Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

—Ha pedido tiempo para hablar del asunto con los demás. Pero, como abogado, capitán Barlow, cuestiono su derecho a aplicar a ese hombre su justicia sumaria, y lo cuestiono con toda mi energía. Debería llevarlo a Sídney a que lo juzgue un tribunal constituido como es debido. Usted…

—Tengo derecho a resolver un motín en alta mar —replicó Barlow furioso—, y ningún maldito abogado me convencerá de lo contrario. ¡Ya he perdido bastante tiempo aquí abajo! Mañana tendré que arreglar mi barco y estoy cansadísimo. Dígales que se den prisa.

Pero nadie acudió a la mirilla. Esperaron.

Barlow bostezaba y, en su impaciencia, golpeaba con los dedos uno de los barriles de provisiones.

Henry Fry se puso a hablar en voz baja con uno de los centinelas, mientras Holmes los observaba con gesto hosco.

El sargento había hecho varios intentos infructuosos de llamar la atención del capitán.

Con evidente reticencia y con Barlow gritando un aluvión de órdenes a sus espaldas, Fry se marchó a montar guardia. Al pasar junto a George, se detuvo y le dijo en un ronco susurro:

—Tiene derecho a colgar a los amotinados, señor De Lancey, y a dispararles en defensa propia. Pero no son hombres malos, créame. Haga lo que pueda por ellos.

Se fue sin esperar respuesta. Unos minutos más tarde, Dean regresó acompañado de sus hombres, todos cargados con los suministros médicos que pudieron encontrar en el hospital de Shea. George los estaba examinando cuando Fitzroy llamó a través de la mirilla.

—¿Son esos los suministros que le he pedido?

—Sí —le dijo George—, y los instrumentos del doctor Shea.

Estaba empezando a enumerarlos cuando intervino Barlow.

—¡Demonios! —tronó—, eso es todo lo que van a conseguir. ¿Y qué tal si cumplen su parte del trato? ¡Quiero al asesino de Shea y quiero que me lo entreguen antes de recibir los malditos suministros médicos!

—Cumpliremos el trato —afirmó Fitzroy—. Pero no por ahora, se lo ruego; necesitamos al hombre en cuestión.

—Dudó, y luego continuó con lentitud—: Tiene mi palabra solemne de que se entregará tan pronto como los heridos hayan sido atendidos, señor De Lancey.

Eso puede tardar un poco más de lo que su capitán ha precisado, pero no faltaré a mi palabra. ¿Acepta?

El capitán Barlow se había inclinado un poco hacia delante para escuchar. Empezó a negar con la cabeza, pero George se adelantó y dijo enfadado:

—Aceptaré la palabra del reo, capitán. Maldita sea, yo…

—¿Eso hará? La palabra de otro caballero, ¡incluso si se trata un despreciable rebelde irlandés, no es suficiente, señor, por Dios que no!

—¿Qué tiene que perder, por piedad? —argumentó George exaltado—. Unas pocas horas, tal vez. Si Fitzroy no cumpliera su palabra, usted podría enviar a los soldados del señor Dean y sacar al hombre por la fuerza, ¿o no?

—Cierto —concedió Barlow—, y no quiero más disparos.

Tengo que entregar algunos de estos cerdos vivos en la bahía Botany o el gobierno no me pagará.

—Hizo una pausa, frunció el ceño y luego exhibió una lenta sonrisa.

— Ponga a prueba a su caballero si lo desea, señor De Lancey.

Lléveles los útiles médicos y quédese allí hasta que estén dispuestos a cumplir su promesa.

Y luego, que le entreguen al asesino. Es lo justo, ¿no?

Era evidente, por el brillo malicioso de sus ojos, que el patrón del Conway esperaba oírlo rechazar una sugerencia tan indignante. Sorprendido por un momento, George vaciló.

—No correrá ningún peligro entre nosotros, señor De Lancey, y contará por siempre con mi gratitud por haber accedido a ayudarnos, créame.

Desde el otro lado de la puerta cerrada con candado, la voz de Fitzroy era suplicante. George respondió. La ira que lo tenía colmado unos momentos antes empezó a escapar poco a poco.

Haciendo caso omiso de Barlow, se volvió hacia Dean y le dijo en seco:

—Abra la puerta, señor Dean. Envíe a cuatro hombres conmigo para que entreguen las provisiones médicas y se lleven a los muertos. Y luego…

—¿Entonces, señor? —preguntó el alférez, y se relamió los labios resecos—. Me quedaré si me necesita. Yo…

—¡Saldrá y cerrará la puerta, señor! —gruñó el capitán—. Está al mando de la guardia, ¿no? Por lo tanto, su obligación es comandar la maldita guardia, no hacerse el héroe. Deje eso al señor De Lancey. Él se ha ofrecido voluntario.

Dean bajó la voz a un susurro.

—Pondré una guardia fuerte, señor —prometió—, y estaré en la puerta. Solo tendrá que llamarme.

—Gracias, señor Dean —reconoció George.

