Capítulo 2 #3
George se dio cuenta de que el agudo oído del irlandés había captado su apellido cuando Holmes lo mencionó. Preguntó con cautela:
—¿Entonces qué, señor Fitzroy?
—Entonces, señor, cumpliremos nuestra amenaza. Fusilaremos al médico. Después de él, si es necesario, a los otros dos. Luego, sin importar las consecuencias, intentaremos tomar el barco.
La respuesta, pronunciada con firmeza, era convincente.
Patrick Fitzroy no era un rebelde salvaje de las ciénagas irlandesas, sino un hombre educado.
George sintió simpatía y respeto por él.
Se estaba dando la vuelta con la intención de ir a informar al capitán de su intento de mediación, cuando descubrió, consternado, que el propio Barlow bajaba de un salto por la escalera del tambucho.
Iba apartando a los soldados en su prisa por ganar equilibrio.
Por lo visto, había oído las últimas palabras de Fitzroy, porque las repitió a pleno pulmón.
—¡Matad a mi cirujano, malditos bribones! ¡Intentad apoderaros de mi barco! ¡Antes os veré en el infierno a todos! Coja su mosquete, sargento Holmes, ¡cójalo, le digo!
Holmes no necesitó una segunda orden. Se lanzó hacia delante, a la izquierda del cañón que apuntaba. George quiso interceptarlo, pero el sargento usó el hombro para cargar contra él y lo dejó de rodillas, sin aliento y jadeando.
El mosquete disparó, pero Holmes ya lo tenía cogido por el cañón.
La bala fue a alojarse en las vigas de la cubierta superior sin hacerle daño a nadie.
La explosión de la carga, fortísima en un espacio tan reducido, retumbó como un trueno.
Al instante, las voces de los prisioneros, silenciosas hasta entonces, se alzaron en una protesta conmocionada y furiosa.
Luego, también de repente, volvieron a callar.
George luchaba aturdido por ponerse en pie cuando oyó que Fitzroy gritaba con urgencia.
—¡No! ¡Estúpido loco, no! Déjalo en paz.
Sonó un segundo disparo, esa vez dentro de la prisión. Al estampido siguió un grito agónico y, luego, el golpe sordo de un cuerpo que caía.
Fitzroy volvió a hablar, avergonzado y compungido.
—De Lancey… Lo siento. Su médico ha recibido un disparo por error. Lamento decirle que está muerto. Pero los demás están a salvo y no les pasará nada si…
Cualquier propuesta que hubiera estado a punto de hacer fue cortada por un imperioso bramido del capitán.
—¡A las aspilleras, señor Dean! —ordenó—. ¡Por Dios, colgaré a esos cerdos asesinos! Dispare una salva sobre sus cabezas y dígales que suelten al oficial. Si no lo hacen, abra esa puerta y acometa contra ellos.
—Lo soltarán, señor —empezó George—. Déjeme…
Pero Barlow acalló su súplica.
—¡Adelante, señor Dean! —rugió—, ¡he dicho!
A Dean, George lo sabía, no le quedaba más remedio que obedecer.
El joven alférez tuvo gritar por encima de la algarabía de voces y maldiciones procedentes del interior de la prisión.
George, desde donde estaba, retenido a la distancia por la pesada mano del capitán, no tenía forma de saber si los soldados habían acatado las instrucciones de Dean de apuntar alto con su primera descarga.
Los gritos y llantos de dolor lo hicieron dudar de que todos hubieran obedecido.
Recargaron las armas y desbloquearon la puerta.
Ante ellos se reveló una multitud de convictos harapientos, figuras tétricas como espantapájaros a la tenue luz de la linterna suspendida de un bao por encima de sus cabezas.
Era claro que Fitzroy había perdido el control sobre ellos, o bien que, desesperado, se había entregado a la decisión de arriesgarlo todo en un intento de escapar.
Sin embargo, a pesar de su número y de que avanzaron en masa, no tenían ninguna posibilidad contra los soldados armados y disciplinados.
Los hombres de Dean entraron y la primera fila abrió fuego.
Al apagarse los ecos estruendosos, el resto cargó tras ellos con las culatas de sus mosquetes como si fueran mayales.
Salieron a los pocos minutos, cargando en andas el cadáver del doctor Shea.
También salió Fry, el primer oficial, que, por lo visto, estaba ileso.
Detrás quedaron los aposentos de los prisioneros hechos un revoltijo.
George echó un breve vistazo antes de que la puerta se cerrara con estrépito y se dio la vuelta.
Sentía el estómago revuelto. Se encontró frente al capitán del Conway .
—Ahora no se amotinarán, señor —observó Barlow con satisfacción apenas disimulada—.
¡Y no me arrebatarán el barco, que se vayan al infierno!
—Su mirada se fijó en Dean. El joven estaba de pie junto a la puerta de la prisión, con las llaves en la mano.
Tenía la cara blanca y se lo veía muy agitado.
— ¿Ha sacado a su centinela? —preguntó en seco.
El alférez asintió.
—Sí, señor, lo hemos sacado. No está herido.
—Entonces, vuelva a poner los candados y ciérrelos, señor, ¿A qué espera?
