Los Gemelos Secretos del Mafioso Italiano (Dinastías de la Mafia Libro 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

El viernes en la noche Lorenzo había mandado un mensaje diciendo que no iba a aparecer el fin de semana —un problema que necesitaba resolver en persona, sin detalles, con la frase "aviso cuando esté resuelto" que ella ya había aprendido que significaba que tardaría más de un día.

Elena había respondido: está bien.

El sábado en la mañana se despertó con Luca sentado al borde de la cama preguntando si Lorenzo iba a ir al parque.

—Hoy no —dijo ella.

Luca se quedó quieto un segundo procesando eso. Después: —Entonces vamos nosotros donde él.

—Luca...

—Está en la oficina cuando no está aquí. —Luca lo dijo con la convicción de quien había verificado la teoría varias veces—. Vamos a la oficina.

Elena se quedó mirando a su hijo al borde de la cama. Luca tenía el pelo parado del lado izquierdo y los pies descalzos y una lógica absolutamente inatacable.

Desde el pasillo, la voz de Marco: —Yo ya me puse los tenis.

— — —

La oficina de Lorenzo quedaba en un edificio de vidrio en el centro que Elena había pasado por enfrente dos veces sin saber qué era. La recepcionista en el lobby era joven, bien vestida, con el tipo de expresión neutra de quien había sido entrenada para no demostrar sorpresa.

Demostró sorpresa.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?

—Sí puede. —Elena se paró frente al mostrador con Luca de un lado y Marco del otro—. Lorenzo Moretti. Avísele que la familia está aquí abajo.

La recepcionista miró a los dos niños, después a Elena, después a los niños otra vez.

—El señor Moretti está en una reunión. Si quiere, le marco a...

—No hace falta que llame. —Elena fue hasta el sillón de espera en la esquina del lobby y se sentó—. Lo esperamos.

Luca fue con ella y se sentó con la pelota en el regazo —había insistido en traer la pelota, con el argumento de que Lorenzo podía necesitar descansar de la reunión y descansar requería pelota, lógica que Elena había decidido no cuestionar.

Marco se sentó al lado con el libro que estaba leyendo a la mitad, lo abrió en la página exacta sin necesidad de buscarla.

La recepcionista se quedó parada detrás del mostrador un momento. Después tomó el teléfono.

Elena miró la pared de vidrio que daba al piso de arriba. Había una sala de reuniones visible desde el lobby —mesa larga, sillas, algunas personas, una pantalla con números. No podía ver a Lorenzo desde ahí.

—¿Tú crees que va a tardar? —preguntó Luca.

—No sé.

—Yo creo que no. —Luca balanceó la pelota sobre la rodilla—. Cuando nos ve, deja todo lo que está haciendo.

Marco pasó una página sin levantar la vista.

Esperaron veintitrés minutos. Elena lo sabía porque había mirado el reloj cuando se sentó y lo volvió a mirar cuando escuchó el ascensor. Veintitrés minutos era menos de lo que había calculado.

Lorenzo salió del ascensor con el saco todavía cerrado y una expresión que ella no logró leer del todo por la distancia. Vio a los tres antes de llegar a la mitad del lobby —ella vio el momento exacto en que los vio, la pausa de un segundo antes de seguir caminando.

Luca se levantó de la silla.

Lorenzo llegó hasta ellos. Se quedó mirando a los tres. La pelota en el brazo de Luca. El libro de Marco que se había quedado abierto en el sillón.

No dijo nada. Solo se dio vuelta y fue a abrir la puerta de acceso al piso.

Luca fue adelante como si conociera el camino. Marco tomó el libro y fue detrás. Elena fue al final.

— — —

El piso de trabajo de Lorenzo era distinto al que ella había visto en la reunión sobre Ricci —más silencioso, menos gente, una fila de escritorios con monitores en reposo. Había una oficina al fondo con la puerta entreabierta y papeles sobre la mesa que claramente había dejado a la mitad de algo.

Lorenzo se detuvo a la mitad del pasillo.

—Hay una sala con sofá al final —dijo, para los niños—. Luca, sin pelota adentro.

—Pero...

—Sin pelota adentro.

Luca abrazó la pelota con resignación monumental y caminó hacia el final del pasillo. Marco fue con él, con el libro.

Elena se quedó en el pasillo con Lorenzo.

Él estaba a un metro de ella. No había preguntado por qué había venido. No había dicho nada más que la instrucción sobre la pelota, que no era instrucción de padre indeciso —era instrucción de alguien que ya sabía cuál iba a ser el problema y lo resolvió antes de que se volviera problema.

Ella había planeado tener algo que decir aquí. En el camino en el auto había ensayado mentalmente alguna versión de explicación —los niños querían venir, parecía razonable, no había querido interrumpir, cualquier cosa que hiciera el gesto más pequeño de lo que era.

En el pasillo, con él a un metro, ninguna versión sonaba bien.

—¿Por qué viniste? —dijo él. Bajo, los niños ya al fondo del pasillo.

—Ellos querían —dijo ella.

Él se quedó mirándola.

La pausa duró lo suficiente para que ella supiera que él había escuchado la primera parte y estaba esperando el resto.

—Yo también —dijo ella.

Y caminó adelante, por el pasillo, hacia la sala donde Luca ya estaba intentando negociar con Marco sobre el perímetro exacto dentro del cual la pelota podía existir sin estar técnicamente adentro.

Ella no miró hacia atrás.

Pero escuchó —o creyó escuchar, no había forma de estar segura— el sonido de Lorenzo quedándose quieto en el pasillo un segundo antes de seguir.