Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 2 #5
14%

Capítulo 2 #5

—¿Christie O’Dowd? —repitió George, sobresaltado por el cansancio—.

¿El chico del pelo rubio? —Miró hacia donde estaba el muchacho, que aún sostenía el farol, y recordó su mirada inexpresiva e incomprensiva, así como la gentileza y curiosa paciencia con que Fitzroy lo trataba.

— Pero ¡maldita sea, señor Fry, es medio tonto! Es…

—Loco o no, mató a Barney Shea. Yo estaba allí, lo vi. —Fry evitó la mirada de George.— Será mejor que pase la voz a Fitzroy, señor De Lancey. El capitán llegará muy pronto y ese maldito Holmes está entregando armas a sus casacas rojas.

George hizo lo que le pidió el oficial. Patrick Fitzroy, sumido en una conversación con su hermano, el padre Joseph, asintió con aparente indiferencia y dijo en voz baja:

—Muy bien. Cumpliré mi palabra, no tema por ello. Y gracias por la ayuda que nos ha prestado, De Lancey. ¿Puedo rogarle que haga una cosa más?

—Por supuesto. Lo que pueda hacer, lo haré con gusto. Porque esto no es justicia, y, como abogado, me horroriza. El… —Se interrumpió con una maldición.

La mano de Fitzroy, todavía manchada de sangre, se extendió para agarrar la suya.

—La ayuda que le voy a pedir es en su papel de abogado. Cuando este barco infernal llegue a Sídney, ¿denunciará al capitán? ¿Presentará un caso en defensa de estos pobres de los que ha abusado con tanta crueldad?

—Eso haré. Por Dios que lo haré.

—Se lo agradezco de nuevo, señor —reconoció Fitzroy con gravedad—. Ahora, si nos disculpa, queda poco tiempo y debo hablar con mi hermano; a solas, señor, si es tan amable.

George los dejó. Reblandecido de compasión, fue a hablar con O’Dowd, pero el chico de la cara redonda se apartó de él. Daba la impresión de ser incapaz de entender. Desde una litera cercana, uno de los hombres heridos gritó:

—El muchacho es retrasado, seor. Está usted malgastando su aliento. El señor Fitzroy es el único al que escucha.

Solo que el médico irlandés, según vio George, seguía hablando muy serio con su hermano. De repente, Fitzroy se arrodilló con las manos ensangrentadas de cirujano entrelazadas delante, como si estuviera rezando, y el joven sacerdote lo bendijo.

Incluso en ese momento, no entendió el significado de lo que estaba presenciando.

No fue hasta que la puerta de la prisión se abrió una vez más y apareció el capitán con los soldados de Dean alineados a su espalda, que, muy poco a poco, empezó a comprender.

Pero, para entonces, ya era demasiado tarde…

Oyó el grito de Barlow, que venía a exigir que le entregaran al asesino del médico del barco. Entonces, consternado, vio la figura barbuda de Patrick Fitzroy dar un paso adelante.

—Estoy dispuesto a entregarme, señor —dijo el demacrado irlandés—. Con todo, niego su derecho a juzgarme por cualquier delito.

Reactivado, George se lanzó a través de los reclutas para ponerse al lado de Fitzroy.

—¡No! —exclamó—. ¡Por el amor de Dios, no! O’Dowd no sería una pérdida, pero usted… ¡No haga esto, hombre!

Fitzroy sonrió. Era una sonrisa extraña, de resignación, aunque casi de complacencia. Con un un acento exagerado, dijo en voz baja:

—Ah, sí, el chico es retrasado, es cierto. Él no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, ¿no lo ve? Y no puedo mandarlo a la muerte por eso, ¿verdad? Y claro, usó la pistola de Shea, así que el hombre recibió su merecido. Un médico no debería venir armado a tratar enfermos, ¿verdad?

Se soltó de la mano extendida de George y murmuró algo a su hermano.

