Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

George hizo lo que el capitán le pidió, y, con el joven Dean y sus jadeantes soldados, se puso a trabajar en una de las bombas hasta que estuvo a punto de caer exhausto. El oficial Fry los relevó al fin. Puso la boca cerca de la oreja de George para hacerse oír por encima del rugido del viento.

—No falta mucho, señor De Lancey —gritó—. Hay tierra a la vista y, si mis cálculos son correctos, no estamos a más de diez millas de la bahía. Mantengamos esto a flote una hora más y estaremos a salvo.

Los cielos grises y azotados por el viento empezaban a ceder ante la creciente oscuridad cuando el viejo barco, con sus bombas crujiendo, entró cojeando al abrigo de la cerrada bahía y fondeó por fin.

El ancla se hundió en las negras aguas y un grito de júbilo se alzó entre los hombres, que habían sido expuestos a una durísima prueba.

El Conway estaba en medio de colinas boscosas muy elevadas.

Las elevaciones lo aislaban del temporal que seguía azotando la mar con toda su furia.

Quedaba mucho por hacer antes de que el viaje pudiera reanudarse: había que reponer el trinquete y aparejarlo, reparar daños en obenques, drizas y velas, reemplazar vergas perdidas y bombear el agua que se había metido…

Muy serio, Henry Fry iba enumerando estos defectos, así como otros menores que también había que reparar. Y eso llevaría tiempo, les advirtió.

Pero, por una vez, el taciturno patrón permitió a su gente relajarse y celebrar su salvación.

El camarero sirvió ron a los marineros y soldados, y el propio Barlow, que se había puesto ropa seca y estaba de buen humor, se acercó al camarote, invitó a sus oficiales y a los pasajeros a beber con él y aceptó las felicitaciones con ruda complacencia.

Solo el médico, el doctor Shea, y Fry, el oficial, faltaron a la reunión, aunque nadie preguntó por la razón de su ausencia.

George, en su tercer brandy y dolorido por el cansancio, fue consciente, si bien de manera vaga, de que la silla del médico estaba vacía casi por primera vez desde que zarparon de Cork.

Fue el sargento Holmes quien puso un brusco fin a la celebración. Llegó tambaleándose, sangrando por una fea herida en la cabeza y con el rostro ceniciento por una mezcla de dolor y rabia. Venía a dar la voz de alarma de que los prisioneros habían hecho un intento de apoderarse del barco.

—Esos cabrones traidores han llamado al médico, señor —le dijo a Barlow—, pues alegaban que varios de ellos tenían heridas de gravedad.

El doctor Shea ha bajado con el señor Fry y uno de mis hombres, señor.

Los prisioneros se han abalanzado sobre el muchacho, le han quitado el mosquete y la bayoneta y han secuestrado a los otros dos.

Los tendrán como rehenes, dicen, y amenazan con matarlos, a menos que usted baje a parlamentar.

—Hizo una pausa para recuperar el aliento y se señaló la herida de la cabeza.

— Yo estaba junto a la puerta principal cuando unos malditos se han abalanzado sobre mí.

Apenas he podido cerrar la escotilla y asegurar los candados.

Y ha dejado a los rehenes dentro, pensó George, con tal de salvar su pellejo… Pero quizás estaba siendo injusto. Otro acto habría liberado a los convictos, dándoles la oportunidad de dominar el barco y a su agotada tripulación. Miró al alférez Dean y vio que estaba blanco de consternación.

—¿Va a parlamentar con ellos, señor? —preguntó Holmes.

—¡No, por Dios que no! —tronó el capitán, y su mirada se dirigió a Dean, igual que la de George—.

¿Y bien, señor? —preguntó con dureza. Todo rastro de su anterior benevolencia acababa de desaparecer—.

¿Va a enviar a sus malditos casacas rojas a que se ocupen del asunto?

Quiero que acabe con esto, aunque tenga que abrir fuego contra la maldita escoria irlandesa, ¿entendido?

Antes de que el alférez Dean pudiera replicar, el corpulento sargento, recuperada la grandilocuencia perdida, intervino de inmediato:

—He reunido a nuestros hombres, señor, y están listos. —Y muy resentido, añadió—: Será fácil poner a raya a esos cerdos. La puerta está cerrada. No hay necesidad de arriesgarse a abrirla.

El capitán Barlow asintió. Impaciente, desafió a Dean.

—¿Y bien, señor alférez? Usted está al mando de la guardia de convictos, ¿no?

—Sí, señor —reconoció Dean con tristeza—.

Pero ¿qué hay de los rehenes? ¿Qué hay del señor Fry y del médico?

¿No escuchará lo que tengan que decir los convictos?

, ¿qué condiciones le ofrecen a cambio de las vidas de los rehenes, al menos?

Si les disparáramos, incluso si tan solo intentáramos ponerlos en desbandada, señor, podrían asesinar a ambos hombres. Sería imposible evitarlo.

—El señor Dean tiene razón, capitán Barlow —dijo George, consciente de que su intervención iba a provocar resentimientos, pero ya era incapaz de contenerse.