—Señor, hay hombres muertos y moribundos ahí dentro, una veintena, quizá más. ¿No podemos atenderlos?
—¿Atender a esos malditos amotinados? —exclamó Barlow con todo su desprecio—.
¿Darles la oportunidad de tomar más rehenes, por el amor de Dios?
¡Está loco, señor! En cualquier caso, esa escoria ha asesinado al único hombre que podía vendar sus heridas, ¿no es así?
Han matadi al médico, que se pudran. Se lo han buscado, al demonio con ellos.
Una vez más, George intentó intervenir.
—Capitán Barlow, al pobre Shea lo han matado por error.
Un hombre se escapó de su control; no era su intención.
Estaban dispuestos a liberar a los tres rehenes ilesos a cambio de algunas mercedes que usted bien podría haberles concedido, señor, sin riesgo de problemas de ningún tipo.
Se lo ruego, permítame entrar… con el alférez Dean, si él está dispuesto, y una guardia de sus hombres.
Vamos a retirar a los muertos, al menos, y daremos a los heridos agua fresca y vendas y todo el socorro que podamos.
El capitán Barlow lo miró suspicaz, con el ceño fruncido.
—¿Un veterano de Waterloo quiere socorrer a los malditos rebeldes?
—Por puro sentido humano, Capitán… sí.
La mención de Waterloo por parte de Barlow despertó los recuerdos que George De Lancey había intentado borrar de su mente, aunque en vano.
Recuerdos de la espantosa carnicería que había quedado como secuela de la victoria: hombres sufriendo, caballos mutilados, y él mismo inmovilizado bajo el cuerpo de su corcel, impotente para salir de ahí.
Se había sentido tan indefenso como los desafortunados rebeldes irlandeses estaban en ese momento. Dijo tajante:
—Son seres humanos, capitán Barlow, maldita sea.
El joven Dean, había que reconocérselo, acudió en su apoyo.
—Estoy dispuesto, señor. Y puedo poner una guardia fuerte en la puerta.
El ceño de Barlow se relajó.
—Muy bien, entonces. Pero, a cambio, quiero que esos granujas hagan una concesión. Dígales que se les dará socorro si entregan al asesino de mi médico para que yo pueda colgarlo. Y asegúrese de que sepan que lo ahorcaremos, señor. Será en punto de las ocho campanadas de la guardia de la mañana.
Con extrema reticencia, George pidió a Patrick Fitzroy que acudiera a la puerta de la prisión y le explicó las condiciones del capitán. El portavoz de los convictos gimió al oírlas.
—La muerte del médico no ha sido intencionada —dijo—.
Le ruego que lo crea, señor De Lancey. Pero…
su capitán no nos deja otra alternativa, ¿verdad?
Tenemos aquí tres muertos y más de veinte heridos, algunos de los cuales morirán si no se los atiende.
Necesitamos vendas, instrumentos quirúrgicos y láudano…
—Enumeró las necesidades con una amargura que ni siquiera intentaba ocultar.
—¿Tiene la habilidad para usarlos? —preguntó George.
Los ojos de Fitzroy brillaron tras la estrecha abertura de la mirilla.
—En otros tiempos, señor, fui médico. Mis habilidades están oxidadas, pero no las he olvidado del todo.
Y… en cuanto a entregar al hombre que ha matado a su cirujano, creo que se puede arreglar, pero debe darme un poco de tiempo.
¿Diez minutos, quizás, o un poco más, mientras hablo con los otros? Gracias, señor.
El alférez Dean y dos de sus soldados se dirigieron al hospital a buscar los suministros médicos. George fue a informar al capitán del Conway , pero lo encontró en lo que parecía una conversación airada con el primer oficial.
—Estaban listos para rendirse, capitán —oyó acusar a Henry Fry—. Le juro, señor, que no tenían ninguna intención de tomar el barco, además de que nos estaban tratando bien. Fitzroy es un caballero y…
El capitán Barlow interrumpió enojado:
—¿Qué los trataban bien? Por Dios, ¡el pobre diablo de Barney Shea no estaría de acuerdo con usted, si pudiera hablar ahora! No lo creo. Lo han asesinado a sangre fría, ¿verdad? Los soldados se han llevado su cadáver, señor. Tenía un tiro en la nuca.
—Ha sido el acto de un joven impulsivo, señor —protestó Fry—.
No fue intencionado. Cuando oyeron sus amenazas, cundió el pánico y perdieron la cabeza.
Barney Shea los estuvo fastidiando. El pobre no estaba sobrio, no paraba de decir que, una vez desembarcados, él se encargaría de enviarlos a todos al río Coal; así llamaba a cierto lugar, señor.
Les juraba que ninguno saldría vivo de allí.
Barlow gruñó.
—Si usted lo dice, señor. Pero son escoria, todos ellos, y al asesino lo colgaremos.
—Se volvió hacia George y le preguntó, satírico—: Bien, señor De Lancey, ¿qué tiene que decir el caballero rebelde, el señor Fitzroy?
Usted le ha dado a conocer mis condiciones.
¿Va a entregar al asesino a la justicia?
George tuvo que controlar el impulso de estrellar su puño contra la cara redonda y roja del patrón. Le contestó en tono gélido.