Lo que le dijo fue inaudible, pero, cuando Fitzroy ya iba al encuentro de los soldados, el padre Joseph asestó a George un hábil golpe en la nuca con el reverso de la mano.

El abogado cayó aturdido y los sentidos empezaron a abandonarlo; no obstante, alcanzó a oír que el sacerdote gritaba ansioso:

—Por aquí, dos de ustedes: ¡el señor De Lancey se ha desmayado! El aire viciado lo ha vencido, pobre caballero.

* * *

George recobró el conocimiento en su propio camarote. Henry Fry y el mayordomo, Lewis, estaban inclinados sobre él. Ya lo habían despojado de sus ropas manchadas, y Fry, con inesperada delicadeza, se ocupaba en lavar su cuerpo desnudo.

Al ver que abría los ojos, el oficial se llevó un dedo a los labios.

—Quédese un rato donde está, señor De Lancey. Lo que se está haciendo en la cubierta no le gustará más que a mí, me atrevería a jurarlo. Tal vez sería mejor que bebiera esto.

Le acercó un vaso a los labios, pero George lo apartó.

—¡El cura me dio un golpe, por el amor de Dios! —protestó indignado—, ¡me dejó tirado!

Fry despidió al mayordomo.

—Sí, y lo hizo por su propio bien, señor De Lancey. Los dos sabían lo que estaban haciendo y usted no podía impedirlo.

—Pude haberlo intentado. Fitzroy me habría escuchado, tal vez. —Le costaba mantener la cabeza erguida. Se echó hacia atrás, frotándose el cuello.— ¡Qué mierda, me siento tan débil como un gatito!

Henry Fry le miró con preocupación.

—Dudo que él lo hubiera escuchado, porque ya estaba decidido.

Los irlandeses conocen el valor del martirio.

Construyen sus leyendas sobre él, así como su historia.

Siempre lo han hecho, y esa es la razón por la que nunca sacaremos lo mejor de ellos.

Sé cómo son, señor De Lancey: mi padre estuvo en el ejército y yo pasé la mayor parte de mi infancia en guarniciones irlandesas.

—Volvió a ofrecerle el vaso y le dijo en voz baja—: Vamos, señor, beba esto.

Lo hará dormir durante una o dos horas, y, por su aspecto, dormir es lo que necesita.

Ya ha hecho todo lo posible; Fitzroy actuó por su propia voluntad.

—¿Está muerto, señor Fry? —George preguntó, pesaroso.

—A estas horas, supongo que sí. Al viejo no le gustan las demoras.

Sintió que la boca del vaso se apretaba contra sus labios. Consciente de un sentimiento de intensa pena, George engulló el trago.

Había anochecido cuando despertó. El balanceo del barco le indicó que estaban en marcha. Se vistió y subió a cubierta, solo para encontrarse, tal como había temido, con el cuerpo de Patrick Fitzroy, ese hombre que fuera médico, colgando del palo mayor.

Otros dos cuerpos colgaban, uno a cada lado, formando un trío de curioso simbolismo contra un cielo que se enlutaba. Cuando Henry Fry, que estaba de guardia, cruzó la cubierta para reunirse con él, George le preguntó con amargura:

—¿Tres mártires en lugar de uno, señor Fry? ¿Cómo ha ocurrido, por el amor de Dios?

El oficial bajó la cabeza en un gesto de resignación.

—Dos de ellos intentaron hacer lo mismo que usted, señor De Lancey: intervenir. El sargento Holmes mató a uno de un balazo y el capitán ahorcó al otro por amotinamiento. —Suspiró.— Llevaremos una nueva leyenda a la bahía Botany, me temo, pero… ¿qué demonios podíamos hacer?

Se marchó para reanudar sus tareas mientras George se quedaba suspirando. Tuvo un pensamiento sombrío: sí que podía hacer algo, se dijo, podía invocar la ley y llevar a juicio al patrón del Conway.