Los Gemelos Secretos del Mafioso Italiano (Dinastías de la Mafia Libro 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Lorenzo llegó con la carpeta.

Elena había dejado la puerta abierta y estaba en la cocina con dos vasos de agua sobre la barra —no café, eran casi las diez de la noche. Él entró, puso la carpeta sobre la mesa, se quedó de pie.

—Puedes sentarte —dijo ella.

Él se sentó. Ella se quedó de pie del otro lado de la barra un momento, después tomó los dos vasos y fue a sentarse también. Puso uno frente a él.

Lorenzo miró el vaso. Después a ella.

—El informe que recibí hoy —empezó él.

—Te escucho.

Él contó todo. No la versión que había preparado las otras veces —la otra, la que empezaba en la página uno y no se saltaba ninguna página.

Ricci, el historial que no le había contado antes: dos años de interferencia en los negocios de Lorenzo, la lógica del territorio en el norte, lo que Ricci quería cerrar y en cuánto tiempo.

El ataque en Turín como maniobra de observación.

El informante interno. Las páginas doce a quince.

Cuando llegó a las páginas dieciséis y diecisiete, se detuvo un segundo.

—El tercer punto de presión —dijo él—. En las últimas páginas del informe. Ricci no necesita romper el perímetro para tener lo que quiere. Necesita que yo crea que puede hacerlo.

—Es un bluff.

—Es un bluff con estructura de amenaza real. La diferencia depende de una variable que todavía estoy confirmando.

—El acento mal puesto en el nombre de la maestra.

Lorenzo se quedó mirándola.

—¿Leíste el informe? —dijo él.

—No. Pero dijiste que estabas confirmando una variable y mencionaste a la maestra de Luca en un contexto de vulnerabilidad. —Elena dejó el vaso en la mesa—. Entonces el error estaba en su nombre.

Él se quedó callado un segundo. Después siguió.

Las páginas dieciséis y diecisiete: los dos nombres que él había pasado cinco años sin usar en contexto de trabajo.

Cómo Ricci había llegado hasta ellos. El canal que había usado, distinto al canal del informante interno —más antiguo, más indirecto, un punto de origen que Lorenzo había rastreado hasta una operación de tres años atrás que había parecido cerrada.

Elena escuchó todo eso sin interrumpir. Se quedó con el vaso en la mano sin beber, los ojos en él, en la postura quieta de quien va guardando cada parte de lo que escucha para examinarlo después.

Cuando Lorenzo terminó, se quedó en silencio.

Elena también se quedó en silencio un momento.

—¿Cuánto tiempo sabías del informe antes de recibirlo hoy?

—No sabía del informe. Sabía que Ricci estaba construyendo algo. No sabía la escala.

—Pero sospechabas de la escala.

—Sospechaba de parte de ella.

Elena puso el vaso en la mesa con un movimiento que no era brusco pero tenía un punto final.

—¿Sabías desde el principio que esto podía llegar hasta aquí?

Él se quedó mirándola.

—Sospechaba —dijo él.

Ella se quedó parada mirándolo un momento.

—Y aun así me metiste en esto.

No era acusación —la voz estaba plana, sin alterarse, la misma voz de cuando le había contado los cinco años en el capítulo 6. Era inventario. Cada palabra en su lugar, sin ninguna de más.

Lorenzo no apartó la mirada.

—Sí —dijo él.

—¿Por qué?

—Porque afuera estabas más expuesta que adentro.

—Tenía las manos abiertas sobre la mesa, palmas hacia arriba —no como gesto de súplica, sino como gesto de quien muestra que no hay nada escondido—.

El apartamento fue la decisión correcta con la información que tenía entonces.

La información que tengo ahora es distinta.

—¿Cuánto distinta?

—Lo suficiente para que necesites saberlo todo antes de decidir qué quieres hacer.

Elena se quedó mirándolo. Mirando las manos abiertas sobre la mesa.

—¿Qué puedo hacer yo —dijo ella— que cambie algo en lo que Ricci está planeando?

—Nada directamente.

—¿Entonces por qué necesito saberlo?

—Porque los niños están en las páginas dieciséis y diecisiete —dijo Lorenzo—. Y tú eres su madre. Decides con información completa o no decides nada.

Silencio.

Elena se levantó. No rápido —despacio, con el movimiento de quien se levanta porque necesita otra posición para seguir pensando. Fue hasta la ventana. La calle allá abajo estaba vacía. Se quedó de espaldas a él con una mano apoyada en el vidrio frío.

Desde el cuarto de Luca, ningún sonido. Desde el cuarto de Marco, ningún sonido.

—Necesito pensar —dijo ella.

—Lo sé.

Ella se quedó de espaldas.

Lorenzo no se levantó. Se quedó sentado con las manos sobre la mesa, el vaso de agua que no había tocado al lado de la carpeta cerrada.

Ella no le pidió que se fuera.

Se quedaron así un rato —ella de espaldas a la ventana, él sentado, el apartamento en silencio alrededor de los dos, los niños dormidos en los cuartos contiguos. En algún momento ella escuchó a Lorenzo tomar el vaso y beber, el pequeño sonido del vaso volviendo a la mesa.

Ella no se dio vuelta.

Pero la mano sobre el vidrio bajó unos centímetros —no como gesto deliberado, simplemente bajó— y se quedó así, con la palma plana sobre el vidrio frío, mirando la calle vacía allá abajo, sabiendo que él seguía en la mesa, detrás de ella.