Capítulo 23
El jueves por la mañana, Luca bajó a desayunar y se quedó parado en la entrada de la cocina mirando la mesa.
—¿Dónde está Lorenzo?
—Hoy no viene —dijo Elena.
Luca se quedó parado un segundo. Después fue a sentarse y tomó el pan sin decir nada más. Pero comió más despacio de lo normal, los ojos yendo hacia la silla vacía cada pocos minutos, y no terminó el vaso de leche.
Marco no preguntó nada. Tomó la mochila, revisó los cuadernos, fue a esperar en la puerta a la hora exacta.
En el camino a la escuela se quedó callado —no el silencio de Marco cuando estaba leyendo o pensando, el otro silencio, el que ella ya conocía de cuando estaba procesando algo que aún no había decidido si poner en palabras.
Elena no explicó nada. No había nada que explicar que no abriera más de lo que cerraba.
— — —
Lorenzo había cumplido lo que había dicho: apareció en la recogida del martes, se quedó el tiempo acordado, se fue sin café y sin conversación de más. El jueves no apareció.
El miércoles en la mañana ella había abierto el cuaderno de recetas en el desarrollo nuevo que llevaba tres semanas detenido y se había quedado con el bolígrafo en la mano veinte minutos sin escribir nada.
Lo cerró. Fue a lavar platos que ya estaban limpios.
Volvió a la mesa. Se quedó mirando el cuaderno cerrado hasta que Luca gritó desde su cuarto que no encontraba la media derecha.
El jueves en la tarde fue a la pastelería —primer día de los tres acordados, con el acompañamiento discreto que Lorenzo había negociado. Había un hombre que ella no conocía sentado en el café del otro lado de la calle con un periódico que no pasaba de página.
La pastelería olía a mantequilla y vainilla y el piso estaba limpio porque el equipo había mantenido todo durante las semanas que ella había estado en el apartamento. Giulia, que trabajaba las mañanas, le dijo que un hombre había pasado el lunes preguntando si la dueña ya había vuelto de viaje.
Elena se detuvo con la llave del depósito en la mano.
—¿Qué hombre?
—No sé. Educado. Dijo que era un proveedor de antes, que iba a volver. —Giulia se encogió de hombros—. No dejó nombre.
Ningún proveedor de antes sabía que ella estaba fuera. Ella no le había dicho a nadie que estaba fuera —había dicho que estaba trabajando desde casa por tiempo indefinido.
Abrió el depósito, entró, se quedó cuatro horas. Cuando salió le mandó un mensaje a Lorenzo con tres líneas: lo que había dicho Giulia, la descripción que Giulia había dado, y la pregunta de si era gente de él.
La respuesta llegó en cuarenta segundos: No es mío. Mando a alguien a hablar con Giulia mañana.
Ella se quedó mirando el mensaje en el pasillo del edificio.
No era la respuesta lo que la había detenido. Era la velocidad —cuarenta segundos, como si él hubiera estado con el celular en la mano esperando que ella apareciera en la pantalla.
El sábado él mandó un mensaje confirmando el parque a la hora de siempre.
Fue a buscar a los niños, los devolvió a tiempo, no subió.
Ella se había quedado en la ventana sin querer quedarse en la ventana —y el apartamento después tenía un espacio que ella no había notado que estaba ocupado hasta que dejó de estarlo.
— — —
El viernes en la noche, con los niños ya acostados, ella estaba en la mesa con el cuaderno abierto —variaciones de una crema de naranja con cardamomo que había probado el invierno anterior y nunca había terminado.
Tres columnas de notas, dos tachones, una flecha en una proporción que parecía la correcta.
Desde el cuarto de Luca, ningún sonido. Se había dormido rápido —había tenido educación física y llegado con las rodillas sucias.
Desde el cuarto de Marco, silencio también. Ella había dejado la puerta entreabierta, como a él le gustaba.
Estaba releyendo la segunda columna cuando lo escuchó.
Bajo —tan bajo que se quedó quieta sin estar segura por un segundo. Después dejó de respirar hondo y escuchó de verdad.
La voz de Marco. El tono que usaba cuando hablaba solo antes de dormir, que ella había aprendido que no era hablar solo —era rezar, a su manera, sin forma fija, solo lo que necesitaba decir ese día.
No alcanzaba a escuchar las palabras desde la mesa. Se levantó despacio, fue al pasillo, se detuvo afuera de la puerta entreabierta.
—...y que la semana de mamá esté mejor. Y que Luca deje de perder la goma porque se enoja y se pone mal. Y que Lorenzo...
Apoyó la mano en la pared del pasillo.
—...que Lorenzo también esté bien. Amén.
Silencio.
Después el sonido de Marco dándose vuelta en la cama, el colchón cediendo, y nada más.