Los gemelos rechazados por el mafioso (Cártel Velázquez 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Me hubiera gustado pensar que mis problemas acabarían con los exámenes finales del semestre, porque fueron las dos semanas más enloquecedoras de mi vida.

No solía dejar nada para el último momento, pero aquella vez parecía que no hubiera adelantado nada y tuve que trasnochar todas las noches para entregarlo todo a tiempo.

El último día del semestre me sentía como un auténtico zombi. Mis ojeras sin duda contribuían a ese aspecto, ya que el polvo compacto que llevaba en el bolso no fue suficiente para ocultarlas.

Cuando sonó mi despertador aquella mañana, me entraron ganas de tirar el móvil por la ventana, pero no tenía dinero para comprar otro, así que era mejor contenerme.

Protesté entre dientes y arrastré los pies fuera de la cama. Al levantarme, cogí el móvil y miré la hora, con la esperanza de que se hubiera equivocado.

Las seis y media de la mañana, no hay ningún problema. ¡Maldición!

Vi las numerosas notificaciones, algunas de aplicaciones de redes sociales, otras de vídeos. En resumen, la mayoría bastante inútiles, a excepción de la app de mi ciclo. En el mensaje ponía que aún no había registrado mi menstruación.

—¿Tres días de retraso?

Era mentira, no podía ser...

Lo comprobé varias veces hasta estar segura de que la app no tenía ningún fallo, pero no era así. Por mucho que no quisiera creerlo, todo parecía correcto.

Fui al baño del pasillo del pequeño apartamento y me encerré allí, haciéndome una especie de autoexamen descabellado en busca de una gota de sangre, pero no encontré nada.

—No...

Me senté en el inodoro y empecé a buscar en mi móvil las posibles causas del retraso de mi menstruación, además de la más obvia: el embarazo. No podía estar embarazada, así que tenía que ser otra cosa.

—¡Estrés!

Parecía la solución perfecta, ya que me había estresado más que de sobra en los últimos días y pensaba que el mundo se me iba a caer encima.

—¡Agda! —Mi padre llamó a la puerta del baño—. ¿Te vas a quedar ahí para siempre, hija? Tengo que arreglarme para ir al trabajo.

—Ya salgo. —Tiré de la cadena y me lavé los dientes.

La desventaja de vivir en un piso con un solo baño era que ni siquiera tenía el lujo de poder quedarme allí para siempre.

—Date prisa o llegarás tarde a la universidad —dijo mi padre cuando me crucé con él en el pasillo.

—Ya voy.

Usaba camisetas de la carrera como uniforme, lo que me ahorraba un montón de ropa. Cogí una negra junto con unos vaqueros y me cambié para salir. Al pasar por la cocina, me sedujo el olor a queso fundido.

—He hecho un sándwich caliente, ¿quieres uno? —preguntó tendiéndome el plato.

—¡Claro!

¿Quién estaría tan loco como para rechazarlo?

Me dedicó una sonrisa mientras acercaba el plato hacia mí.

—Gracias, mamá.

—De nada. Se acaban las clases, ¿no?

—Gracias a Dios. —Ni siquiera quería pensar que ese no fuera el último semestre.

Se trata de celebrar una victoria cada vez, Agda.

—Si quieres que te llevemos, tenemos que irnos ya —comentó mi padre al pasar por la puerta de la cocina.

Me tragué el sándwich, metiéndomelo entero en la boca de un solo bocado.

—Así te vas a poner mal —me regañó mi madre.

—¡Ya voy, papá! —grité mientras me levantaba y le daba un beso en la mejilla—. ¡Gracias, mamá! Estaba delicioso.

—La próxima vez, intenta no entretenerte tanto en el baño para tener tiempo de comer.

—Déjalo en mis manos.

No era exactamente hija única, tenía un hermano mayor que se había casado el año pasado, pero desde que aquella se lo había llevado de casa —palabras de mi madre—, ella me trataba como si fuera su tesoro. Lo cual era una gran exageración la mayoría de las veces.

—¡Agda!

—Ya voy, papá.

Bajé del apartamento y lo seguí hasta el garaje donde mi padre dejaba el coche.