Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 2
7%

Capítulo 2

George De Lancey se enteró de todo el desgraciado asunto cuando subió a cubierta para presenciar la flagelación.

Asqueado y horrorizado, tanto por la designación arbitraria de la víctima como por el castigo, pidió explicaciones al alférez Dean. Cada vez más indignado, escuchaba el relato del joven sobre lo que había sucedido.

Había dormido todo ese tiempo con un sueño inducido por el consumo excesivo de brandy de Cabo, una bebida a la que en los últimos días se había vuelto afecto. La conciencia lo atormentaba sin piedad a medida que se desenvolvía la lamentable historia.

—Por todos los cielos, Michael, deberías haberme despertado —le reprochó—. ¿Por qué no lo hiciste?

—¿Qué podía haber hecho, señor? —replicó el alférez, encogiéndose de hombros con pesar—.

El padre tenía una pistola. La tenía escondida en su jergón.

Yo estaba allí cuando el segundo oficial la encontró.

Y, por lo que sé, algunos de los otros tienen armas.

El informante afirmó de que las tenían. De verdad, señor De Lancey, ¿qué podría haber hecho?

¿Qué, en efecto?, pensó George, incapaz de encontrar una respuesta.

Él era un civil y un pasajero. A bordo de su propio barco y en alta mar, el capitán Barlow tenía autoridad absoluta.

Si decidía ordenar la flagelación de un sacerdote o un laico, estaba en su derecho de hacerlo, sobre todo si se demostraba que el convicto en cuestión había cometido un delito.

—De todos modos —dijo—, me temo que el capitán Barlow se está buscando problemas. ¿Cuál era el estado de ánimo de los demás presos cuando se llevaron al Padre?

—Era algo feo, señor —respondió el alférez Dean sin vacilar—, y en ese momento no sabían que el padre Joseph iba a ser azotado. Me atrevería a jurar que ahora las cosas se pondrán mucho más feas.

—¿Tan feas como para desatar la violencia —sugirió George — o un intento de tomar el barco? ¿Eso supones? Eso fue lo que dijo el informante, ¿no?

—No sé si llegarán a tanto, pero no me sorprendería. MacBride dijo que han estado haciendo armas improvisadas durante algún tiempo; y, si eso es lo que han estado haciendo, me imagino que tratarán de usarlas. Son irlandeses, señor, y los irlandeses saben odiar.

Y con buenos motivos, estaba dispuesto a admitir George.

—Los regimientos irlandeses estuvieron con nosotros en la campaña peninsular.

Se encontraban entre nuestras mejores tropas y las más valientes —dijo pensativo—.

Maldita sea, no pudimos haber pedido mejores regimientos que el Octogésimo Octavo o los Dragones Reales de Irlanda, y el Sexto estuvo magnífico en Waterloo.

Nosotros cargamos a su lado. Pero… —Suspiró.

— Si se les niegan la libertad y los privilegios en su propio país y se los condena como rebeldes cuando intentan luchar por estos derechos, supongo que este resultado es inevitable.

Pero no es justicia, ¿o sí? Me pregunto si serviría de algo intentar hablar con ellos.

—Se estaría metiendo en la jaula de los leones, señor —respondió convencido el alférez Dean—. Y el capitán tampoco escuchará.

Tenía razón, tal vez, pensó George con pesar. No obstante, esa mañana hizo un intento de hablar con Barlow, solo para toparse con un abusador malhumorado y una obstinada negativa a hacer la más mínima concesión a los sentimientos ultrajados de los irlandeses.

—Está soplando un vendaval, señor, y no tengo tiempo que perder con usted ni con esa escoria de convictos.

Antes de que acabe el día, estarán demasiado mojados y mareados para causar problemas.

Tres o cuatro pies de agua salada en sus habitaciones deberían mantenerlos tranquilos.

Recuperarán a su cura, pero eso es todo.

Le he dicho a Barney Shea que lo entregue en cuanto recupere el juicio.

El padre Joseph había soportado su castigo con valor estoico.

Hasta que perdió el conocimiento, apenas había emitido un grito.

Y el doctor Shea, que debía estar presente para detener la flagelación cuando la víctima perdiera el sentido, no había hecho nada, recordó George muy disgustado.

En lugar de eso, pidió que arrojaran al infortunado cubos de agua salada, y, una vez reanimado el cura, dio su anuencia para que continuaran los azotes.

Después del latigazo número cincuenta, la espalda del sacerdote era una pulpa sanguinolenta.

El hombre apenas respiraba cuando lo llevaron al hospital, en la proa del barco.

Y Shea había desayunado y bebido su media botella de licor habitual antes de bajar a atenderlo.

George dio la espalda al patrón del Conway y controló con dificultad su creciente ira.

Ya había visto azotar a hombres, pues el duque era un severo disciplinario.

Los saqueadores, ladrones y desertores de su variopinto ejército habían sido castigados con toda la fuerza de la ley militar.