Cuando entró en el aposento de los prisioneros con el instrumental del doctor Shea en una bolsa, se dio cuenta de que no era probable que tuviera que pedir ayuda a la guardia de Dean.

Se encontró entre hombres demacrados, harapientos, medio humanos en su degradación, acobardados y abatidos, sin fuerzas para luchar.

Observaban con ojos apagados cómo sacaban a sus muertos.

Se apartaron del camino de los soldados y no protestaron cuando el sargento Holmes descubrió unos cuantos toscos garrotes escondidos en una de las literas.

No habían hecho ningún intento real de ocultarlos.

Los confiscó con gesto triunfal, incitando a los irlandeses a oponerse, pero nadie le hizo caso.

Solo se encogieron de hombros y se dieron la vuelta.

—¿Lo ve, De Lancey? —dijo Patrick Fitzroy con amargura—, no somos amotinados.

Se reveló como un hombre alto, moreno, de espesa barba.

Estaba tan delgado y tan poco cubierto de ropa como el resto.

A la luz vacilante e inestable de la única linterna que había en los sollados, a George le dio la impresión de que estaba a punto de desplomarse de agotamiento.

Pero muy pronto se deshizo de tales ideas.

Había hombres muy malheridos a quienes debían atender, señaló, hombres con graves heridas en la cabeza causadas por los mosquetes de los soldados.

Varios tenían miembros fracturados, en tanto que otra media docena tenían balas de mosquete alojadas en el cuerpo.

Además, como señaló el médico, había enfermos crónicos, muchos de los cuales mostraban los estragos inconfundibles del escorbuto.

—Y Seamus Burke tendrá que perder el brazo derecho —terminó Fitzroy con tono sombrío—. Que Dios me ayude. Espero no haberme apartado tanto de mi profesión como para no poder quitárselo.

Trabajó sin descanso durante lo que quedaba de noche y hasta la mañana siguiente.

Sus manos llenas de cicatrices condujeron los instrumentos oxidados y romos de Shea.

Cosió heridas, sondeó en busca de balas y detuvo hemorragias lo mejor que pudo.

Maldecía su falta de práctica y, a veces, elevaba oraciones en voz alta.

Mientras el resto se sumía en la apatía, una docena de hombres se esforzaban por ayudarlo.

Entre ellos estaba su hermano, el padre Joseph, obstinado en restar importancia a su propio dolor.

También un muchacho rubio, de cara blanca y ojos inexpresivos, a quien se dirigía como Christie.

El chico revoloteaba junto a él y sostenía la linterna mientras el cirujano trabajaba.

George, en mangas de camisa, aplicaba vendajes y repartía láudano.

Pronto se sintió tan sucio como los presos que lo rodeaban y, por desgracia, consciente tanto de las alimañas que reptaban por su piel como del hedor nauseabundo del agua de sentina que le cubría los pies.

Muchas veces se vio afectado por violentas náuseas que amenazaban con vencerlo, pero luchó contra ellas, aunque avergonzado de su debilidad ante sufrimientos que eran mucho mayores que el suyo.

El peor momento llegó cuando hubo que amputar el brazo destrozado del gran Seamus Burke.

Dean había incluido un pequeño barril de ron entre los suministros médicos, así que Burke recibió una generosa dosis, así como un tapón de cuero para morder.

Pero sus gritos agónicos no pudieron ser acallados, y los durmientes, despertados con brusquedad, unieron a los suyos sus propios gritos de espanto.

Al fin, gracias a la Providencia, cayó inconsciente.

Patrick Fitzroy, sudando a mares, consiguió completar su sangrienta tarea.

El capitán no volvió a aparecer. El alférez Dean, por su parte, llamaba a George de vez en cuando a través de la mirilla, como refuerzo a la vigilancia continua que le había prometido.

Las bombas volvieron a funcionar y eliminaron la mayor parte del agua maloliente que había dejado la tormenta, con lo que las condiciones mejoraron de manera notable.

Más tarde, Henry Fry bajó para entregar algunas bebidas alcohólicas de sus propias provisiones e informar a todos de que faltaba apenas media hora para el mediodía, hora en que el capitán, que estaba durmiendo, había ordenado a su mayordomo que lo despertara.

—No te concederá mucho más tiempo —le dijo a George cuando este acudió a su llamada a la mirilla—.

Nuestras reparaciones avanzan a buen ritmo y el vendaval se ha calmado.

Nos haremos a la mar de nuevo antes del anochecer, con un aparejo de emergencia en el trinquete.

El viejo tiene intención de hacer escala en Hobart, según me ha informado, con la esperanza de conseguir un mástil y de aprovisionarse de agua y víveres frescos.

Tal vez deje ahí a los heridos, en el hospital, pobres diablos.

—¿Qué posibilidades hay de que eso ocurra? —preguntó el fatigado George.

El oficial se encogió de hombros.

—No sabría decirlo, señor De Lancey; pero sí sé que tiene intención de montar su cadalso antes de que zarpemos. Ya me ha ordenado preparar la verga principal. La cuerda está esperando al pobre Christie O’Dowd. Fitzroy tendrá que entregarlo o atenerse a las consecuencias.