadro que le había hecho Rachel, así como su expresión de envidia, el esfuerzo de imaginación la superaba por completo.
Rick y William, acompañados por Dickon y los dos peones, habían abandonado el campamento al amanecer con la intención de empezar a cortar madera.
Tenían que complementar el escaso material de construcción que habían conseguido en Bathurst. Rick le había dicho que primero levantarían corrales y cercas para alojar el ganado.
Luego iría a Ulva a contratar a un pastor y comprar un carnero y doscientas ovejas de cría.
La cabaña vendría después. Con el recuerdo en la agradable casa de Ulva, donde había pasado una noche antes de cruzar el Nepean, Katie levantó la vista y se encontró con la mirada de Rachel. Le preguntó insegura:
—¿Qué aspecto tendrá la casa?
—Bueno… —Rachel vaciló, como si temiera decepcionarla.
— Será pequeña: solo dos habitaciones, quizás, y una cocina.
Estará hecha de troncos y tendrá cimientos de piedra y un tejado de corteza fibrosa.
Habrá que utilizar cualquier material que se encuentre por aquí, porque el camino a Sídney es demasiado peligroso como para traer ladrillos, incluso en carreta.
Ya lo has visto. Sin embargo, Bathurst crecerá, Katie.
El gobernador ha dicho que quiere que se convierta en un asentamiento importante una vez que abra estas tierras y asigne más subvenciones.
Entonces, estoy segura, se enviarán artesanos: herreros, carpinteros y canteros, y se empezarán a fabricar ladrillos.
El camino mejorará o incluso se encontrará una ruta mejor, tal vez a través de Cowpastures…
Siguió hablando con entusiasmo, pero a Katie se le encogía el corazón al escucharla.
Las semanas que había pasado con los Dawson en Upwey no la habían preparado para esto. ¿Por qué, se preguntaba abatida, Rick se empeñaba en ir a ese páramo, cuando había granjas en venta en Parramatta, Windsor y Richmond, algunas incluso a pocos kilómetros de Sídney?
Había propiedades con granjas, como la de Long Wrekin, con habitaciones llenas de muebles acogedores, construidas con ladrillos, sólidas. Casas que tenían verandas y ventanas acristaladas, y vecinos… Sobre todo, tenían vecinos muy cerca.