Pero aquellos eran soldados duros y en buena forma física, no prisioneros medio muertos de hambre al final de un viaje de cinco meses en un barco de presidiarios.

Estos cuerpos eran solo piel y huesos. Y, si el cura muriera…

Maldijo exasperado, conmocionado, pues se daba cuenta de que sus simpatías estaban casi por completo con los rebeldes irlandeses.

Además, de toda la compañía del Conway , solo Henry Fry, el primer oficial, y Lewis, el mayordomo, y sí, también el joven Michael Dean, comandante de la guardia, merecían su respeto.

La ironía era que, tal vez, en el fondo, por todo lo que había apoyado la causa del rey en los Estados Unidos, él también era un rebelde. En cualquier caso, valoraba mucho la justicia y la libertad del individuo. Eran las únicas causas por las que merecía la pena morir.

Con esa conclusión en mente, buscó al doctor Shea.

Lo encontró, como de costumbre, en su camarote y con un vaso medio vacío en la mano, el fular manchado y desarreglado y el habla ya un poco arrastrada.

Pero Shea estaba lo bastante alerta como para rechazar su petición de que le diera permiso de visitar al cura en la enfermería. En tono gélido le dijo:

—Después de la cena, voy a enviar a ese tunante a donde debe estar, De Lancey.

Si por casualidad se topa con el joven Dean, quizá sea tan amable de decirle que necesitaré un guardia.

—Empujó su botella de brandy en dirección a George, reprimió un hipo y añadió—: Tómese un trago, hombre, y olvídese de los malditos pícaros de los convictos.

Nos espera la madre de todas las tormentas, si hemos de creer al capitán Barlow, y suele tener razón.

Me dijo que su intención es correr hacia la bahía Aventura, en la Tierra de Van Diemen, tan rápido como esta vieja bañera nos pueda llevar.

En una hora no se podrá estar de pie en la cubierta.

En tan sombrío pronóstico, el médico demostró tener razón.

No había pasado una hora cuando el Conway ya estaba luchando contra una mar montañosa.

El viento fue aumentando con rapidez hasta convertirse en un vendaval que azotaba furioso el agua.

Si en sus mejores momentos el barco era un navegante parsimonioso y haragán para responder al timón, hacía agua a toneladas cuando el tiempo se ponía malo.

Enterraba la proa roma bajo olas espumosas que se abalanzaban de punta a punta, amenazando todo lo que no estuviera asegurado en la cubierta.

Los hombres de guardia se movían por su cuenta y riesgo, aferrados a unos cordones salvavidas que habían aparejado a toda velocidad.

En un momento dado, los dos timoneles se vieron obligados a amarrarse a su peligroso puesto, con tal de mantenerse en equilibrio y fijar la proa del barco contra el viento.

Ansioso por llegar a un refugio antes de que empeoraran las condiciones, el capitán Barlow mantuvo desplegada toda la vela que se atrevió.

Intentaba en vano mantener el rumbo de un viejo barco que escoraba bajo el salvaje ataque del viento.

Una de las velas superiores se rasgó con un ruido como el de un disparo lejano y dos marineros se perdieron cuando se ordenó a los gavieros subir a recogerla.

Con semejante tormenta, no había manera de enviar ningún barco a rescatarlos.

El Conway roló, abandonándolos a su suerte, y las cabezas temblorosas pronto se perdieron de vista en su estela sibilante.

A pesar de su corpulencia, el capitán Barlow iba por todas partes en cubierta, y el viento y el agua parecían impotentes contra su humanidad.

George, que lo observaba desde la relativa seguridad de la sala de mapas, se vio obligado a reconocer la habilidad marinera y el coraje del corpulento capitán.

Barlow no perdió la cabeza ni siquiera cuando el trinquete se desplomó en medio de una maraña de jarcias y vergas destrozadas.

Sus órdenes a gritos, amplificadas por el megáfono, hacían que los hombres se tambalearan por la cubierta escorada para arrancar con hachas, cuchillos e incluso con sus propias manos, las cuerdas cercenadas y enredadas; entre esos hombres, el propio George.

En el punto álgido de la tormenta, incluso los soldados fueron llamados a manipular brazas y hacer funcionar las bombas.

Sin embargo, ante la sugerencia de George, hecha entre jadeos, de que se reclutara voluntarios de la prisión, Barlow maldijo iracundo y sacudió la cabeza cubierta con la capucha de un chubasquero.

—¿Dejar sueltos a esos bandidos? ¿Sin soldados que los vigilen?

Por Dios, señor, ¡eso será lo último que haga!

Los cerdos podrán pudrirse en el infierno, ¡pero no correrán libres por mi cubierta mientras yo esté vivo y al mando!

Estaremos fuera de esto en otro par de horas, en la bahía Aventura, si el viento no cambia.

Vaya a darse una vuelta con las bombas si no tiene nada mejor que hacer que ofrecerme malos consejos.