Capítulo 14
¡Vacaciones! Queridas vacaciones...
Por mucho que no descansara tanto, porque mi madre me hacía ayudarla en su tienda de vinos, al menos no tenía que preocuparme por los exámenes ni por profesores excéntricos que nos mandaban trabajos que teníamos que hacer de la noche a la mañana.
Debería estar más relajada, o quizá no, porque incluso después de unos días más, mientras esperaba a que me bajara la regla, no aparecía.
El nerviosismo y la expectación podrían haber influido, pero seis días de retraso que acabaron convirtiéndose en diez superaban con creces cualquier retraso atribuible al estrés.
No era el primer semestre ajetreado, pero un retraso como aquel nunca me había pasado antes.
—No... —murmuré, tratando de alejar el mal pensamiento cuando la posibilidad de un embarazo pasó por mi mente.
—¿No qué? —preguntó mi madre detrás de mí y casi se me cae al suelo la caja de madera que llevaba.
—Na... nada... —tartamudeé.
—Ten cuidado con esos vinos, Agda. Esas botellas cuestan doscientos reales cada una.
—¡Vale! —Tragué saliva, apresurándome a colocar los vinos en el mostrador para no correr más el riesgo de dejarlos caer.
—¿Va todo bien, hija? —Se acercó más, examinándome con la mirada.
—Sí. —Esbocé una sonrisa que más bien parecía una mueca.
—¿Sabes lo que me apetece?
—¿Qué? —Su pregunta me pilló por sorpresa.
—Helado.
—¿Ahora? —Fruncí el ceño.
—Son las tres y media de la tarde, ¿por qué no?
—Todavía estamos en la tienda y están llegando clientes.
—Hay una tienda de la esquina, ¿por qué no vas allí y compras un bote pequeño para las dos? A menos que prefieras quedarte aquí y romper alguna botella de vino, lo cual te saldrá mucho más caro.
—¡No!
—¡Genial! —Sonrió. —Pues ve.
—Ahora vuelvo. —Comprobé que tenía el móvil en el bolsillo y salí por la puerta de la tienda, caminando por la calle en dirección al supermercado, pero a mitad de camino lo que más me llamó la atención fue una farmacia.
¡No estoy embarazada! Intenté alejar ese pensamiento lo más rápido posible. Pero y si lo estoy...
Hacía todo lo posible por negar esa posibilidad, aunque sabía que podía ser real.
Pensar en ser madre en ese momento de mi vida era completamente desesperante.
Solo tenía veinte años, todavía estaba en la universidad y ni siquiera trabajaba.
El año anterior había hecho unas prácticas, pero no eran remuneradas.
Condón... lo usé con el mexicano, claro que lo usé. Entonces, ¿por qué no recordaba el momento en que se lo había puesto?
Mis pensamientos me estaban sumiendo cada vez más en el pánico.
Todavía esperaba que solo fuera estrés y que me sorprendiera cuando menos me lo esperara, pero me resultaba difícil ignorar todo ese retraso.
Si quería descartar la posibilidad de estar embarazada, lo mejor era hacerme una prueba cuanto antes.
Entonces, ¿por qué tengo tanto miedo?
Contuve la respiración y entré en la farmacia, recorriendo los pasillos hasta encontrar una estantería con varios tipos de pruebas de embarazo. Como tenía poco dinero y aún tenía que comprar el helado, acabé cogiendo la más barata.
Me morí de vergüenza cuando pasé por caja y la mujer se quedó mirándome fijamente. No era asunto suyo, pero me sentí juzgada. Probablemente ella ni siquiera hizo nada, era yo la que estaba desesperada.
Después de hacerme la prueba, por fin podría alejar esa terrible sombra del embarazo y centrarme en los planes para mi vida.
Si estoy embarazada, es del mafi...
—¡No te desesperes, Agda! —me dije a mí misma en voz alta.
—¿Va todo bien, señorita? —preguntó un señor amable que pasaba por la calle.
—Sí. —Abracé la bolsa de la farmacia mientras negaba con la cabeza y probablemente solo delaté mi mentira.
—¿Está segura? —Frunció el ceño.
—¡Claro!
—De acuerdo, buenas tardes.
—Buenas tardes a usted también —me despedí de él y me apresuré a ir al supermercado a comprar el helado o mi madre acabaría extrañando mi retraso.
En cuanto volví a la tienda, me encontré a mi madre preparando el pedido de un cliente y fui a la trastienda a coger dos vasos y cucharas para que pudiéramos tomarnos el helado.
Cuando volví al mostrador, el cliente ya se había marchado.
—¿Va todo bien, Agda? —Mi madre me miraba fijamente, como si intentara ver a través de mi alma.
—Sí, ¿por qué no iba a estarlo?
¡Mentirosa!
—Pareces rara.
—Quizás sea porque no he dormido bien esta noche —dije lo primero que se me pasó por la cabeza.
—¿Has tenido una pesadilla?
—Sí...
—¿Con qué?
Que podría estar embarazada... Solo lo pensé, pero, por suerte, entró otro cliente en la tienda y no tuve que responder.