Capítulo 13
Durante los días que pasaron, Paola se mostró introvertida y callada. El trauma era evidente, aunque se negaba a hablar con exactitud sobre lo que había pasado en esas más de veinticuatro horas en manos del Cártel de Tijuana.
Quizá fuera egoísmo por mi parte, pero sabía que si me lo contaba, nunca podría perdonarme por no haberla protegido, por mucho que no estuviera en México para hacerlo.
Nos habíamos esforzado por identificar a todos los miembros del cártel que aún pudieran suponer una amenaza para nosotros. Por lo que nuestros hombres habían descubierto, los que habíamos matado en la finca no eran más que meros secuaces, y los responsables seguían ahí fuera.
—¡Joder! —maldijo Miguel, dando un golpe con la mano en el escritorio de madera de su oficina y haciendo saltar la caja de puros cubanos.
—¿Crees que ya han salido de México? —Lo miré fijamente mientras le hacía la pregunta, sentado en un sillón frente a él.
Joaquim y otros miembros de nuestra confianza estaban en la habitación, incluido Juárez, el hombre que había cuidado de Miguel desde pequeño, al igual que mi sombra había hecho conmigo.
—Estoy harto de suposiciones, Sandro —me espetó—. Quiero hechos. ¿Dónde están esos malditos y quién va a ser el afortunado que me traiga la cabeza de cada uno de ellos?
—Yo también lo quiero.
—Debe actuar con cautela, señor —le aconsejó Juárez—. Si su padre aún estuviera aquí...
—¡Que le den a mi padre! Ahora soy yo quien da las órdenes aquí. A menos que prefieran ir a visitarlo a la prisión de máxima seguridad de Estados Unidos.
—Por supuesto que no, señor. Respetamos su liderazgo —Juárez retrocedió, dándose cuenta de que, en lugar de aconsejar a mi hermano, solo lo había enfurecido aún más.
En otra ocasión podríamos incluso haber escuchado la cautela de los hombres más mayores, pero nuestros enemigos se habían acercado demasiado.
No se trataba solo de la disputa por el territorio del corredor de la droga hasta San Diego, sino del honor de nuestra hermana y de la protección de nuestra familia.
Nadie debería acercarse tanto a los Velásquez sin sufrir las más severas consecuencias.
—No importa cómo, vivos o muertos, quiero a esos malditos capturados antes de que acabe la semana.
—Estamos trabajando en ello —aseguró Juárez.
—Pues trabajen mejor —insistió Miguel—. No es solo mi familia la que está en peligro, ¿o creen que si nos pasa algo van a elegir ser amigos de quienes antes eran nuestros aliados?
—Sabemos que no.
—Más vale que lo sepan.
Me quedé callado, escuchando a mi hermano descargar su furia mientras estaba de acuerdo con él, aunque estar allí sentado me incomodaba. Paola podría haber vuelto a casa, pero las amenazas aún nos acechaban.