Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Se dirigió a Lawrence, como si nadie más estuviera ahí, y mientras él y el segundo oficial empezaban a abrir la puerta, Murdo se encontró deseando haberse tomado el tiempo para despertar a George De Lancey y convencerlo de que él también sirviera como testigo.

Pero ya era demasiado tarde. En cualquier caso, De Lancey era un pasajero civil con menos autoridad incluso que el propio Murdo. Cierto que era abogado, pero…

La pesada puerta se abrió con un chirrido y Lawrence entró en el camarote de los prisioneros. Sostenía la linterna delante, con el brazo extendido.

Varias pulgadas de agua, reliquia del último vendaval, cubrían el suelo de madera.

El agua se agitaba perezosa con el balanceo del barco, de un lado al otro, cargándose de pestilencia.

En el interior flotaba un aire pesado y sin vida, ya que las dos compuertas de ventilación estaban cerradas.

Había dos filas de literas de madera, una encima de la otra, extendidas a proa desde el palo mayor.

Cada una cubría un espacio de seis pies cuadrados y estaba ocupada por cuatro hombres.

Corría entre ellas una cadena continua a la que se podían atar, de ser necesario, los grilletes de los hombres…

Ese era otro de los brutales refinamientos de Barlow, recordó Murdo.

Despertados por el chirrido de la puerta y la luz de la linterna del oficial, los convictos empezaron a revolverse.

Algunos se sentaron en silencio, desconcertados, y otros recibieron la inesperada intrusión con quejas hoscas y gruñendo obscenidades.

El sargento Holmes no les hizo caso. Avanzó a grandes zancadas, sordo tanto a los insultos como a las preguntas y, con Lawrence pisándole los talones, se dirigió a la litera donde dormía el sacerdote.

El padre Joseph era un hombre joven, delgado y pálido.

Llevaba la cabeza rapada y una cicatriz en una mejilla.

Acurrucado bajo la única y fina manta que le correspondía a cada convicto, luchó en vano por liberarse cuando las grandes manos del sargento lo agarraron sin miramientos por los hombros y lo sacaron de su litera.

—¿Qué quiere de mí, sargento? —preguntó, sobresaltado. De inmediato, habiendo recordado su vocación, añadió en voz baja—: Si algún hombre se está muriendo y me necesita, iré de buena gana. No tiene por qué usar la fuerza. Conozco mi deber para con Dios, incluso en este barco infernal, y…

El puño de Holmes silenció la leve queja.

El sacerdote retrocedió, tambaleándose, y levantó las manos encadenadas para protegerse la cara de otros golpes.

Lawrence se puso a registrar la litera. Rasgó con su cuchillo de marinero el empapado colchón de paja y, cuando el objeto de su búsqueda salió a la luz, gruñó satisfecho.

—¡Hela aquí! —exclamó—, ¡una pistola!, ¡este cura sinvergüenza tiene una pistola!

Vaya precio el de su deber para con su Dios, ¿eh?

—Extendió el hallazgo y acercó la linterna para que Murdo lo inspeccionara.

Una sonrisa burlona jugueteaba en sus labios.

— Usted es testigo, señor, es una pistola, ¿verdad?

Era una vieja y oxidada pistola de duelo.

Con toda probabilidad estallaría si, por algún milagro, pudiera dispararse.

Después de que una prolongada y diligente búsqueda no diera con una sola bala ni con pólvora, se preguntaba por qué el joven padre se habría molestado en conservarla.

A pesar de todo, estaba obligado a admitir que se trataba de un arma, que había sido encontrada en posesión del padre Joseph y que, sin duda, estaba oculta.

Presionado por Lawrence, declaró eso de mala gana. Entonces, sin esperar órdenes, el sargento Holmes agarró al sacerdote por el cuello de su andrajosa túnica negra y empezó a llevárselo a empellones hacia la salida.

Los presos que estaban cerca y lo bastante despiertos para darse cuenta de lo ocurrido exigían airados que soltaran al padre.

Otros se unieron al clamor y se desató un pandemónium.

Los irlandeses gritaban como salvajes y golpeaban con sus cadenas la madera de las literas.

Pero la visión de los mosquetes de los centinelas disuadía a todos, excepto a un puñado de espíritus más valientes.

La despiadada advertencia del sargento Holmes de que abrirían fuego bastó para desalentar incluso a estos.

En tenso y amargo silencio, no les quedó más remedio que ver cómo se llevaban a su sacerdote.

Después, cuando la puerta se cerró de golpe y los pesados candados volvieron a sus lugares, los reos comenzaron a cantar.

El corazón de Murdo se encogió con el sonido de las voces desafiantes, que resonaban de un extremo al otro del barco.

Pero confiamos en Dios y amamos con fervor el verde… ¡Ah, morir es mucho mejor que ser maldecidos como lo hemos sido!

Y entonces, ganando en volumen a medida que se unían más voces:

Y tenemos corazones, ah, tenemos corazones, muchachos, bien llenos de valor ¡para rescatar y poner en pie, una vez más, nuestro propio verde inmortal!

Con hosca renuencia, Murdo asistió al breve juicio en el camarote del capitán, prestó declaración y oyó cómo el padre Joseph era condenado a cincuenta latigazos.

La salvaje sentencia se ejecutó a la mañana siguiente en presencia de la compañía del barco y de veinte de los convictos, amarrados todos con fuertes cadenas y reunidos en la cubierta de ejercicios bajo una potente guardia.

Soltaron las ataduras del sacerdote y lo dejaron inconsciente. Antes de bajar a desayunar, el capitán Barlow advirtió a los que estaban en la cubierta de ejercicios de que algo peor ocurriría a la primera señal de problemas.