Los Gemelos Secretos del Mafioso Italiano (Dinastías de la Mafia Libro 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

El informe tenía diecisiete páginas.

Lorenzo leyó las primeras ocho en la oficina antes de mandar a todos a casa. Leyó las otras nueve con la puerta cerrada y el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Cuando terminó, cerró la carpeta y se quedó mirándola.

Afuera de la oficina, el lugar ya se había vaciado —eran casi las nueve de la noche. Había mandado a todos a casa a las seis, después de leer la página cuatro, la página donde el nombre de los niños aparecía por primera vez en un documento de inteligencia que él no había solicitado.

La página cuatro tenía tres párrafos. El primero describía la existencia de dos hijos menores de Lorenzo Moretti, edad aproximada, ubicación actual.

El segundo describía la pastelería. El tercero era un análisis de vulnerabilidad que alguien había preparado con suficiente cuidado como para incluir el horario de recogida en la escuela y el nombre de la maestra de Luca.

Lorenzo había leído el tercer párrafo dos veces. Después había cerrado la carpeta y mandado a casa a las tres personas que estaban en la sala.

Ahora eran las nueve de la noche y la carpeta estaba cerrada sobre la mesa y él seguía mirándola.

Ricci no quería la operación logística. Eso había quedado claro en las páginas cinco a once —el ataque en Turín había sido ruido, presión superficial, el tipo de movimiento que forzaba una reacción y revelaba posición.

Ricci había observado la reacción, mapeado lo que Lorenzo protegía, y construido el análisis de las páginas doce a diecisiete sobre esa base.

Lorenzo abrió la carpeta otra vez. Volvió a la página cuatro. Leyó el tercer párrafo una tercera vez —no porque hubiera algo nuevo, sino porque necesitaba estar seguro de haberlo leído bien.

El nombre de la maestra de Luca estaba escrito con un acento equivocado.

Se quedó mirando eso un momento. Después cerró la carpeta de nuevo.

El acento mal puesto significaba que la información había pasado por al menos un intermediario que no había verificado la fuente original.

No era falla de inteligencia —era rastreable.

Había alguien entre Ricci y la escuela que había transmitido el nombre de forma oral, no escrita.

Lorenzo ya sospechaba de quién se trataba, pero necesitaba confirmarlo antes de actuar.

Escribió tres palabras en una libreta sobre la mesa. Arrancó la hoja, la dobló, la guardó en el bolsillo.

Las páginas doce a diecisiete describían una negociación de territorio en el norte que Ricci quería cerrar en los próximos sesenta días.

Los puntos de presión estaban listados en orden de prioridad.

El primero era la operación logística de Lorenzo.

El segundo era el informante interno, que ya había sido eliminado.

El tercero estaba en las páginas dieciséis y diecisiete e involucraba dos nombres que Lorenzo había pasado cinco años sin pronunciar en contexto de trabajo.

Lorenzo se levantó. Fue hasta la ventana. La oficina quedaba en el quinto piso y la calle allá abajo estaba tranquila —un auto, después ninguno.

Ricci había calculado que los niños eran una variable sin protección.

Lo había calculado porque durante cinco años ellos eran una variable que no existía, y cuando empezaron a existir Lorenzo había montado la protección de alguien que protege un activo nuevo en territorio conocido. Ricci había mapeado todo el proceso.

La protección estaba bien diseñada. El perímetro estaba bien diseñado.

Lo que no estaba bien era el supuesto de que Ricci necesitaba romper el perímetro para tener ventaja —el informe mostraba en las páginas dieciséis y diecisiete que no necesitaba romper nada.

Solo necesitaba que Lorenzo creyera que romperlo era posible.

Era un bluff con estructura de amenaza real. La diferencia entre las dos cosas dependía de una variable que el informe no podía confirmar.

Lorenzo se quedó en la ventana un rato.

Después volvió a la mesa, tomó el celular, abrió el contacto de Elena.

Se quedó con el teléfono en la mano un segundo. Había una versión de esta llamada que era la versión editada —lo suficiente para que ella entendiera que el nivel había cambiado, el protocolo se había ajustado, nada que no se pudiera manejar. Era la versión que había funcionado hasta ahora.

Había otra versión.

Marcó.

Elena contestó al tercer tono. La voz tenía la cualidad de quien no estaba dormida pero estaba cerca de dormirse —eran casi las nueve y media.

—Lorenzo.

—Necesito contarte algo —dijo él—. No por teléfono.

Silencio por un segundo.

—¿Cuándo?

—Ahora.

Otra pausa —más corta que la primera.

—Los niños están dormidos.

—Lo sé. —Ya estaba tomando el abrigo—. Puede ser en el pasillo si prefieres.

—No tiene que ser en el pasillo. —El sonido de Elena levantándose, un paso, otro—. Te abro la puerta.

Él colgó. Se quedó parado con el abrigo en la mano un segundo.

En el pasillo, al pasar por el escritorio de Valenti que estaba vacío, vio que el asistente había dejado la taza de café de la tarde todavía en su lugar —olvidada, o dejada a propósito, no lo sabía. Se detuvo. Tomó la taza. Fue a la cocineta, la lavó, la dejó en el estante.

Volvió al pasillo. Fue hacia el ascensor.

En el auto, en el trayecto de ocho minutos entre la oficina y el edificio, se quedó mirando la carpeta en el asiento del pasajero.

Había algo específico en las páginas dieciséis y diecisiete que necesitaba decirle a Elena y que no había dicho antes porque no había sido necesario antes.

Era lo mismo que hacía funcionar el bluff de Ricci —no porque tuviera acceso real, sino porque tenía suficiente acceso para crear la impresión de tenerlo.

Lorenzo sabía la diferencia entre las dos cosas. Elena también necesitaba saberla.

El auto se detuvo. El chofer apagó el motor.

Lorenzo se quedó quieto un segundo con la carpeta en la mano antes de abrir la puerta.