Capítulo 1 #2
—Sí, en las próximas veinticuatro horas deberíamos divisar el Cabo Sur, en la Tierra de Van Diemen —confirmó Barlow.
Apuró su vaso y lo dejó en la mesa. Tenía los labios apretados—.
El viento sopla del este y va en aumento.
Y el barómetro desciende —añadió cabizbajo—.
Nos espera un tiempo terrible, y si resulta ser tan malo como me temo, tal vez tengamos que refugiarnos en la bahía Aventura.
Si hacemos eso, señor Dean, usted y sus malditas langostas tendrán que estar alerta día y noche, ¿comprende?
Nada de esconderse en su camarote, porque, si el sargento Holmes tiene razón, la vista de tierra podría incitar a esos infernales rebeldes irlandeses a amotinarse.
—Conozco mi deber, señor —le aseguró Murdo en tono marcial.
—Es de esperar, señor —replicó el capitán del C onway.
Movió la cabeza hacia el segundo oficial y, con crudeza, le ordenó—: Les mostraremos a esos cerdos cómo son las cosas, señor Lawrence.
Deles una advertencia que entiendan. Antes de enviar abajo la guardia de la mañana, reúna a toda la tripulación para presenciar el castigo, y que sea como en un barco del rey. ¿Cree que puede hacerlo?
—Sí, señor —reconoció Lawrence. Nervioso, se pasó la lengua por los labios rodeados de barba—. ¿A quién pretende castigar, si se puede saber, señor?
—¡Idiota! —exclamó Barlow, que estaba perdiendo la paciencia—.
¡Use ese cerebro que Dios le ha dado! A uno de los cabecillas, por supuesto: el cura papista, ¿cómo se llama?
, padre Joseph, ¿no? Bueno, si MacBride ha dicho la verdad, ese hombre oculta una pistola en su persona o en su ropa de cama.
Vaya con el alférez Dean y un par de sus casacas rojas y encuentre esa pistola.
Luego tráigame al padre Joseph y lo sentenciaré a unos azotes. Eso les enseñará una lección.
Todos en el camarote, con la única excepción del sargento Holmes, lo miraron consternados. Murdo empezó a protestar, pero Holmes lo interrumpió.
—Déjeme esto a mí, capitán Barlow, señor —se ofreció el sargento—. Sé cómo manejar el asunto. Si el señor Lawrence quiere ser mi testigo, señor, y MacBride me muestra dónde duerme el sacerdote, puedo hacerlo todo sin causar ningún disturbio. De hecho, señor, me encargaré de que…
El desdichado MacBride soltó un chillido de terror.
—¡Santa Madre de Dios, sargento!, ¡usted me lo había prometido!
Me había dado su palabra de que no me enviaría de vuelta a la cubierta de los prisioneros si decía lo que usted me había pedido.
—Estaba de rodillas, temblando y retorciéndose las huesudas manos.
Apelaba al indiferente Holmes, que lo miraba desdeñoso sin abrir la boca.
— Por piedad, seor —suplicó el irlandés, dirigiendo sus ruegos al capitán—.
¡Estoy seguro de que me van a matar si vuelvo allí!
Trabajaré en el barco, señor, haré todo lo que me pida, pero no me envíe de vuelta, seor.
¡Por el amor de Dios, no me envíe de vuelta!
El capitán Barlow se encogió de hombros.
—¿Puede encontrar al cura sin la ayuda de este miserable bribón, sargento? —preguntó. Holmes asintió con confianza, así que el capitán, con todo su desprecio, dijo—: Muy bien, señor Lawrence, sáquelo de aquí. Se lo puede poner a trabajar con los holgazanes. Envíelo abajo, al comedor.
Mientras Lawrence obedecía sus instrucciones, Murdo hizo un nuevo intento de expresar sus protestas, pero Barlow lo hizo callar con un rugido airado.
—¡Soy el capitán de este barco, señor alférez, no lo olvide!
No toleraré que un puñado de escoria irlandesa me amenace con amotinarse y quitarme mi barco.
He oído demasiadas de sus malditas amenazas en todo este viaje, ¡que se vayan al demonio!
Ya es suficiente. Voy a darles una lección que no olvidarán.
—Pero, capitán, azotar a su sacerdote los incitará a la violencia —insistió Murdo con desesperación—. Si está decidido a darles una lección, elija a cualquiera menos al padre, señor, se lo ruego. Si espera disuadirlos, entonces…
—¿Es usted un maldito papista, señor? —Barlow lo miró con una mueca desagradable.
Murdo había sido educado en la fe católica, y lo recordó con culpa, pero hacía mucho tiempo que había dejado de ser practicante. Antes de que le dieran la oportunidad de asentir o negar, el capitán continuó con dureza:
—¡No me importa, y maldito sea! ¡Obedecerá mis órdenes!
Baje a los sollados, joven insolente, y dele a su sargento el apoyo que necesita.
Quiero que traigan aquí esa pistola infernal, que la encuentren delante de testigos, y también al cura, ¿ha entendido?
