Los guerreros (Los australianos 10) Capítulo 1
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Los guerreros (Los australianos 10)

Los guerreros (Los australianos 10)

Por Vivian Stuart

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Capítulo 1

Seis semanas después de haber salido de Ciudad del Cabo, y mientras el Conway surcaba una mar embravecida, Murdo recibió una llamada imprevista del capitán.

Había pasado la medianoche y dormía a pierna suelta.

Cuando despertó, con los ojos desorbitados y molesto, el sargento Holmes le estaba sacudiendo el hombro con brusquedad.

—¡Maldita sea, sargento! —exclamó irritado—, ¿qué quiere a estas horas?

—No soy yo quien lo busca, señor —respondió el corpulento sargento, imperturbable—, sino el capitán Barlow. Y será mejor que se apresure, señor Dean, porque el asunto es urgente. Hay un motín en cierne.

Murdo maldijo en voz baja. Con visible desgana, se bajó del catre y buscó sus calzones. Temblaba mientras se los ponía. Hacía un frío glacial en esas latitudes meridionales. Incluso bajo cubierta, el viento helado lo calaba hasta los huesos.

Se calzó las botas y, ayudándose con el balanceo del barco, se puso de pie.

—Sargento, desde que zarpamos, el capitán Barlow ha asegurado no menos de una docena de veces que los prisioneros estaban a punto de amotinarse.

Puede que incluso más, que ya he perdido la cuenta.

Pero en todas las ocasiones anteriores, sus temores han resultado infundados.

Los pobres prisioneros están encadenados y medio muertos de hambre.

—Esta vez no, señor —afirmó el sargento Holmes con convicción y en tono grave—. Esta vez van en serio: uno de ellos ha avisado al capitán. He hecho salir a nuestros hombres y los he colocado bajo armas con los pertrechos completos.

Explicó con detalle las precauciones que había tomado, pero Murdo apenas lo escuchaba.

En cada una de las ocasiones anteriores, las precauciones habían sido las mismas, ni más ni menos: doble guardia de centinelas, dos hombres en cada una de las escotillas que conducían a los sollados y otros dos, con mosquetes listos para disparar, apostados fuera del camarote del capitán Barlow, a petición expresa de este.

Mientras Holmes le entregaba la túnica escarlata húmeda e incrustada de sal y él hacía un esfuerzo por ponérsela, reflexionó con pesar lo portentoso de que esos convictos, pobres diablos, no hubieran intentado tomar el barco mucho antes.

El cielo lo sabía: durante los últimos meses, habían sido provocados casi más allá de lo soportable.

El cargamento de mercancías de Barlow ocupaba el espacio que debería haber sido suyo, con el resultado de que los ciento setenta reos estaban confinados en las entrañas del barco, en una oscuridad repugnante y verminosa, encadenados con dureza, sin apenas hacer ejercicio y obligados a alimentarse de una comida que tenía un desagradable parecido con la bazofia.

George De Lancey había protestado con todo vigor y había exigido mejoras en las condiciones de los prisioneros, pero Barlow había hecho muy poco por satisfacer sus reclamaciones.

Era cierto que había ordenado fumigar los sollados antes de que el barco tomara puerto en Río, pero más por temor a la censura de las autoridades sanitarias del puerto que por la condena de De Lancey.

Los dos hombres habían dejado de hablarse.

El ambiente en el comedor era, en consecuencia, algo tenso, con el oficial Henry Fry tomando partido por De Lancey, sin ninguna ostentación, claro, y los otros oficiales del barco en su contra y con actitud agresiva.

Él mismo… Murdo suspiró. Lamentaba que su cobardía, reconocida sin cortapisas, lo hubiera llevado a adoptar una postura neutral.

Le agradaba George De Lancey; de hecho, lo admiraba mucho, pero había demasiado en juego como para arriesgar el pellejo.

El peligro era demasiado grande, pues las consecuencias, en caso de que alguien descubriera su verdadera identidad, serían más que horribles.

Dios del cielo, si se enteraran de quién era en realidad y de lo que había hecho, lo arrojarían entre los convictos sin dudarlo un instante.

Se abrochó el cinturón y miró con inquietud al sargento Holmes.

A veces temía que el hombre sospechara de su doblez.

Cierto que Holmes era adicto a vigilarlo; incluso, a veces, a ponerlo a prueba.

El tipo tenía una inclinación un tanto desmedida a cuestionar su autoridad y a responder a órdenes legítimas con una insolencia muda que rayaba en la insubordinación.

Esa noche, su comportamiento era el típico.

Holmes ya había montado una guardia antes de acudir a él para informarlo y recibir la orden de apostar centinelas adicionales.

Era probable que, si el capitán Barlow no lo hubiera mandado llamar, el sargento lo habría dejado seguir durmiendo, sin darlo por enterado de lo que ocurría, si es que ocurría algo, con la esperanza de provocarle un disgusto a Barlow.