No era partidario del borracho Shea, pero Henry Fry era un buen hombre y un buen marinero, y ni Holmes ni el capitán parecían reconocer los riesgos de una acción precipitada—.

Yo estaría dispuesto a parlamentar con los prisioneros e informarlo a usted de sus demandas si…

Barlow interrumpió a George con un puñetazo de frustración en la barra.

—¡No negociaré con los condenados, señor De Lancey!

Pero, si lo desea, puede decirles mis condiciones.

Puede advertirles de que serán ahorcados, todos y cada uno, si le hacen daño a mi compañero o a mi médico.

—Con los ojos encendidos, se volvió hacia Dean.

— ¡Si no están dispuestos a escuchar a este caballero, ponga a esa escoria bajo advertencia con disparos sobre sus cabezas!

¡Vamos, señor alférez, baje! ¿O es usted demasiado cobarde para hacer lo que Su Majestad le paga por hacer?

Dean enrojeció indignado, pero George lo agarró del brazo.

—Bajemos —lo instó en un tenso susurro—. Veamos qué podemos hacer para que los irlandeses entren en razón.

En los malolientes confines de los sollados reinaba un inesperado silencio.

Pero George se dio cuenta de que los convictos estaban alerta cuando un ronco desafío lo detuvo al pie de la escalera.

Su linterna reveló el cañón de un mosquete que sobresalía de una de las aspilleras de la puerta.

La mirilla estaba abierta y, desde el otro lado, una voz con un leve rastro de acento irlandés le ordenó que explicara su situación.

—Quédese donde está y díganos a qué ha venido. Queremos hablar con el capitán del barco. Sin duda, sabrán que tenemos como rehenes a dos oficiales y a uno de sus casacas rojas.

—Lo sé, y el capitán ha sido informado.

Consciente del gran cuerpo de Holmes, que lo presionaba impaciente, George dio un paso adelante.

—Lo tengo en la mira. No se acerque más —advirtió la voz irlandesa—. ¿Tiene autoridad para negociar la liberación de los hombres que estamos reteniendo?

—No se me ha dado tal autoridad —admitió George—, pero yo…

—Por Dios, señor, ¿a qué ha venido?

—Vengo con la esperanza de evitar un derramamiento de sangre y a informarlo de las consecuencias, en caso de que alguno de los rehenes resulte herido. Libérenlos ahora ilesos, y no se tomará ninguna represalia contra ustedes. Pero, si no…

George empezaba a repetir la amenaza del capitán cuando, con un juramento ahogado, el hombre al otro lado del mamparo lo interrumpió.

—Si eso es todo lo que tiene que decir, entonces está malgastando su aliento.

En nombre de Dios, hombre, no somos tontos ni estamos jugando.

No tenemos ninguna intención de hacerles daño a nuestros rehenes, a menos que nos obliguen a ello.

Tampoco estamos preparando un motín ni queremos tomar el barco.

Todos conocemos la justicia inglesa por experiencia y, Dios santísimo, conocemos demasiado bien las consecuencias.

¡No hace falta que las explique! Seguro que colgarían a tantos de nosotros como pudieran y azotarían al resto, ¿no es así?

Bueno, ya hemos soportado bastante. Liberaremos a sus oficiales y al soldado si el patrón acepta nuestras condiciones.

—¿Cuáles son sus condiciones? —preguntó George. En contra de toda razón, sus esperanzas aumentaron. A su lado oyó a Michael Dean exhalar un largo suspiro de alivio.

—Son bastante simples —respondió el irlandés—: queremos comida decente y que nos quiten las cadenas y los grilletes durante lo que queda del viaje.

Queremos agua limpia y tiempo y espacio adecuados para hacer ejercicio al aire libre…

Todas las cosas a las que tenemos derecho y de las que se nos ha privado.

Hay hombres enfermos que no han recibido tratamiento.

—Su tono cambió y adquirió una nota de amarga ironía cuando añadió—: ¡Su miserable médico nunca había pasado tanto tiempo con nosotros como desde que lo hemos cogido por la fuerza esta tarde!

Me imagino que ahora estará de acuerdo en que nuestros aposentos son asquerosos y están llenos de gusanos.

Cuando lo liberemos, nos enviará todo el vinagre y el azufre que hemos pedido en vano desde que salimos de Río.

No reclamamos más que poder desembarcar en la bahía Botany como seres humanos, y no como animales. Eso es todo lo que pedimos.

—Está mintiendo —gruñó el sargento Holmes—, no le crea, señor De Lancey. Están armados y nos atacarán a la primera oportunidad que tengan. Ellos…

George lo silenció con hosquedad. Se acercó más a la puerta. Esa vez, el amenazador mosquete permaneció quieto.

—Transmitiré sus condiciones al capitán del barco. En la presunción de que usted habla por el resto, ¿puedo saber su nombre?

—Claro, por si sirve de algo, señor. Soy Patrick Fitzroy, hermano del pobre joven sacerdote que esta mañana su gente ha azotado casi hasta la muerte.

—El irlandés hizo una pausa para que sus palabras calaran hondo y prosiguió—: Debo advertirle que, si el patrón no está dispuesto a aceptar nuestras condiciones, señor De Lancey…