Y si a esa escoria irlandesa le da por resistirse, ordene a sus soldados que abran fuego.
¿Está claro, señor, o debo deletreárselo?
—Eso no será necesario, señor. —Murdo recuperó la compostura con rigidez—. Sus instrucciones son bastante claras.
Sabía que era inútil discutir. Durante el largo y cansado viaje, el capitán del Conway había temido que los prisioneros intentaran apoderarse de su barco.
Lo había admitido sin reservas y había hecho todo lo posible para evitar un motín.
Pero en ese momento… Al salir del camarote, Murdo fruncía el ceño, desconcertado.
Al parecer, el capitán Barlow estaba empeñado en provocar un enfrentamiento.
De hecho, parecía estar deseando que los desdichados prisioneros recurrieran al motín.
Era evidente que, en caso de que lo hicieran, no tendría piedad de ellos.
Sofocaría cualquier intento de insurrección con un despiadado desprecio por las vidas de los irlandeses o, por decirlo de algún modo, por las vidas de los soldados cuyo deber era cumplir sus órdenes.
Y cumplirlas sin cuestionarlas, ¡Dios los guarde!
Por un momento, allí, de pie en el pasadizo poco iluminado, Murdo estuvo tentado de dejar la detención del cura en manos del sargento Holmes.
Ese maldito hombre lo había empezado todo.
Fue él quien sacó a MacBride de la cubierta de los prisioneros y lo llevó ante el capitán con esa descabellada… Sí, con esa infundada historia.
Pero…
Vio que Holmes lo estaba esperando con una fingida deferencia y una extraña sonrisa.
En los oscuros confines de los sollados, con hombres armados a sus órdenes, no se podía confiar en él.
Murdo pensó con pesar que tendría que acompañar al grupo de arresto.
Tendría que estar allí, aunque solo fuera para impedir que Holmes ejecutara sus sádicos planes.
Porque Holmes había hecho planes. Cada centímetro de la piel le decía a Murdo que los había hecho.
¡Maldito hijo de puta! Estaba sonriendo.
No había duda de que la crisis que había provocado le causaba un perverso placer.
Maldita sea, pensó Murdo, ¿por qué había estado tan ciego?
No era el capitán Barlow quien codiciaba un motín…
¡era el sargento Holmes! ¡Él lo estaba haciendo creer que los prisioneros planeaban fugarse!
Como confirmación de sus sospechas, el sargento, con una solicitud inusitada, le dijo:
—No es necesario que se preocupe más, señor Dean. El señor Lawrence y yo podemos hacer lo que sea necesario. No nos llevará más de diez minutos, y los sollados no son lugar para un caballero con sentimientos o estómago débil.
Murdo, consciente de una sensación de vergüenza, se vio obligado a admitir para sí mismo que, por lo general, evitaba las dependencias de la prisión como la peste.
Abominaba el aire viciado y el panorama de los convictos encadenados.
Por más que lo intentaba, nunca podía escapar de la noción de que, si el destino no hubiera dispuesto lo contrario, él mismo podría estar condenado a hacer ese largo viaje en condiciones similares.
El viejo y torpe juez del tribunal de primera instancia lo había sentenciado a la deportación por el término de su vida natural, y…
Apartó ese amargo recuerdo de su mente. Ahora era el alférez Michael Dean, enrolado en el Cuadragésimo Sexto Regimiento de Infantería de Su Majestad.
Tuvo que recordarse a sí mismo que él, y no el sargento Holmes, estaba al mando de la leva del regimiento.
Iré con usted, sargento. Las instrucciones del capitán Barlow han sido claras. Quiere testigos cuando se registre al cura.
Las oscuras cejas de Holmes se alzaron con sorpresa, pero el tipo se encogió de hombros y no dijo nada.
Luego Lawrence reapareció y ambos lo siguieron hasta el tambucho de en medio del barco.
A una orden ronca del sargento, los dos centinelas apostados al pie de la escalerilla se pusieron detrás.
Lawrence descolgó una linterna de un bao y, a la luz parpadeante, descendieron en fila india al lado de proa de los sollados.
El lugar estaba casi a oscuras. El hedor, incluso en el espacio hurtado por el capitán Barlow, era tan vil que a Murdo le costó dominar las arcadas mientras lo invadía una oleada de náuseas.
Un robusto mamparo, tapiado y tachonado de clavos, separaba los aposentos de la prisión de la escotilla principal por la que acababan de descender.
La puerta tenía puntales de hierro como refuerzos, asegurados por tres candados metálicos para los que se necesitaban tres llaves diferentes.
Holmes hizo señas a los dos centinelas apostados en el estrecho pasillo para que se apartaran y sacó las llaves del bolsillo con una especie de floritura.
—El cura tiene una litera para él solo —dijo, después de echar un vistazo a través de la mirilla enrejada de la puerta—.
Es la tercera o cuarta a estribor, en el piso de abajo, si no recuerdo mal.
Ninguna de esas porquerías se está moviendo, que yo la vea, así que, si entramos rápido y agarro al cura, no deberían darnos problemas.