—¿Dónde está el capitán? —preguntó Murdo con un tono cortante y sin disimulos—, ¿en cubierta o en su camarote?

—En su camarote. Le he llevado allí al tipo que ha dado el aviso.

He tenido que sacarlo a escondidas, señor, porque esos cerdos irlandeses le habrían cortado el cuello de haberse enterado de lo que iba a hacer.

—Holmes tenía una expresión de suficiencia y se mostraba satisfecho de sí mismo, como si hubiera conseguido un pequeño milagro.

— A primera hora de la tarde insinuaba que tenía algo muy importante que decirle al capitán, pero que estaba muerto de miedo.

He fingido que lo arrestaba por posesión de bebidas alcohólicas y he visto que sus compañeros se retorcían las manos. Han prometido hablar por él. Estos…

Murdo lo interrumpió.

—Está bien, sargento, no quiero toda su historia. ¿Cómo se llama?

El sargento Holmes se irguió, como ofendido.

—MacBride, señor. Peter MacBride. Como le he dicho, está con el capitán, y…

—Vayamos a esperar al capitán —dijo Murdo, cortándolo de nuevo.

Los dos centinelas vestidos de escarlata se pusieron en posición de firmes ante la puerta del camarote de día del capitán Barlow. Holmes llamó con fuerza.

—Soy el sargento Holmes, señor, y el señor Dean —anunció.

—Y no antes de tiempo —respondió con acritud el capitán Barlow.

Iba vestido solo en parte, con un grueso camisón de franela metido en la cintura de un par de sucios pantalones blancos de lona.

De ellos sobresalían, de un modo extraño y casi obsceno, unos pies con medias, aunque sin botas.

Murdo observó con desprecio que el capitán tenía cerca del codo un vaso de ron de peltre, ya casi vacío.

Charlie Lawrence, el segundo oficial, estaba a su espalda, alerta y bien vestido.

En la mano sostenía una pistola. El convicto informante, mugriento y sin afeitar, estaba agachado entre ellos, y sus ojos iban de uno al otro, como suplicando compasión.

—Gracias a la diligente vigilancia de su sargento, señor —continuó Barlow, dirigiéndose a Murdo—, se ha descubierto un ruin complot para apoderarse de este barco y asesinarnos a todos.

—Señaló al prisionero acobardado.— Este hombre está arriesgando su vida para avisarnos, pero usted, me atrevo a sugerir, tratará de decirme que es una falsa alarma y que no sabía nada de ella.

—No sabía nada —concedió Murdo—, pero, con mis hombres apostados bajo armas y las escotillas cerradas, ¿qué pueden hacer los convictos? Están encadenados y desarmados, no tienen ninguna esperanza de tomar el barco, capitán, y menos aún de asesinar a nadie. Ellos…

El capitán interrumpió, rojo de fastidio.

—¡Esos cerdos están armados, señor! Dígale, MacBride, dígale a este incrédulo oficial del rey lo que me ha dicho a mí, ¡por el amor de Dios! Quiero acción y la quiero ahora.

El convicto respondió con lisonjera impaciencia.

Era un hombre delgado, de aspecto desaliñado y edad incierta.

Su semblante resultaba aún más desagradable por las privaciones que había soportado y por el hecho de que, aunque a todos los prisioneros se les permitía lavarse con manguera después del ejercicio, era evidente que él no había aprovechado semejante licencia durante mucho tiempo.

—Es un hecho, y a Dios pongo por testigo, su señoría —afirmó—.

Como le he dicho al sargento, más de una veintena de hombres se han armado.

Han hecho palos, seor, con tablillas desprendidas de las literas.

Y el cura, el padre Joseph, tiene una pistola.

Claro, la mantiene escondida, pero yo la he visto con mis propios ojos.

Algunos han limado los hierros de sus piernas y los han afilado para hacer cuchillos y cosas por el estilo…

La voz quejumbrosa y con marcado acento continuó. Dio nombres, hizo acusaciones sobre las cuales, cuando se lo presionaba, no podía ofrecer ninguna prueba. Murdo escuchaba con escepticismo no disimulado.

—¿Cómo piensan fugarse? —preguntó con voz fría—. ¿Se lo han dicho?

MacBride negó con la cabeza.

—Nunca he sido de su confianza, seor. Pero he visto lo que están haciendo y los he oído cuchichear. Seamus Burke, ese que llaman señor Fitzroy y el padre son los cabecillas. ¡Santa Madre de Dios, seor, debe creerme! Lo que les estoy diciendo es la verdad.

—Creo que sí, señor —dijo con fuerza el sargento Holmes—.

Usted no se ha visto rodeado, como yo, de esos granujas traidores de ahí abajo.

No habrá oído los susurros cuando se reparten las raciones.

Pero yo sí, y sé que no traman nada bueno.

—Se volvió hacia el capitán.— Creo, señor, que tienen la intención de escapar cuando veamos tierra; y eso será muy pronto, ¿no es así, señor?